domingo, 22 de noviembre de 2020

CUARENTENA (XIII): MUCHOS SABEN NADA

Quizá deba comenzar por lo sucedido en el atrio de la iglesia. Sí, voy arrancar por ahí... 

Importante cantidad de fotógrafos -los paparazzi de Fellini-, fin de ceremonia eclesiástica. Se despeja la pequeña muchedumbre y encuentro, tirada en el piso, una de las cámaras  fotográficas.

Intentaré describirla: una especie de máscara con visor como el de los soldadores, pero incorporando botones de on/off a la altura de las orejas, zoom en la nariz, foco en la frente, todo eso. 

No lleva hilos ni elástico, no entiendo cómo se sujeta hasta que la doy vuelta. En el reverso, una saliente a la altura de la boca me da a entender que así se sostiene, mordiéndola como una pipa. Andar mordiendo la pipa en unas vacaciones por el sur de Francia, el año pasado, me costó una muela, se me partió exactamente en dos. "Cosa rarísima" me dijo la dentista al extraerla. Es por eso que no voy a andar haciendo ahora la locura de probarme la máscara/cámara, encima acaban de usarla, es antihigiénico, sobre todo en tiempos de pandemia.

¿Qué hacer con ella? Decido entrar en el templo para dejarla ahí, supongo que es el primer lugar al que volverá a buscarla quien la perdió.

Aparecen curas de las sombras terminando de arreglar el lugar. Uno de ellos se me acerca, explico el motivo de mi presencia. Me escucha afable, cordial. Realiza un comentario simpático sobre esas máscaras/cámaras, hasta se permite un cierto grado de ironía sobre los avances tecnológicos. La dejo en sus manos, en las manos de Dios.

Quizá deba decir que me ubico en la esquina de Justa Lima y Belgrano, en Zárate, o sea en la Iglesia que está enfrente de la Plaza Mitre. Alrededor de esa plaza se construyó el edificio principal de mi infancia/adolescencia: escuela número uno, el Nacional, el salón municipal, donde acudía a clases de teatro, el movimiento juvenil católico, en plena era tercermundista.  

Esto no es mi biografía, sigamos.

El segundo episodio transcurre en el estrecho pasillo de un colegio de Capital. Estoy con un amigo actor que me muestra una rutina que acaba de crear. Consiste en colocar un portafolio sobre un asiento. Del portafolio sale un cable que va a enchufar en una toma cercana y una vez hecho esto, orina sobre el enchufe, lo que le genera -siempre en actuación- un  shock eléctrico. Así, en estado de shock retira el portafolios del asiento y pretende ir hacia la puerta (es muy cómica la manera en que se desplaza, mi amigo es muy buen actor). Se tropieza con una celadora que justo acaba de ingresar al pasillo. No quiero ni pensar lo que debe pensar de la escena. Pasa de largo sin decir una palabra, rápido, cómo público que teme que lo involucren. Le comento a mi amigo que su acto está muy bien, sobre todo la parte del final. Él justamente está en desacuerdo con esa parte que se la marcó su directora, que era la celadora oficiando de actriz.

Quizá ahora deba mencionar que por la calle me encuentro nuevamente al eclesiástico con el que cambiamos algunas palabras sobre la curiosa cámara fotográfica / máscaracámara. Pero antes, en el pasillo del colegio, me había cruzado al rector de una institución educativa religiosa en la que di clases de teatro mucho tiempo. Mi relación con él no terminó en buenos términos. Era un abogado con nombre compuesto de emperador romano, que me dijo sin inmutarse cuando negociábamos la renuncia, que el Obispado de Zárate-Campana sólo pagaba la mitad de lo que correspondía por indemnización. Lo gugleé y todavía vive, se jubiló de rector recién hace dos años. La tenía cagando a la mujer, me acuerdo, le hizo un montón de hijos porque, claro, el condón es pecado, un Opus hecho y derecho el reverendo hijo de puta.

Pero esta no es mi historia laboral. Tampoco comadreos baratos.

Le ofrecía un caramelo, de tres que tenía la mano, le decía "¡cuánto tiempo, doctor, qué placer encontrarlo!". Irónicamente, demás está aclararlo.

Todo viene a cuento que cuando me encuentro nuevamente con el eclesiástico, éste me propone dar clases en la institución en que mi amigo actor  sometía a mi consideración el acto del portafolio, institución que, ahora entiendo, también era católica, pese a que mi amigo actor es judío.

