martes, 17 de mayo de 2016

LA MISION

Aunque lo intenté varias veces,  me rondaba la sensación que sabría cuál iba a ser el momento justo en que debería retomar la historia inconclusa de cuando Tío Emilio me revoleó el bastón. Y que sería el sueño el que me lo indicara.
Pocos deben recordar entre mis compañeros de primaria la rifa que organizamos en quinto o sexto grado, para costear un viaje o algo así.
Que yo, casi cincuenta años después, lo siga teniendo presente, se debe no sólo a haber sido su principal factótum, sino a que constituyó el  motivo por el cual Tío Emilio me revoleara el bastón.
Todo empezó cuando un hábil vendedor callejero golpeó la puerta de Avellaneda 126, y logró convencer a mi tía Lola que necesitaba una batería de cocina nueva, a adquirir en cómodas cuotas mensuales.
Justo en esa casa, donde cada día de sus existencias mis tíos comían un único menú, elaborado de la misma forma y en los mismos utensillos: Tío Felipe, fideos nadando en aceite; Tío Ramón, bife de lomo con puré; Tío Emilio, sopa de verduras (ocasionalmente carne, pero cortada  como si fuese picadillo, porque no tenía dentadura). Cualquier alteración de ese ritual hubiese sonado a sacrilegio. De modo que ollas, sartenes, cacerolas, jarros y otros enseres de flamante acero inoxidable, terminaron confinados al aparador del pasillo, donde se guardaban los objetos que no se usaban, mientras que en el de la cocina resistían triunfales los viejos cacharros de toda la vida.
Mi tía Lola se lamentaba dos por tres del error cometido -que mi tío Emilio no dejaba de machacarle, aún cuando el pagador de las cuotas era Tío Ramón- y esbozaba vagamente la idea de vender algún día la batería arrumbada.
También debería aclarar -antes de entrar de lleno en la anécdota de la rifa y el amago de bastonazo- que yo tenía otra tía: Lucía. La única de los hermanos que no vivía en la casa natal. En los anales ocultos de la historia de la familia se consigna que fue exonerada de la misma por mi abuelo, al enterarse que había quedado embarazada de soltera. No obstante haberse casado con el padre de la criatura,  y mudado muy cerca de Avellaneda 126, apenas dando vuelta la esquina y cruzando, el anatema lanzado por don Coradino Meo, perduró por todo el término de su existencia (la de mi abuelo, digo). El marido de mi tía, que reparó honrosamente el desliz, se llamaba Homero y portaba apellido de origen francés. Tan grandote como buenazo, su oficio era el de imprentero, y tenía instalado el local, con esas máquinas de enormes rodillos y palancas, delante del caserón que habitaba con mi tía y mis primas.
Anoche, me visitó Tía Lucía y me encargó la misión de averiguar en qué condiciones se hallaba ése, su domicilio de antaño, en la calle Gral. Paz, entre Andrade y Avellaneda, de la ciudad de Zárate.
Mientras buscaba la dirección (se había corrido hacia la esquina de Andrade, cuando antes estaba casi llegando a Avellaneda), caí en la cuenta que una llave guardada durante años en mi llavero, sin saber qué puerta abriría, y que más de una vez estuve a punto de tirar, correspondía precisamente a esa casa.
No tuve oportunidad de usarla.
La casona se encontraba abierta y en la vereda se exhibían viejos muebles, como si los hubiesen puesto a  la venta. Entré.
Por donde uno mirara había sillones desvencijados, pero alguna silla de noble carpintería aún aparentaba buen estado. Pensé que todo aquello era de patrimonio familiar y que ahora estaba siendo usurpado, junto con la finca.
No resultó tan así.
En uno de los cuartos que daban al patio se agrupaban personas en torno a objetos de colección de todo tipo, que inmediatamente atrajeron mi atención.
Pregunté si el evento era privado o público, si las cosas estaban a la venta o sólo en exhibición. Me invitaron muy amablemente a pasar, y me advirtieron que allí no pagaría ni de más ni de menos, sólo lo justo.
Elucubré que mi faz de coleccionista me permitiría averiguar sin despertar sospechas en qué manos recaía actualmente la propiedad. Pero cuando me preguntaron el interés por el cual estaba allí, confesé  de inmediato -resulta insólito, sí- que se trataba de la casa.
Mi interlocutor se alteró por la respuesta. Me acusó de fingirme coleccionista para indagarlos bajo ese disfraz, y estuvo a punto de agarrarme de la solapa.
Le expliqué que era un coleccionista auténtico, que además quería saber quiénes eran los actuales moradores.
Se presenta entonces una señora de buen aspecto, educada, que me lleva tomándome del brazo al patio y me empieza a narrar la odisea sufrida en su carácter de vendedora de antigüedades. Su negocio venía de mal en peor, y estaban a punto de desalojarla del local que alquilaba, cuando un cadete a su servicio, de apellido -o apodo- Capión, le comenta de esa casa, que parecía abandonada.
Me menciona el nombre del cadete en el preciso y coincidente instante en que yo calculaba si habría o no iniciado una acción de usucapión sobre la finca.
También en simultáneo advierto varias pilas de viejas revistas de historietas en el piso, que me hacen dudar entre cumplir el mandato de mi tía o ceder a la tentación del coleccionista. Empezaba a ver con buenos ojos a esa gente.
Para colmo, del otro extremo del patio, un hombre alto, canoso, fornido, de aspecto bonachón, más o menos de mi edad, opina en ese momento: “Mi abuelo estaría orgulloso del destino que se le ha dado a su casa”.
De inmediato comprendo que se trata de mi primo, el hijo de Homero, el imprentero, mi tío político. Aunque de su matrimonio con mi tía Lucía sólo hubo progenie femenina, igual lo legitimo internamente como pariente y me acerco a darle la mano, emocionado. Y me dispongo a presentarme...
Pero retomo la historia de la rifa... Cuando se planteó en el grado la idea, yo aporté dos elementos fundamentales para su concreción: un premio fabuloso y la impresión de los talonarios.
Negocié, como ya  seguramente asociaron, con mi Tía Lola y mi Tío Homero, precios convenientes para que nos quedase suficiente ganancia, y el proyecto se puso en marcha. A medida que las rifas se iban vendiendo fuimos cancelando los costos. Y realizado el sorteo y conocido el ganador, llegó el día de entregar el premio.
Lo que pasó en el momento en que, con algún compañero de colegio, fuimos a retirar las cajas -todavía originales- que contenían la batería de cocina, todavía hoy, casi cincuenta años más tarde, me resulta difícil de explicar.
Es posible que mi Tía Lola se haya estado quejando en persistente sordina, como solía hacer con el único que la escuchaba, mi Tío Emilio, del precio en que terminó negociando los utensilios. Pero aún así, habiendo sido Tío Ramón -como ya dije- quien se ocupó de pagar y quien dio el visto bueno para la venta, no se explica cómo Emilio, ese anciano bajito y gruñón, pero el mejor de mis tíos, sin lugar a dudas, se tomó tan a pecho la custodia del aparador del pasillo, enfrentándonos, blandiendo el bastón amenazante, para tratar de impedir que accediésemos a las cajas.
Que haya fracasado en la misión que se propuso no honra al pibito que frustró el intento. Tampoco me honra que de adulto, casi viejo, no cumpliese anoche el mandato de mi tía, de cuidar su casa. No me avergüenzan, sin embargo, ninguno de los dos episodios. Tienen un mismo sabor de ambigüedad. De no poder, no saber determinar muy bien, de qué lado está la razón.


