sábado, 13 de junio de 2026

DEMASIADO CON LOS VIVOS

Mi padre tenía un kiosco de esos tubulares con cúpula estilo parisino frente a las vidrieras de Casa Palazuelo, en Zárate. La ventanita estaba cerrada y yo daba la vuelta pensando que papá todavía podía permanecer adentro. Abría la pequeña puerta y no lo encontraba. Pero tampoco mercadería alguna. Vacío, pelado. Barajaba dos posibles alternativas. Que hubiesen saqueado por completo el kiosco o que mi padre, por seguridad, llevara y trajera diariamente la mercancía. Era más factible la primera opción. Tuve el impulso de ir hasta la casa de papá a averiguarlo. Pero enseguida me arrepentí. Ya bastante me ocupo de los problemas de los vivos, para añadir los de los muertos.

Me dispuse a esperar el 307, la línea que utilizo en La Plata, para ir a mi casa de Villa Massoni. No llegaba nunca. La cola de personas  esperando ocupaba la calle, obstaculizando el paso de los autos.

Acabo de desayunar y aún sigo ahí.



EL ALUMNO Y EL PROFE

 Milei era profesor mío de la Facultad. En una de las clases comenta que anda buscando un libro. Por casualidad encuentro ese libro en una librería de viejo que está justo en la esquina de la Facultad. Pero enfrente hay otra librería de textos nuevos, donde también entro y veo que Milei está comprando. En un acto abyecto de chupamedismo le comento que acabo de ver el libro que buscaba. Milei se sonríe incómodo. Pero más incómoda se pone la dueña del negocio que dice altaneramente: " El señor acaba de comprar dos excelentes libros sobre la materia". Ahí entiendo que mi comentario no sólo había sido desubicado por la obsecuencia. Me hago el distraído y me pongo a mirar historietas. Compro dos álbumes de no sé qué cosa. Cuando voy a salir me detiene una empleada del lugar pidiéndome que le muestre el bolso. Mientras lo abro le digo que si no encuentra nada me va a tener que pedir disculpas por dudar de mi honradez. En un rápido acto de prestidigitación, la empleada extrae del bolso una polera nueva, en su envoltorio de celofán y otra prenda más. Me acusa de haberlas robado del local. Le retruco que las había plantado ella. La discusión crece y llega la policía. Una agente detective empieza a tomar declaración en ronda. Todos los empleados del local declaran furibundos en mi contra. Yo alego que fue una venganza de la estirada dueña por haber mencionado a la competencia. Y que debe haber sido ella quien ordenó a la empleada tenderme una cama. Siento que la agente parece receptar mis argumentos, pero el caso queda sin resolución.