El cura me sugiere montar una obra teatral, mientras yo pienso que ya no estoy para lidiar con adolescentes ni con la figura histórica del rector, que en ese momento no sabía que se había jubilado, lo cual me acabo de enterar por el Google (¿cuál es el presente acá?). Pero tampoco se trataba de ese colegio de Campana (¿qué tenía que ver entonces el rector del Opus?) sino de uno de Capital. Suelo confundirme un poco, perdón, estoy grande.

A pesar de mis reparos internos, el espectáculo con el que sueña el cura es atractivo: versa sobre un pastor protestante que está dando su sermón, cuando justo lo interrumpe una mucama que viene a recriminarle que ha dejado sus calzoncillos sucios tirados debajo de la cama. Lo  grotesco de la propuesta me seduce, si bien no doy una respuesta definitiva.

Pasemos a otro ámbito, una sala de ensayo. Estoy reunido con un grupo de actores y actrices. Una de ellas es amiga de años, los otros sólo conocidos eventuales. No obstante, uno de los actores que ha estado recientemente en varios países de Europa, me abraza efusivamente y me besa en las dos mejillas. Conducta por demás inapropiada en tiempos de pandemia, aunque nadie registra lo anómalo de la situación, nadie se escandaliza.  

Mi amiga actriz cuenta que un grupo teatral en Retiro (está ya jubilada, retiro es Retiro con mayúsculas, remarco) le había ofrecido participar de un espectáculo donde hiciese de ella misma. Yo expongo mis reservas, le advierto que tenga cuidado, que no sea que la utilicen como una señora grande que teje calceta. La interrogo por los detalles de la propuesta y no sabe decirme mucho. Ante mis objeciones mira intencionadamente a otra actriz participante de la charla. No sé si porque esas prevenciones se habían formulado antes o porque las considera descabelladas. Se retira (no a Retiro, quizá al baño) un momento de la reunión y yo opto por despedirme. Salgo, bajo la escalera hacia la puerta principal (estábamos en un primer piso, no lo mencioné, debería haberlo hecho), que tengo conciencia voy a encontrar cerrada, sé positivamente que se encuentra cerrada, ni la toco, espero alguien que me abra, alguien que entre o que vaya a salir, viene un mozo que trabaja en un restaurante (¿esto no será Boedo XXI, con Margot al lado?), me mira como diciendo qué hago ahí, me veo obligado a explicar mi presencia pero de una forma un tanto desafiante, como diciendo a vos qué te importa qué hago acá, finalmente llega mi amiga que me reprocha haberme ido sin despedirme de ella, me abre la puerta, salgo a la calle, está lloviendo, hay mucha gente caminando sin barbijo, pienso que en la Capital (porque sigo en Capital desde hace rato, es evidente, desde el momento mismo en que dejé el atrio de la iglesia de Zárate) nadie se cuida del COVID, necesito regresar rápido, no me ubico en la zona (no es Boedo, de lo contrario sabría ubicarme muy bien)...  de pronto surge una boca de subte,  con varias personas amontonadas que parecen esperar para ingresar.

Nadie sabe decirme que hace ahí, y eso que yo no soy el mozo de Margot. Veo un cartel anunciando un tren que sale para Zárate.

Si bien Zárate no es mi destino entiendo que podría dejarme de camino. 

Desciendo al subterráneo que es en realidad una estación de trenes -no Retiro, no Constitución, no Pacífico... quizá la del San Martin-, con boleterías con rejas a la antigua, más parecidas a las cajas del Banco Provincia de otras épocas. O a las de Retiro.

Preguntó si de allí sale un tren para Zárate. Me  responden confusamente, no saben indicarme bien en qué sector debo comprar el pasaje, ando de ventanilla en ventanilla, finalmente alguien de mala gana accede a vendérmelo, sin respuesta respecto a horarios ni trayecto, lo compro a ciegas.

La mente trata de impedirme que me boicotee de esa manera, errando sin rumbo, porque le pago los $ 400 que cuesta el pasaje con tres billetes de 100 y un gran formulario que adjunto  inadvertidamente, tal si fuese un billete más. El boletero me lo hace notar de mala manera. No es para menos, ¿quién podría creer que se trató de un descuido?

Me pongo torpe con el dinero, con lo que llevo encima, papeles de la índole del formulario, se me caen, se desparraman, los junto. Hasta que finalmente puedo completar el pago. 

Pregunto hacia qué anden debo dirigirme. Es mínima la explicación del boletero, me señala vagamente una dirección que resulta ser la equivocada, desemboca en un estrecho pasillo, los baños, me doy cuenta porque de allí surge una empleada de limpieza con un tapabocas y un delantal completamente manchados de mierda. Sí, en plural. El tapababocas también.