martes, 10 de mayo de 2016

Pobres sueños


"Si un ciudadano, pudiendo soñar que hereda trescientos millones; imagina que hereda treinta mil pesos, merece que lo fusilen por la espalda", le hace decir Arlt a Rocambole (un personaje que no le pertenecía) en Trescientos Millones.

Acabo de soñar que me regalaban un sánguche de ensalada de fruta.


lunes, 9 de mayo de 2016

Un modelo de barrio, allá en Pompeya...

Tomemos cualquier tango de los cientos que hablan de la nostalgia del barrio.
Tinta Roja, por ejemplo.
El título refiere metafóricamente a una pared de ladrillos. Y habla del buzón del mismo color, y del vino -rojo también- que tomaba el tano, y de la sangre. 
Una estampa colorida de un barrio que ya no existía en los '40, cuando se estrenó el tema,
Sin embargo yo, que nací a fines de los '50, he vislumbrado aquello de lo que habla.
Cuando desaparezca mi generación, entonces, definitivamente, será de comprensión de unos pocos exégetas, que incluso tergiversarán gran parte de los sentidos.
Hasta el olvido o la impostura absoluta.
De eso se trata, ni mas ni menos, la existencia.




lunes, 25 de abril de 2016

AHORCAMIENTO


Advertía, desde la piecita de arriba, movimientos sospechosos en el patio que desembocaba en la cuadra de la panadería de San Juan y Boedo, donde pasé una parte de mi infancia. O sea que nos hallamos situados en los años sesenta, aunque con mi edad actual, frisando -diría Cervantes- también los sesenta. Daba el alerta, pero aparecían unos tipos que se identificaban como nuevos empleados de mi tío. No me convencían demasiado sus explicaciones. Entonces los seguía furtivamente, y presenciaba cómo, en el túnel de la zorra, al final del cual se guardaban las bolsas de harina, ahorcaban al pobre Pascualito, que sí era uno de los que amasaban el pan todos los días.

Estuve unos minutos despierto, pero los ravioles y el tinto del mediodía pedían a gritos un rato más de siesta.

Pasé a ubicarme en la cocina de la panadería (la casa, el comercio y la cuadra formaban parte de un único edificio). Allí también se encontraban mi tía Herminda y mi mujer, a quienes les comunicaba la terrible noticia del asesinato de Pascualito. En ese preciso momento llegaba el cabecilla de los criminales, a quien yo, astutamente, había citado con el pretexto de encargarle un trabajo de albañilería en una propiedad lindera, que me pertenecía. Atravesábamos el patio, que ahora aparentaba ser el del conventillo de Don Nicola (Pascualito-Pascualín), mientras le daba charla para que no advirtiese que adonde en realidad nos dirigíamos era a la comisaría de al lado.





"...cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor"

Entre todas las cosas que ya no vienen como eran antes, la que menos, menos, menos se parece es el alfajor Jorgito de chocolate. Aquella golosina que -recuerdo- mi compañero del secundario Javier González ingería por docenas en cada jornada de clases del benemérito Colegio Nacional de Zárate, y que era adquirida en los recreos, en el puesto del legendario portero, Pepe Caivano, o enfrente, en el kiosco de Monferrand, situado en plaza Mitre, venía en un envase desenvolvible (permítaseme el galeguismo) y no en uno sellado industrialmente. El proceso de envasado era artesanal al punto que solíamos encontrar con Javier -que se dignaba muy cada tanto convidarme un mordisco, tan pobre era yo y tan voraz él- huellas digitales marcadas en el chocolate de la cobertura. Ese envoltorio incluso permitía un entretenimiento para realizar en materias tediosas y lejanas a la realidad imperante como ser Educación Cívica, dictada por el insigne investigador de la gesta sanmartiniana, el Dr. Carlos Alberto Leumann: con mucho cuidado se extraía del dorso de la envoltura una especie de papel manteca delgadísimo y con él se alisaba pacientemente la otra parte del envase, hasta que quedaba convertida en una fina lámina metalizada. Pero póngale usté que ese estúpido cambio en aras del altar de la higiene se pueda justificar. La textura, el grosor y el sabor del alfajor Jorgito de comienzos de los '70 eran por completo distintos. Huelga decirlo, aquel alfajor era mejor. Y sólo quien haya comparado uno y otro puede decir cuánto se perdió en el camino.


