Mi padre tenía un kiosco de esos tubulares con cúpula estilo parisino frente a las vidrieras de Casa Palazuelo, en Zárate. La ventanita estaba cerrada y yo daba la vuelta pensando que papá todavía podía permanecer adentro. Abría la pequeña puerta y no lo encontraba. Pero tampoco mercadería alguna. Vacío, pelado. Barajaba dos posibles alternativas. Que hubiesen saqueado por completo el kiosco o que mi padre, por seguridad, llevara y trajera diariamente la mercancía. Era más factible la primera opción. Tuve el impulso de ir hasta la casa de papá a averiguarlo. Pero enseguida me arrepentí. Ya bastante me ocupo de los problemas de los vivos, para añadir los de los muertos.
Me dispuse a esperar el 307, la línea que utilizo en La Plata, para ir a mi casa de Villa Massoni. No llegaba nunca. La cola de personas esperando ocupaba la calle, obstaculizando el paso de los autos.
Acabo de desayunar y aún sigo ahí.

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