Me roza. Advierte la torpeza. Advertimos ambos que me ha ensuciado. Me ofrece ayuda para limpiarme. Pienso que va a ser peor el remedio que la enfermedad y desecho la propuesta. Entiendo que resultará dificultoso quitarle las manchas a mi remera flamante.

Finalmente ubico el túnel que me conduce a un andén, donde un tren se encuentra a punto de partir.

Dudo en subir, nadie sabe nada, no sé dónde me puede llevar, cuál puede ser su destino. Mi destino.



lunes, 26 de octubre de 2020

HASTA EL TERCER PISO

Indudablemente –me temo que en este relato las certezas sean efímeras, lo advierto desde ya- la galería era de La Plata. No sólo por su aspecto, aunque no pueda precisar con exactitud su ubicación, sino por un detalle que consignaré de inmediato, no bien finalice una necesaria introducción.

Entraba al primero de los dos locales que daban a la calle –entre ambos se situaba el pasillo-, el de la derecha, vidriado en su integridad.

La empleada, una jovencita morocha, alta, delgada, de buen ver, no bien advertía mi presencia dejaba una revista en la que se encontraba absorta (destaco revista, no celular, que sería lo lógico en cualquier empleada de comercio en espera de clientes –e incluso habiéndolos-,  porque ningún detalle de los acontecimientos que voy a narrar daba la pauta de hallarme en la actualidad) para consultar qué buscaba. Una rápida mirada me había bastado para descartar que existiese allí algo de mi interés, de modo que amablemente, con un gesto de la mano que implicaba al tiempo descarte, disculpa y la intención de no molestarla, le contesté que volvería otro día y encaré la salida.

Ella me detuvo, se me acercó. Confidencialmente me susurró que lo que yo buscaba (¿cómo sabía lo que buscaba? ¿había visitado yo antes en ese local?) le iba a llegar más tarde, que podíamos vernos a la medianoche en alguna esquina de calle 7 (de ahí mi deducción sobre la localización platense). La propuesta me asombró. No cabía duda que no se estaba refiriendo a ninguno de los artículos que se ofrecían en el comercio, sino a algo de índole más íntima, por decirlo de alguna manera. No desairarla, fijando un punto de encuentro (la ex-confitería París, por ejemplo), implicaba dejar de plantón a la pobre chica, en una hora tan inadecuada. Porque de manera alguna me veía concurriendo a esa cita. No era correcto que lo hiciese, claro. Y por otra parte... ¿con qué artilugio explicar a mi mujer que sacaba el auto a medianoche, y en situación de pandemia?

Digresión: no se me escapa que este anclaje en la actualidad pareciera por completo discordante con la afirmación antes realizada, pero no lo reputo contradictorio. Nada en el espacio denotaba el presente, aunque mi conciencia estuviese ubicada allí.

Vuelvo a la señorita. Creo haber escapado del compromiso supeditándolo a una confirmación que ella supo al instante nunca llegaría. Aun así se despidió de mí amablemente. No me atrevo a decir que con un beso en la mejilla por dos razones: no lo recuerdo con certeza y no queda bien en un hombre de mi edad.

Pasaba al segundo piso de la galería, un espacio en construcción, como el de la galería CADU, de Zárate, que en los '60 tenía una puertita al fondo que daba al vacío, a los cimientos de una nueva ala del edificio que tardó años en terminarse. Algo semejante resultaba este espacio platense, pero arriba, repito, como si pasásemos del inconsciente de Zárate a un nivel de supra conciencia en La Plata. Aunque intrincado, lleno de pasadizos provisorios entre cúmulos de arena, ladrillos apilados, vigas de hierro. Alguien –un capataz de obra, probablemente- me advertía de lo peligroso que era estar allí. Yo replicaba que debía ir al local del tercer piso. Mi interlocutor dudaba que encontrase a alguien en ese lugar, pero de todos modos me señalaba una frágil escalerita de madera, indicándome de nuevo que tuviese cuidado. 

El tercer piso era una cueva. "Cuevas", en la jerga del coleccionismo de revistas, debo aclarar, son lugares que sólo algunos iniciados conocen, dado que se encuentran en recónditos sucuchos de galerías comerciales. La particularidad consistía en que éste se emplazaba al aire libre. Se cuestionará el absurdo de exponer revistas antiguas al sol, la humedad, la lluvia. Comparto el cuestionamiento, pero no puedo explicarlo. Hay cosas que son como son, se toman o se dejan.