miércoles, 20 de abril de 2016

TANGO


La naifa está junto a la ventana, mira la yeca y bate: "Puta digo, escureció de golpe y caen soretes de punta... Vení pa' cá, gil... Enyename el vaso de moscato y vamo' a chupar juntos, queré?"
Ahí el cafiolo se inspira, saca el lápiz de la oreja, y en el pelpa de almacén donde le envolvieron el salamín, sorteando las manchas de grasa, escribe: 
"Afuera es noche y llueve tanto..."


lunes, 18 de abril de 2016

LEGADOS

Me preguntaba qué click me habría hecho soñar con mi padre, por qué le decía que lo iba a alcanzar en auto, al tiempo que me reprochaba internamente el tiempo que hacía que no le daba bola, que no hablaba con él.
Anoche, mientras movía mis cajas con archivos de unos estantes de arriba de todo, se me cae una antigua lata de galletitas Bagley, donde el abuelo de mi mujer guardaba estampillas en prolijos paquetitos. Siempre me intrigó esa colección, que abarca muchos recipientes de distinto tipo, repletos de sellos.
Hoy se me dio por consultar, lo que suscitó una amable charla sobre filatelia con un amigo conocedor del tema. 
Recién, la conversación me llevó al recuerdo de un capítulo del Decálogo de Kieslowski, cuyo argumento pasa por una colección de estampillas que heredan dos hermanos, de su padre que acaba de morir. 
No saben nada de filatelia, pero de a poco, en función de determinar el valor de la herencia, se van interiorizando.
Hay una escena maravillosa -una de las escenas más conmovedoras que he visto en pantalla- donde los hermanos amanecen ocupándose de los detalles de la preservación de la colección.
Uno de ellos comenta entonces que al estar absorto en esa tarea, se había olvidado de todo. Y que hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien, 
"Todo" -claro- era su vida gris, sus pobres vínculos, el mundo.
Solo un coleccionista puede entender esa frase. Eso es exactamente el coleccionismo. 
Los dos hermanos se habían convertido en coleccionistas sin darse cuenta. Y ahí estaba el verdadero legado del padre, no en las estampillas en sí
Quizá yo esté tratando de descifrar, tan tarde, a esta altura de la vida, que fue lo que en realidad me dejó mi viejo.


sábado, 16 de abril de 2016

VIEJAS CHOTAS (3)


La señora bajita y rechoncha habla incansablemente en la verdulería. 
Dice cosas como "el ajo viene sin gusto a ajo" o "mi marido cocina, como debe ser".
La imagino en su casa, balanceándose de un lado a otro para equilibrar su peso y parloteando desde que se levanta hasta que se acuesta, y me parece un milagro que en el barrio no haya habido noticias de un uxoricidio.

viernes, 15 de abril de 2016

LA PERIPECIA ARISTOTELICA EN LA INFORMATICA

Mi viejo y querido Word 2003, en mi vieja y querida PC, empezó a dar hoy alarmantes señales de agonía. Intenté repararlo sin éxito y terminé desinstalándolo. Como hace un tiempo yo había instalado en la note el 2010, me dispuse a tratar de reconstruir ese proceso. Trasladé con el pendrive el exe que estaba en la note, pero al tratar de ejecutarlo me pedía una contraseña. El Google me tiró cientos y todas supuestamente eran posta. Ninguna servía, por supuesto. Me dije que había que empezar de nuevo. Después de pasar por toda la truchada informática de la web y sortear las trampas que te ponen a cada paso, encontré un sitio confiable y un tutorial bastante simple de seguir. Luego de una lentísima descarga, y un más lento aún proceso de instalación, reinicio de la PC mediante, ví aparecer por fin el ícono de la página con renglones y la doble ve, y me tranquilicé. Restaba activarlo, cosa que nunca me preocupó en la note, porque ahí uso poco el Word. Pero en la PC, donde es de uso continuo, no podía soportar permanentemente los odiosos cartelitos de advertencia del puto Microsoft. Así que me bajé el activador, creyendo que después de lo anterior iba a ser un juego infantil. Me equivoqué. Una vez descargado, lo descomprimí del rar y seguí la instrucción de ejecutarlo como administrador. Me pedía contraseña. Qué mierda podía acordarme yo de la contraseña de administrador, si es que alguna vez la supe? Vuelta a guglear, y me desayuno que la forma de salir de ese atolladero era reiniciar la PC en modo prueba de fallos. Después ir a inicio, ejecutar, escribir unas palabras mágicas, y ahí ya podía establecer una nueva contraseña. Imprimo las instrucciones, las sigo al pie de la letra, todo bien. Vuelvo a iniciar la PC en forma normal, pero me aparece pantalla de Administrador local, y me pide contraseña. Luego de fracasar varias veces con la que acababa de registrar, entiendo que Administrador y Administrador local no es lo mismo. Busco soluciones en la note, un chabón propone el viejo control+alt+supr, que efectivamente funciona, porque aparece la contraseña cifrada. Pero yo, en vez de darle enter y chau picho, intento copiarla y de torpe que soy la borro. Ya era imposible entrar. De nuevo al modo prueba de fallos, y papelito en mano logro cambiar también la contraseña de Administrador local. Abro la la PC con ese password, pero ya ni me acuerdo en qué estaba... Lo de ejecutar el activador como administrador, no? Pongo la contraseña. Me aparece un cartelito en inglés. Insisto. Lo mismo una y otra vez. Desesperado vuelvo a buscar por toda la web otro activador, y el único confiable era el que ya había bajado. Recurro a un antiguo amor, el E-Mule. Lo actualizo, porque hacía siglos que no lo usaba, y largo la búsqueda. El resultado que parecía más potable tenía 2 GB, podía tardar un año en bajar. Igual pongo a la mulita a hacer el trabajo. Pero la angustia no cede. Se me da entonces por descifrar el cartelito en inglés que me saltaba cuando trataba de ejecutar el activador, y al que tomé por simple aviso de error. No era así. Resulta que me estaba diciendo que previo a eso debía tener el Framework v4.0.30319. Claro, mi instalación de Windows XP (sí, XP) era trucha y jamás actualicé nada por miedo a que me bloquearan. Así que estaba en la prehistoria de la informática, con al abuelo de los sistemas operativos. Ya jugado a todo, decidí descargar el Framework del sitio oficial, salteándome la advertencia que era sólo para quienes tuviesen copia legal y rogando que pudiese volver a encender la máquina y acceder a mis archivos una vez instalado. Nuevamente horas de descarga e instalación. Juro que por momentos, cuando aparecía algo similar a "cliente" en el progreso de instalación, temblaba de miedo, como si la ira de la corporación fuese a caer como un rayo sobre mi vieja y querida PC de un momento a otro. Pero no pasó nada (hasta ahora). Mis esfuerzos fueron coronados por el éxito. Pude ejecutar finalmente el activador, y el Word me aparece de lo más legalcito y sin advertencias admonitorias. Es más, también descargué el activador en la note, donde por supuesto no sufrí ninguna peripecia, dado que tiene Windows 10. Todo el proceso me debe haber consumido unas doce horas, calculo. A lo que hay que sumarle lo que me insumió escribir esto, que encima muy pocos -sólo los del palo de la informática- disfrutarán. Qué vida al pedo la mía.