No obstante, cuando uno se encuentra con locales donde el material luce apilado de cualquier manera, con absoluto descuido, como en el caso, es buen indicio en cuanto al precio del mismo. Todo lo contrario de las comiquerías en que el ensobrado, la exhibición prolija y esmerada es directamente proporcional a las fortunas que pretenden.

Ubiqué al fondo de un estante, guiado por el olfato del que siempre me he jactado, unos curiosos ejemplares de historietas cómicas de los '60, cuyas tapas nunca había visto. En ellas se fusionaban personajes de distintas editoriales, una especie de crossover (término usado por los yankees para este tipo de entrecruzamientos) impensable en publicaciones de aquella época.

La excitación de hallarme frente a algo excepcional a precio de ganga duró un instante. El que parecía ser dueño de la cueva se me acercó, y sin que medie palabra de mi parte, arrancó  una insólita monserga sobre cierto coleccionista que le había ofrecido un precio irrisorio por el número seis de no sé qué cosa. "Aquí no se vende barato", era el mensaje. Lo interrumpí.

-Sólo quiero que me diga cuánto pretende por estas revistas.

Antes de que llegase la respuesta sabía que la cifra resultaría un disparate, que me iba a ir sin comprar nada.

Los pisos superiores suelen ser hostiles. Sólo habita en ellos la aridez, el desencanto. 



domingo, 27 de septiembre de 2020

CUARENTENA (XII): COINCIDENCIAS Y CRUCES

Estoy sentado en el umbral de una casa, que en realidad son dos casas en las que habité y quise mucho. No me refiero, claro, a la edificación, sino a los acontecimientos, las historias, que me sucedieron en esos lugares de dos ciudades distintas, pero cercanas. Curiosamente, ambas tenían dos plantas y en  ambas viví en la superior. Pero este umbral da directamente a una estación ferroviaria y recién ahora asocio que uno de esos dos departamentos se situaba frente a las vías del tren.  

Sentado allí, de tarde, espero un tren.

Veo  aparecer en el andén a Cacho Bidonde, mi primer maestro de actuación en Capital, casi cuarenta años atrás.

Lo chisto, lo saludo, le digo que hace muy poco soñé con él parado en el andén de Retiro. Mucha atención no le presta al comentario y me presenta a dos actores que lo acompañan. Portan distintivos de un encuentro de teatro. Uno de ellos se pone a contarme –sin que viniera a cuento en absoluto, típico de actor- de un proyecto que está  ensayando.

Le pregunto por los protocolos, los recaudos que se toman  en los ensayos. El tipo se desconcierta un poco. Caigo en la cuenta que ninguno de los tres  lleva barbijo.

Me contesta que uno se puede contagiar en cualquier parte. Me doy cuenta al toque que milita en el negacionismo y replico que respeto si no cree en la peligrosidad del virus, en que puede resultar letal para ciertos grupos de riesgo, pero que en tal caso no tenemos mucho para conversar.

El actor del "proyecto" cruza al andén de enfrente donde está montado un equipo de sonido, un micrófono, un banquito y una guitarra. Se sienta, pulsa las cuerdas  y comienza a improvisar una payada sobre la mentira de la pandemia.

No me interesa escucharlo. Insisto con Cacho sobre el tema de la rara coincidencia de este encuentro con mi sueño y me surge un vínculo vago con algo que me había sucedido en la vigilia. 

Cacho y el otro actor se me acercan demasiado para hablar, lo que determina que cierre la puerta de calle y me disponga a esperar el tren sentado en la escalera.

Me quedo dormido.

Cuando despierto y salgo de nuevo al andén, luce desierto. Anocheció,  todo está oscuro, entiendo que ya pasó el último tren.

Contrariado, pienso qué medios alternativos tengo, cuando me surge la pregunta de dónde debo ir y para qué.

Repaso mentalmente los lugares, las ciudades, a las que solía trasladarme antes de todo esto y concluyo que en ninguna de ellas tengo nada para hacer, que no debo viajar a ninguna parte.

Tanteo en los bolsillos y ubico con alivio las llaves del auto.

Empieza  a llover y pienso: "Menos mal que no vine en bicicleta", lo cual es extraño porque nunca aprendí a andar en bicicleta. 

Rumbo  a buscar el coche, me cruzo con una chica rubia, muy alta y robusta, que corre por el medio de la calle. Recoge su vestido de novia, para que no se le ensucie. Luce contrariada. Detrás corre también un grupo de personas emperifolladas, supongo sus familiares. 

Se me ocurre que dentro de unos años recordarán divertidos este casamiento en medio de la lluvia y la pandemia.