jueves, 14 de abril de 2016

VIEJAS CHOTAS (2)

De hoy...

La vieja, dos lugares detrás de mí, en la cola de los cajeros del Banco Provincia, por calle 6 (que son como veinte, aunque hoy tenían plata sólo dos, por el paro), venía hablando pelotudeces con otra vieja sobre el discurso de Cristina de ayer.
Lo hacía a voz en cuello, para que todos la oyesen y compartieran su santa indignación.
Llegada al punto en que dice "resulta que ahora toda la culpa la tiene el actual gobierno" y expresa su deseo que encierren a la Presidenta en Martín García, se me suelta la cadena y el vozarrón de provocación en público, que obviamente se ubicaba varios decibeles arriba de su graznido chillón de medio pelo.
-"Y cómo explica usted que de estar todo bien durante doce años, pasó de golpe a estar todo mal?"
Ahí sucedió algo maravilloso. Casi hasta el final de mi frase la vieja de mierda me creyó de su bando. Tan lejos de su pobre mente estaba la idea que quedase un kirchnerista, aparte de los negros pagos que fueron ayer a enchastrar Comodoro Py. 
Me escuchaba y asentía con cara de complacencia por encontrar alguien como ella, que se animaba públicamente a asumir el compromiso ciudadano de repudiar a la yegua.
Cuando por fin pudo salir de la burbuja del prejuicio, y entendió el sentido de mi frase, sus facciones mudaron al profundo desencanto, y apuró un "ustedes" descontaminante...
-"Y ustedes, qué país dejaron, eh?", espetó, con tono de "tomá, te la chanté!"
Empecé por el trabajo y terminé con la inclusión social, enumerando en el medio cada uno de los logros del kirchnerismo.
Rematé: "Todo arrasado en unos meses por este delincuente que usted votó"
-"Yo no voté a nadie! -chilló la vieja- Yo no tengo ideología!"
-"Sí la tiene, se la inculcan los medios dominantes, por eso es tan ignorante"- retruco.
-"Yo con usted no estaba hablando" -cierra la discusión la vieja.


VIEJAS CHOTAS (1)

29 de diciembre de 2011tiempos cambian... Ioma no da más bonos...  los jubilados ya no toman taxis... pero las viejas chotas son eternas como el agua y el aire)
La vieja de mierda se levanta a las 7 de la mañana a picar cebolla. Para las 8 ya tiene listo el tuco, vació una pava de mate, le dio de comer y beber al pajarito y al gato y se apresta a ir a la verdulería a comprar la cebolla para picar mañana a la mañana. Vuelve a su casa a las nueve. La verdulería queda a media cuadra, y la compra duró un minuto, lo extenso fue la charla con la verdulera, y otras viejas de mierda que baldeaban la vereda. Llena un balde, agarra la escoba y sale ella también a baldear la vereda. Las otras viejas ya no están, pero siempre hay un vecino desprevenido para quejarse de la calor, la suba de los precios y los cuetes que tiran los mocosos. Reingresa a su casa a las diez, notando que en el agua del pajarito se coló un grano de alpiste, así que se la cambia. Se cambia ella, ahora, para ir a Ioma. Cuando va a salir, advierte que se olvidó el documento, que no se lo piden nunca, pero igual va a buscarlo al cajón de la cómoda, por las dudas... Ahora, sí. Once de la mañana -que tarde se hizo!- se pone en marcha. Luego de múltiples vicisitudes por el camino, a más del andar lento, llega a la sede de la obra social a las once y media y saca varios números, por las dudas. No se sabe cuáles pueden ser las dudas, pero ella saca igual varios, no sea cosa que... Doce menos cuarto caigo yo al mismo lugar, con veinte cosas por hacer y treinta números por delante. La vieja de mierda, para variar, ha entablado conversación con un incauto que se le sentó al lado. Agrega a su temario de quejas el tiempo que hay que perder en todos lados. Finalmente le toca a ella, y previsiblemente, se demora -y demora a todo el mundo- con la charla al empleado, al que le enumera sus múltiples afecciones y los milagros que hace su clínico, que va a visitar la segunda quincena de enero, cuando él vuelva de vacaciones, pero quiere tener antes el bonito, por las dudas... Cuando las puteadas mentales que le echo están a punto de convertirse en sonido, abandona la ventanilla. Pero no se va. Otea a su alrededor en busca de personas que le caigan simpáticas -en una fugaz mirada de reojo me descarta al instante-, y graciosamente, como si fuera la dádiva de una reina con su pueblo en el día patrio, reparte de forma furtiva los números que no usó. De modo que dos minas que habían llegado después que yo, van a ser atendidas antes. Refreno de nuevo las puteadas a punto de salir de mi boca, por temor a una turba de indignados ciudadanos cayendo sobre mí, en defensa de una pobre ancianita.