Subo al auto, y libre ya de cualquier preocupación, me dispongo a volver a casa.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

VENGANZAS PÓSTUMAS

Mi madre tenía de secretario a López Rega.

Esa circunstancia de ningún modo la convertía en Isabelita, seguía siendo indubitablemente mi madre. Charlaba yo con ella cuando llegaba un inquilino a pagar el alquiler. Este muchacho acababa de salir en todos los medios a raíz de una suma millonaria que había ganado en un juego tipo el Loto. Quien lo recibía era López Rega que armaba una fanfarria bárbara con el tema, a voz de tenor en cuello. Molesto por interferir en la charla con mi madre, le grito que se calle. No obedece. Mi madre, aunque con mejores modales, apoya mi pedido. Recién entonces, López Rega modera sus chillidos histéricos. Una vez retirado el muchacho, y envalentonado por el respaldo obtenido, lo increpo.

-No me importa que sea mi madre quien te paga el sueldo. Cuando te doy una orden la cumplís. De lo contrario  te pongo de patitas en la calle.

Lopecito nada responde. Silbando bajo se coloca un delantal de mucama y se dispone a lavar los platos.


domingo, 23 de agosto de 2020

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Todo es previsible, lo mismo que en una mala comedia del subgénero "para toda la familia". 

Las señoritas aguardan nerviosas a una alta autoridad. En charla previa de bar la imaginan seria y circunspecta. Incluso se han vestido  para la ocasión con trajecitos sastre, que vaya a saber a quién pidieron prestado. No  imagino ese atuendo en sus respectivos placares. 

Quien llega, por supuesto, es contrario a lo esperado: una moderna versión del profesor hippie, interpretado por Ricardo Darín. 

El ómnibus en que viaja estaciona frente a la explanada del establecimiento educativo, donde los alumnos, de riguroso guardapolvo blanco con distintivo de la institución, lucen respetuosamente alineados. Suenan las estrofas del Himno Nacional (lo que suena es la música en realidad, pero el lugar común cuadra mejor a la situación) y Darín escucha, solemne, rígido, presidiendo el acto acorde hasta ahora a las expectativas generadas.

De a poco, de forma imperceptible, el exitoso actor comienza a mover la cabeza acompañando el ritmo. Una alumna lo advierte, y lo imita. Darín advierte a su vez a la alumna, y acentuando el movimiento, se acerca a ella. Terminan bailando con el torso inclinado, nariz con nariz, al modo de los '70, como en las Locuras de Isidoro. El alumnado se contagia y el plantel docente se escandaliza.

De tan patética que resulta la escena, decido huir de allí.

Enfilo a refugiarme en el edificio. Un escalón de la entrada, que ya venía con el mármol rajado desde hace tiempo, había acabado por desmoronarse.

Súbitamente el patrón comienza a ser -ya no en clave comedia reidera, ya no tan previsible- el resquebrajamiento de todo.

viernes, 21 de agosto de 2020

SOMOS NADA

                                                                                                                                   Al Oso Wainer

No podría explicar en calidad de qué estaba en esa casa. Podía ser por el lado del teatro, pensé en principio. Los padres del muchacho me mostraron fotos en las que yo aparecía junto a él. Aparecían también otras personas con las que había trabajado en una obra a principios de siglo. Una actriz sobre todo, era quien más se repetía. En esa época  yo andaba por los cuarenta y pico, y el pibe –se veía- apenas por los veinte. O sea que murió muy joven. No formaba parte del elenco. Posiblemente un técnico, especulé. La verdad es que lo recordaba de manera muy difusa. Lo padres me insistían en que él me consideró siempre un gran amigo.

Me dejaron sólo en el vestíbulo con las fotos. Me provocó tristeza el repasarlas. Porque esa persona había muerto con la convicción que era amigo de alguien que ni siquiera podía identificarlo. Inmerso en ese estado,  golpeé  suavemente  la puerta de la habitación por la que habían desaparecido los padres, para despedirme.

Abrieron las dos hojas –la casa era antigua, de puertas de madera maciza con banderola- y me hicieron pasar a un living comedor oscuro, abarrotado de muebles y adornitos de cerámica. Sobre la mesa central,  larga y oval, se hallaba depositada una caja, de la que asomaban revistas.

-Eduardo no iba a negociar fácilmente sus historietas...- me dijo la madre con picardía, y agregó:- Sabemos por él, que siempre nos comentaba, su fama de regateador.

En ese momento, cambió mi registro del posible motivo por el cual había sido invitado a esa casa. Pasábamos de la amistad al mercantilismo. Querían venderme la colección del finado.