La pobre ancianita, o sea la vieja de mierda, satisfecha por su buena acción del día, regresa a su casa en taxi, lujo que se da cuando se le hace tarde para almorzar. Se lastra un buen plato de fideos con tuco, acompañado por dos vasos de un tinto que estaba de oferta en el súper de los chinos, y de postre el helado que sobró de Navidad, y que se trajo de la casa de la nuera, total ella dice que está haciendo dieta, su hijo no lo come, y a los nietos les hace mal tanto dulce. Terminada la pitanza lanza un largo eructo, y dejando los platos sucios para la tarde y medio en pedo, va a dormirse una buena siesta en la cama matrimonial, que tiene toda para ella desde el momento en que el finadito dejó de sufrir (a su lado). En este preciso momento, mientras yo estoy acá, escribiendo esto, con la hiel todavía a punto de reventar, la vieja de mierda debe estar roncando a pata suelta.

miércoles, 13 de abril de 2016

KERMESSE

Como "En búsqueda del tiempo perdido", el sabor de las salchichas con puré que me preparé esta noche, me retrotrajo a un momento de la infancia. En Zárate, los domingos a la tarde, se hacía en un teatro, una feria de entretenimientos como cualquiera de las que todavía se ven en la tele, en un tiempo en que pocos tenían tele. El público participaba de pruebas, y mi vieja, que me había llevado, me insistió en que subiese al escenario. Se trataba de ver qué chico comía más rápido un plato de salchichas con puré. Era la primera vez que comía salchichas con puré y me gustaron mucho, de modo que el desafío pasó a segundo plano. Me distraje en saborearlas y esa tarde de hace más de cincuenta años, perdí la prueba. Pero contento.

martes, 12 de abril de 2016

ADJETIVOS

Dos flacos detrás de mí, en la cola de la caja del mercadito. Tomo el diálogo empezado...
-...No, yo me como unas papas fritas.
-Papas fritas de verdad, o...?
-De verdad. Señoras papas fritas. En olla, con grasa de cerdo. Gloriosas.
Digo yo... si usás ese adjetivo para unas papas fritas en grasa de cerdo, qué te queda para las gestas épicas, para la religión, para algunas cumbres del arte? 
"El sabroso David de Miguel Angel", quizá?
"El delicioso cruce de los Andes", tal vez?
"La exquisita ascensión de Nuestro Señor Jesucristo", a lo mejor?


TELEFONO DESCOMPUESTO


Domingo 10 de abril, 13:30 hs.

Después de un largo diálogo telefónico con mi nieta donde me contaba las peripecias de un payaso que se caía, y me anunciaba que me vendría a visitar no bien la mamá terminase de lavar los platos, me pidió que le pasara con "la nona". Preferí entender -debido a mi sordera- "Moni", y le dije que había salido. Pero la nena insistió con "la nona". Ahí entramos ambos en una zona confusional, y le pasó al papá que me pidió que le pase con Hugo. Le dije que no vivía ahí ningún Hugo. Oigo al tipo decir: "...debe ser un amigo de tu papá, haciendo una broma" y toma el tubo la mujer, que me pregunta quién habla. Le contesto que soy un abuelo que creía haber estado hablando con su nieta, pero que evidentemente no era así. Por primera vez, alguien de esa familia me cree. Nos despedimos deseándonos un buen domingo mutuamente.


lunes, 28 de marzo de 2016

PONELE


Entra una piba a un juzgado, con aspecto de entrar por primera vez a un juzgado. El que atiende la mesa de entradas le pregunta qué necesita. Ella, evidentemente instruida al respecto, cita el nombre del actor o del causante, no se sabe. Aclara -evidentemente instruida al respecto- que el apellido es con "c". El muchacho de la mesa, al haberle citado una sola persona (en los juicios contradictorios se pide siempre "X con Z") le pregunta si se trata de una sucesión (que lleva en la caratula un único nombre, el del causante). A la chica se le acaba el libreto, y vacila un segundo. Me fijo el papel que lleva en la mano, y advierto que la materia es escrituración. Cuando voy a meterme a colaborar, la piba ya está respondiendo, con una semi sonrisa irónica: "ponéle".
Hasta hoy, el modismo "ponéle", tan usado por los jóvenes, me sonaba como significado a "no lo había pensado, pero estoy de acuerdo, apoyo lo que me decís".
A través de esta piba, vislumbré una variante de la acepción, que podría formularse de la siguiente manera:

"No tengo la más puta idea de lo que me preguntás, pero si vos decís que es eso, será eso, no se... yo no me hago cargo en todo caso".
No resulta maravilloso que con una sola palabra, se pueda decir tanto?


jueves, 24 de marzo de 2016

PASCUA


Esta madrugada, entre las tantas ráfagas incoherentes de la duermevela, apareció el recuerdo de una Pascua, en la cual, enorme diccionario de francés en mano, me aboqué a traducir Barrabás. Fui al tomo para corroborar la fecha y sí, pasaron casi cuarenta años. Cada vez que compraba un libro, acostumbraba firmar y poner la fecha. Acá, en la primer página, aparece el '77. 
Un año para quedarse encerrado, sin duda. Nada bueno había afuera.
Ghelderode encara en esta pieza la Pasión, desde una óptica inquietante, lateral. El escenario donde transcurre son los bajos fondos de Jerusalem -aunque se intuya más la Flandes medieval a la que era tan afecto- y el protagonista no es Jesús -personaje casi silente en el drama- sino el ladrón bíblico del título.
La pregunta central que se hace el autor es si Barrabás no juega de forma involuntaria un rol fundamental para que se cumpla el plan de Dios. Si no resulta un engranaje necesario para que el Cristo hombre revele su naturaleza divina.
Me queda, apartando por supuesto la idea de predestinación, la reflexión -quizá el consuelo- de si ciertos acontecimientos nefastos no son sino el preludio del renacimiento.

martes, 15 de marzo de 2016

FUDIN HAMFURGES

Dos gemelos,  nietos de uno de los tantos experimentos llevados a cabo por el Dr. Mengele en Auschwitz, llevan al extremo el ideal de la pureza de la raza aria y se casan entre sí. Para eso emigran a la Argentina, con documentos falsos y se radican en la ciudad de La Plata (de todo esto nos enteramos después). Tienen una hijita hermosa, rubísima, de ojos celestícimos, que producto de lo degenerado de su estirpe apenas si sobrevive unos pocos años. Los suficientes para hacer el primer nivel  en un jardín de infantes, cercano a Plaza Rocha, pongámosle. La chiquita muere durante las vacaciones de verano. Sin embargo su madre, Frau Anke (anque no sabemos su nombre real, ese nombre le pondremos), reiniciado el ciclo lectivo, concurre cada tarde a pararse en la puerta del establecimiento educativo a esperar la salida de su pequeña Brígida (nombre que sí sabemos, pero que no es éste, no nos parece de buen gusto revelarlo). Frau Anke, cuando se produce el desbande diario de los niños, se retira tomando de la mano una criatura imaginaria, y preguntándole cómo le ha ido en la clase. Por supuesto, es el comentario de todas las madres, que conocen la historia y la compadecen. De todas, menos de una, por naturaleza antisocial, que no se relaciona nunca con las demás, y espera a su hijo rubísimo, de ojos celestícimos, enfrascada en la pantalla de su celular donde consulta su Facebook o chatea por whatsapp con sus amigas. Frau Anke posa sus ojos en ella. Decide que su pequeño hijo, rubísimo, de ojos celestícimos,  será un digno esposo para su Brígida. Resta saber si la madre despistada puede llegar a ser una consuegra apropiada. Se acerca un día a ella (le pondré Juliana a la otra madre, para también preservar su identidad) y comienza una charla banal que deriva en el tema comidas. Frau Anke se jacta de su budín hamburgués, y Juliana comenta un “qué rico” de cortesía.  Al otro día, Frau Anke se le aparece con un enorme trozo del pastel, que verdaderamente  era muy rico.  La simpatía de la teutona logra romper la distancia que habitualmente Juliana mantiene con las demás mamás del jardín e intercambian números de celular. Un  día, Juliana recibe la invitación para su nene al cumpleaños de Brígida. Decide aceptar, lo lleva hasta la dirección consignada y lo deja en las mismas manos de Frau Anke, que recibe al pequeño con afecto. Cuando regresa a su casa, su marido (pongámosle Pib) le pregunta dónde había estado. Juliana le responde. Pib, que muchas veces había suplido a Juliana en la tarea de llevar o retirar a su hijo del jardín, y que sí habla con las mamás de los compañeros, ya que a diferencia de Juliana es muy sociable, le responde que está equivocada, que no puede ser, que Brígida murió el verano pasado. Y que la pobre Frau Anke todas las tardes… Es el punto en que ambos comprenden el siniestro error cometido y salen a toda furia, a todo trueno, hacia la dirección del cumpleaños. Con el segundo timbrazo, aparece Frau Anke sonriente y asombrada, porque todafía no es la horra, perro pasen, pasen, así frueban mi fudín hamfurgés… Juliana y Pib, no bien ingresan, oyen el llanto de su pequeño hijo. Lo encuentran sentado a la mesa del comedor, mirando aterrado a su izquierda. El enorme fudín hamfurgés oculta el extremo de la mesa hacia donde dirige su mirada el nene. Pero detrás de la torta se ven asomar unas guedejas amarillentas. El aire está impregnado de un olor hediondo...

lunes, 7 de marzo de 2016

EL DIABLO (apuntes sobre el teatro)