La compasión que me inspiraban los ancianos por haber perdido a su hijo tan joven, se evanesció de golpe ante el propósito especulativo que acababan de revelar.

No creí incorrecto, de todos modos, echar un vistazo al contenido de la caja. Quizá fuese instrucción póstuma de su dueño  que pasara a mis manos.

No había gran cosa. Y el estado de los ejemplares era calamitoso.

El padre encomiaba un Libro de Oro Patoruzú de la última y decadente época editorial. Lejos de ser la perla que pretendía, observé que encima le faltaba la primera página.

La madre, dándome ya como seguro comprador, me sondeaba respecto a cuánto estaría dispuesto a pagar por el lote.

Con mucho tacto les hice saber mi nulo interés en la compra y me despedí.

Una vez en la calle, volví a pensar en el pobre Eduardo. No solo olvidado por quien creía su amigo. También convertido  en moneda de cambio por sus propios padres.                                                                             


Dibujo: Fer Sosa

viernes, 7 de agosto de 2020

EPIFANÍA

En la madrugada apunto:

"Estoy mirando una serie en el sofá o la cama. Me duermo un par de minutos, pero sigo viendo la serie. Cuando me despierto advierto que lo que pasa en la pantalla no se condice con lo que había visto mientras dormitaba. Ahí me doy cuenta que soñé ese intervalo entre escenas"

A la noche, tarde, sin que buscase nada relacionado con lo anterior, me encuentro con este párrafo:

"La cultura onírica entre los tzotziles de San Juan Chamula en Los Altos de Chiapas"
"(...) Más aún, las etnoteorías que externan y objetivan la experiencia del sueño, como las que tienen los mayas de esta región, pueden abrir este espacio para algunos usos culturales específicos que no permiten otros marcos de interpretación subjetivistas o psicologicistas. De hecho, la vida en estas tierras se caracteriza por una especie de “visión doble” en la cual el foco de atención vira continuamente entre el mundo de la vigilia y el ámbito esencial del sueño. Como resultado, los sueños frecuentemente se convierten en “transformadores” que conectan la vida de vigilia con la del dormir y que permiten la interpenetración e interinfluencia mutua de estas manifestaciones distintivas de la experiencia. De ello resulta un mundo de vigilia que está atravesado por la experiencia del sueño y un ámbito del sueño que puede procesar —y a veces resolver— muchos de los dilemas, conflictos y esperanzas de la vida cotidiana."

miércoles, 5 de agosto de 2020

CUARENTENA (XI): CARTA

Le escribo a mi amiga, que está en el exterior:
Hola, (aquí va el nombre de mi amiga). Creo que llegó agosto. El tiempo para mí se esfumó. Sólo sé que envejezco y casi seguro moriré en algún momento, que ahora calculo será bastante antes en la concepción del tiempo que solía manejar,  o una eternidad después con la que concibo ahora. Siempre y cuando no ocurra un prodigo, que nunca es de descartar. Ahí nomás lo tenés a Jesús que al tercer año resucitó. ¿Puede que pensaras volver en agosto, o recuerdo mal? Si estuviese en tus manos retrasarlo, mejor. Seguramente para vos el tiempo empezó a correr de nuevo y entenderás lo de retrasar. Quiero decir para después de lo que se solía llamar agosto. Siento -no sé qué noticias te llegan de acá- que las cosas no están bien. Por las que llegan de allá, están mejor. Aunque no sé... No coincidimos en espacio, eso seguro, porque recorro la casa y no te veo. Pero quizá tampoco en tiempo, porque el tiempo dejó de ser el mismo para todos más allá de las diferencias horarias, a eso uno estaba acostumbrado. Acostumbrarse a que el tiempo se esfume es más difícil...
Posdata: sueño mucho con situaciones de teatro, ergo extraño hacerlo, en explicación psicologista. En tren de pensamiento mágico, lo hago con mucha intensidad en otra dimensión para compensar la inactividad en ésta.
Ahora sí, me despido, esperando estés bien de salud, quedando yo bien, a Dios gracias
... no sé si bien, corrijo... no demasiado peor, digamos.