En otra vida, cuando estudiaba dirección teatral, una de las alumnas del taller planteó que no sabía como personificar al diablo en una escena que estaba trabajando. Ninguna de las propuestas que se le hacían parecía conformarla. Entonces yo dije que le metiera cuernos, cola y tridente. El grupo me miró con ese tipo de mirada que me ha perseguido toda la vida, en la que el desconcierto inicial amenaza con desembocar en desprecio, ante la comprobación que no ironizo, sino que hablo en serio. Pero se equivocaban, porque hablaba en serio y se trataba de una ironía al mismo tiempo. El subtexto era: si no sabés como es tu diablo, pero no querés mostrarlo a la manera convencional, tu rebelión al convencionalismo se limita a un enojo con tu propia mediocridad. Y entonces, mostralo bien rojo, como lo mostraron pintores, escritores, dramaturgos, a lo largo de la historia del arte. Así, al mismo tiempo que te vas a sumergir en la corriente bienhechora de la tradición, vas a ser original. Porque como bien interpreta Eco, el signo supuestamente anquilosado y risible se va a convertir en cita. Hoy día, cualquier espectador de una película contemporánea entendería como un guiño las hojas de almanaque que vuelan para dar paso del tiempo. Pero lo curioso es que con ese recurso, al mismo tiempo, se sigue denotando paso del tiempo.

domingo, 6 de marzo de 2016

LA INTERRUPCIÓN (del 6 de marzo de 2014)

Mi hija mayor, que había estado en Mar del Plata hace poco, divisó por casualidad una cueva, y me mandó la dirección aproximada para ver si la conocía. Me sé de memoria los principales antros de la ciudad. Pero éste no solo lo ignoraba, sino que además nadie me había mencionado su existencia. 
Conservé celosamente el mensaje de texto, para cuando viajase. 
Ayer, dejé a mi mujer por el centro, agarré 3 de febrero, y pasadas apenas las cinco de la tarde -de una tarde muy gris-, estacioné el auto a la altura indicada.
No me costó localizarlo, los datos eran bastante precisos. Se trataba de un cuchitril muy chico, que daba clavado librería de viejo, y sólo librería de viejo. Pero mi hija había tenido buen ojo, porque si uno se pegaba a la vidriera, con esfuerzo, podía llegar a divisar unas Anteojito antiguas.
Estaba cerrado y oscuro, pero un cartelito decía "Abierto, toque timbre".
Toco timbre.
Luego de un par de minutos, cuando ya empezaba a desalentarme, de una puertita lateral a la entrada, con cortina, asoma un chico, un adolescente de trece años, no más. Tenía aspecto de pibe de otra época, conflictuado, tipo personaje de Sábato.
A través del vidrio, con un gesto vago, casi imperceptible, me hace la pregunta muda qué busco, qué deseo.
Le respondo también muy difuso, con otro gesto que intenta indicar la obviedad de mi propósito, entrar.
Me entiende y abre. No se aparta de la puerta.
Tiene un impulso, una toma de aire, como para plantearme una objeción, no bien estamos frente a frente.
Pero quizá por mi determinación, quizá porque los motivos para no atenderme le resultarían muy difíciles de explicar, abandona el intento y me franquea la entrada. 
El desistimiento tiene sonido, es espiración del aire que tomó, pero sin llegar a la impertinencia del bufido. Lo que hace que lo ignore -soy de pocas pulgas frente a la falta de educación- y me concentre en el local, en el intrincado planteo espacial, con repletas estanterías de todo tipo y tamaño, situadas a manera de un laberinto en miniatura, agravado por la semipenumbra. 
No termino de entender la trayectoria a seguir, cuando advierto, en la misma puerta de donde salió el chico, la presencia de una muchachita de edad similar. Tampoco comprendo como apareció allí, silenciosa, prácticamente pegada a mis espaldas, apenas traspasé la entrada, en el segundo que me llevó recorrer con la mirada el local.
Es bonita, rubia. Se viste un tanto provocativamente para su corta edad, resaltando las formas que le comienzan a surgir. Tiene un aire de familia con el pibe, no sólo fisonómico. Muestra el mismo gesto conflictuado y está parada allí de la misma manera que él, como estableciendo una marca hacia mi persona. De haber sido más grandes -o menos inofensivos-, quizá me hubiesen intimidado.
Me vuelve la imagen de Martín. Con Alejandra, ahora.
Logran, sin embargo, incomodarme algo con su presión muda para que me vaya, con el tácito señalamiento de lo inoportuno de mi visita.
Imagino que han quedado a cargo momentáneamente del local y que se dedicaban a ejercicios de exploración mutua, cuando aparecí a arruinarles el aprendizaje.
Claro que la idea me inquieta, por la semejanza física. Decido, para tranquilizarme, que no son hermanos. Que todos los adolescentes se parecen entre sí, por no estar terminados de formar. A lo sumo, serán primos.
También decido que no me voy a ir, que me voy a liberar inmediatamente de la presión invisible y me voy a tomar todo el tiempo que haga falta.
Vuelto a ser dueño de mí y de mi ritmo, me desplazo con determinación, como ignorando que no hay suficiente espacio para dos, con lo que obligo al chico a desplazarse a su vez.
Descubro en un rincón una pila de esos Anteojitos viejos que estaban en exhibición. Los hojeo distraídamente. Para mí solo significan la punta del iceberg, el rastro mínimo de un animal que podría ser enorme.
No me hubiese costado demasiado concederle al pibito la capacidad de contestar algún requerimiento mío. Penosamente, el pobre trataba de mostrarse a la altura de las circunstancias y yo podría haber fingido creer que sí lo estaba. Pero, rencoroso por la actitud que tuvo no bien me vió, no me apiado.
Le espeto a boca de jarro: -El librero... vuelve?
El rostro contrariado del muchacho torna en asombro, hace un gesto hacia la puerta lateral.
Como en una escena teatral mil veces representada, la chica se aparta a un tiempo.
Detrás de la cortina aparece un hombre delgado, de unos cincuenta años, también con el mismo aire de familia, también conflictuado.
El chico dice: “-Acá está”, como quien dijese: “-Siempre estuvo.”
El hombre, con forzada cortesía, me pregunta qué busco.
Trato de reponerme del impacto del Deus ex machina que acabo de presenciar y esgrimo mi propio truco, el habitual para librerías de viejo: comenzar preguntando no por lo que realmente me lleva hasta allí, sino por libros. Mis comodines son dos de Lem, que sé practicamente inconseguibles. 
Como era de esperar, no están. 
Ahora sí, es el turno de tirar, como al acaso, con escaso interés, por si las moscas, para no irme con las manos vacías, de decepcionado, de aburrido que estoy: “-Y de historietas... tiene algo?”.
El tipo se pone en guardia. Se había sentido aliviado por creer que liquidaba mi visita con lo de Lem. Pero no, yo insistía... Me devuelve la pelota, un tanto áspero: 
-Qué tipo de historietas?
Decido no hacérsela fácil.
-Dígame que tiene, mis gustos son variados.
Se agacha, y escarba en un hueco, mientras farfulla:
-No tengo mucho...
Los adolescentes siguen ahí, firmes, mudos, como guardias de una tragedia shakespearina representada en un colegio secundario.
Por fin, el hombre saca unas mexicanas de Batman y Súperman de los ’70, en muy buen estado. Me las va alcanzando de a una. 
Miro un par, y le pregunto el precio, con la leve esperanza que no sepa que tiene entre manos.
Son ejemplares que pueden llegar a cotizar entre 60 y 90, precios que no pagaría ni aunque nadase en plata, pero que a $ 30, por ejemplo, no dudaría en comprar.
-Cien- contesta sin dubitar.
-Muy caras- replico de inmediato, sacándome la careta, ya que él ha revelado su condición de mercader del rubro. 
-No tiene algún material nacional?- agrego.
-Sabe...-arranca, ya con fastidio- A mí me ayudaría saber que busca.
Me pongo ríspido, a mi vez. Exagero la modulación:
-Historieta cómica argentina... tiene?
Se arredra, revuelve o hace como que revuelve. Suaviza un poco el tono para decirme:
-No, todas de las mismas...
Cuando empiezo a encarar disgustado hacia la puerta, es como si se arrepintiera del trato que me dispensó.
-Tendría que ir a Plaza Rocha, ahí se juntan los coleccionistas...
Respondo, seco, que conozco esa feria, y salgo del local con ínfulas de haber recibido un ultraje.
En realidad me siento aliviado.
Había allí una situación extraña, opresiva, que fui a interrumpir.
Quisiera pensar, dada la hora, que se les enfriaba la merienda... pero no... 
Por qué no se animaron a ignorar el timbre, a no atenderme, o a negarme la entrada con cualquier excusa? O a ser francamente hostiles?
Si se hubiese tratado, supongamos, de una circunstancia dramática... no se... un grupo familiar, padre y dos hijos asistiendo a la madre, que acababa de tener una descompostura... la madre diciendo: “-Vayan, atiendan, necesitamos la plata, ya estoy bien”... si fuese así...
Por qué los adolescentes, cuando se hizo presente el padre en el local, no volvieron al interior? Esa sería la conducta más lógica.
Aparte, nada me hizo presumir la presencia de una cuarta persona en el otro ambiente.
Y si todos estaban esperando que me vaya y no había nadie del otro lado, es porque lo que aborté era algo que ocurría entre ellos tres.
Podría tratarse, sí, de una discusión familiar. Algo que había que decidir con cierta urgencia, algo que apremiaba a los adolescentes, algo que el padre se negaba a conceder, viaje, dinero, salida...
No se. No creo.
Estoy convencido que en ese local sucedía algo sórdido. 
O cuando menos, inconfesable.