lunes, 20 de julio de 2020

LA HABANA MATA RAVAL

El charlatán de feria mencionaba a Estela Raval, y en consecuencia la escena bien podía hallarse situada en El Raval de Barcelona, barrio que tanto me gusta. Aunque tenía más pinta de ser una placita de La Habana Vieja tan típicamente rodeada de magníficos y casi derruidos caserones.  Además estaba el dato de la gente que pululaba por la plaza y se paraba en las puertas de las construcciones. O se sentaba en los balcones, como las contundentes morenas de edad madura que divisaba enfrente. 
Pero enseguida vuelvo a ellas, no quiero anticiparme, debo quedarme un momento con el charlatán de feria que ofrecía un celular de 1946. Había pertenecido a Estela Raval, una de las primeras artistas de la canción que usó celular, pregonaba el charlatán.
Un joven se detuvo a escucharlo. Intercambió con él un par de palabras musitadas. Cuando ya me preguntaba cómo podía haber incautos que sucumbiesen a semejantes patrañas, ambos personajes  se apartaron a un lugar más discreto a conversar.
Mi interpretación mutó de golpe. Comprendía ahora que lo que el charlatán y el muchacho se disponían a negociar no tenía que ver con la telefonía celular, sino con otro tipo de asuntos. La inocencia pasaba a ser mía.
Me desentendí de ellos y crucé la plaza. Fue entonces que reparé en que una de las morenazas del balcón, teñida de rubio, sostenía en su mano un revólver.
Por la actitud de quienes la rodeaban, no parecía existir peligro. Por la forma displicente en que manejaba el arma, tampoco. Ora apuntaba  con ella a una criatura en son de fingida amenaza, ora reforzaba sus dichos dirigiéndola a sus interlocutoras, sin que nadie, en ningún caso, se inmutara.
Supuse que podía tratarse de un revólver de juguete,  pero  a medida que avanzaba se veía muy real.  Por las dudas, me cuidaba de no ser un posible blanco.
En la vereda, debajo del balcón también se había formado un corrillo de mujeres que capturó por un momento mi atención.
Cuando volví a levantar la mirada, la falsa rubia había apoyado la mano del revólver en la baranda.  Pensé que ya no debía cuidarme de estar a tiro, pero de inmediato reparé en que sí lo estaba una de las mujeres del  corrillo. Acto seguido oí el disparo y vi a la de la vereda derrumbarse.  La bala le había entrado por el centro del cráneo.  
Vuelvo la vista arriba y la del revólver  empezaba a  tomar conciencia de lo sucedido. Pero su rostro reflejaba  la expresión de alguien que rompió sin querer un vaso.  Apenas eso. Muy lejos del horror de haber matado accidentalmente, por torpeza, por negligencia, a una persona. 
La oí decir: "Debo ir a tender la ropa". Dio media vuelta y desapareció del balcón.

sábado, 11 de julio de 2020

IRSE

No es cierto que se muere solo. Siempre va a morir con uno el último recuerdo sobre la tierra de alguna persona. O al menos, de algún momento de ella. Seguramente me llevaré conmigo a mi abuelo, en Gualeguaychú, saludándome desde la canoa. O el gesto de mi papá, que estaba en cama cuando le dije que había muerto el tío Ramón, y se tapó el rostro con la sábana. O a mamá, un día de invierno, sentada en el mismo sillón que tengo ahora en el living, angustiada y aburrida, pero no queriendo salir a la calle porque había dado parte de enferma en el trabajo. Espero no olvidarme para entonces, espero que me acompañen, partir con ellos.

ANACRONISMOS

Una persona que fue importante en un momento de mi vida y a la que dejé de frecuentar hace décadas, me pide un cigarrillo. La primera curiosidad es que esa persona no fumaba. Le contesto que dejé el cigarrillo, que ahora fumo en pipa. Lo cual es rigurosamente cierto y se corresponde a mi presente. Pero el lugar del pedido es el de un pasado remoto. El sueño se ríe del tiempo.