CRUCES DE LA MEMORIA


Dos momentos claves en mi vida irrumpieron de golpe esta noche, en medio de una charla con amigos.

Mi primer recuerdo del cine es de una película a la que mis padres me llevaron porque no tendrían con quien dejarme, confiando en que me dormiría, porque era estrictamente para adultos. 
Me dormí, en efecto,
Desperté sobre el final, y presencié el aterrizaje de un avión. Sólo eso quedó archivado en mi memoria, junto a un cartelito que reza "Un hombre y una mujer".
Sin embargo, en la charla de esta noche, se me dio por chequear con mis amigos -mayores que yo- la posible época de estreno. Ellos la ubicaban sobre mediados de los '60 y yo sostenía que tenía que ser anterior, de lo contrario no hubiese estado dormido en el cine en brazos de mi madre.
Ahora gugleo y compruebo que era del '66, a lo que habría que sumarle un año o dos, que era lo que podía tardar en llegar al América de Zárate.
Lo que resultaría en que yo tendría diez u once años, poniendo así en crisis el recuerdo. O la etiqueta. O mi Edipo. O todo eso junto.
Sin embargo, durante el proceso de escritura del anterior párrafo vislumbré otro título, el de un semidocumental italiano del '62, escandaloso y prohibidísimo para un niño: "Mondo Cane". Esa etiqueta tornaría más verosímil el archivo.
Y otro detalle que no mencioné. Ubico con nosotros en la sala del América a un primo de mi padre, Donato Antonelli (italiano, casi que huelga decirlo).
O sea, podría haber sido a instancias de él, orgulloso de ese suceso de su patria, que mis viejos fuesen al cine, cosa que no era frecuente.
Ahí, con seis o siete años, casi que cerraría toda la escena. 
Casi... la de la pantalla, la del avión, mis amigos la reconocieron como final de "Un hombre y una mujer".
Ya son pasadas las cinco de la madrugada y no me da para seguir analizando los curiosos cruces de la memoria.
Menos aún para hablar del otro recuerdo, que dejaremos -si es que a alguien le interesa- para otra oportunidad.
Buenas noches.
O buenos días.
Como gusteís.