viernes, 3 de julio de 2020

REVANCHAS DEL SUEÑO

Una persona francamente desagradable. Siempre y cuando, claro está, a uno no le agrade el trato descortés, chabacano, vulgar, grosero, irrespetuoso, tosco, basto... ordinario, en resumen. Aunque debería decir "deliberadamente" ordinario. 
Al  menos  conmigo era deliberado, no sé con otra gente. Y me adelanto a admitir que yo también tengo mis cosas cuando no me cae bien alguien. Pero nunca de entrada, jamás de movida, siempre doy una chance, me muestro amable, educado, por lo menos hasta que me den motivos.  Esta actriz no.
El caso es que yo estaba en un teatro. No un gran teatro. Un teatro para algo menos de cien espectadores, calculo. Plantado al aire libre, el escenario consistía en una tarima sin caja, con platea de gradas frontales. Siendo de los primeros en acomodarme, había podido sentarme en la parte más alta, la de mejor visibilidad. Muy de a poco iba llegando público, que subía y elegía discretamente la ubicación. Gozaba de ese momento de sosegada expectativa previo al  espectáculo,  cuando vi aparecer por un costado de la tarima su cuerpo enorme y bamboleante. Arrastraba con estrépito  la mochila de viaje con ruedas que yo le había prestado. Venía acompañada de su acólita, otra actriz con la que supe trabajar satisfactoriamente. Ahora se desempeñaba como asistente full time del engendro. La irrupción, de por sí, logró alterar el ambiente. Varios dirigieron la atención hacia la recién llegada. Era lo que siempre buscaba y lograba. Imposible no notar su ingreso en cualquier parte.
Ella a su vez me registró de inmediato, y desde abajo, a los gritos, me reclamó que la mochila prestada por mí hacía demasiado ruido al ser transportada con las rueditas.
Me puse de pié, con toda dignidad, y proyectando la voz, pero con un tono neutro, despojado de cualquier animosidad, le repliqué: "Si no te sirve, devolvémela".
A continuación bajé hasta donde estaba y le saqué la mochila de la mano.
Volví a mi asiento con la mochila sabiendo que la había dejado desconcertada y furiosa, porque la necesitaba y mucho.
El actor, en cambio, era todo lo contrario a esta guaranga. Un tipo amable, atento, discreto.  No llegaba a ser fino, porque  primaba en él un aire de tano rotundo, que le proporcionaba  cierto éxito con las señoras, sobre todo maduras. Éxito del cual sabía sacar provecho.
No puedo afirmar que fuese un vividor,  pero otros aspectos de su personalidad lo hacían sospechar. Por ejemplo, llegados a un bar en alguna gira, alegaba haberse olvidado la billetera, pidiéndome que pague por él, y posponiendo el arreglo de cuentas para una oportunidad inmediata que nunca llegaba. Al principio le concedí el beneficio de la duda, atribuyéndolo  a su falta de memoria. Me parecía chocante reclamarle la deuda. A la tercera vez que lo hizo, me liberé de escrúpulos  y no tuvo más remedio que acordarse dónde había dejado  la billetera.
No sé qué sucedió  antes, es posible que acabásemos de hacer función. Recuerdo que venía detrás de mí, por los pasillos de camarines. Intuía que estaba por pegarme un mangazo. Yo había ido desarrollando, de forma inconsciente, con el tiempo de trato, el conocimiento de sus tácticas aproximativas. 
El pasillo era largo, con muchas puertas. Yo aceleraba la marcha y él imitaba mi ritmo, continuando su conversación banal y tranquila, a la que contestaba con monosílabos.
Cuando llegué a mi camarín y abrí, vi a mi mujer sentada frente al espejo. No esperaba encontrarla  en ese lugar. Pretexté el tener que resolver un asunto con ella para terminar con la persecución.  Mi compañero intentó entrar para saludarla. Fui taxativo: "nos despedimos acá", le dije mientras le cerraba la puerta en la cara. 
Lo que fuese que en aquél momento tuviera en mente pedir prestado, en el caso de acceder, por más que se lo reclamara, seguro no me lo iba a  devolver nunca.



lunes, 22 de junio de 2020

CALESITA

Las casonas antiguas a diferencia de los asfixiantes sucuchos en que se vive ahora, convidaban aire por los cuatro costados.
En el amplio lateral derecho de este caserón en que me hallo se desarrolla un espectáculo mezcla de feria, teatro,  circo y ritual (el ritual se camufla mejor que la liturgia, que es cotidiana, pero está presente en casi todo).
¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean!
Tuñón, Fellini y Karadagián por única vez juntos, en una función exclusiva para el selecto público del sueño.
El que monta el elefante, vestido de maharajá, es actor de radioteatro campero, me susurran.
Y no hacen falta los oficios del  adivino –hay un adivino acá- para sospechar que los colores de las sedas que visten malabaristas y escupidores de fuego,  se desgastaron expuestos al sol de los semáforos.
No quita que esa magnificencia impostada  me genere una fascinación hipnótica. 
En cambio, el hemiciclo donde se anuncia, a una hora exacta, el sacrificio del  Inca, me produce desconfianza.  Lo de eludir la tarima como escenario central para desarrollar la acción en las gradas está bien, pero los indios son muy de pacotilla, de corso de barrio. No concuerdan con sus pares de otros números, que siendo de condición tan miserable como éstos, sostienen con dignidad las fingidas majestades.
La hora fijada con pompa y circunstancia no se cumple y me distraigo en uno de los tenderetes de alrededores donde un hábil artesano está tallando un muñeco de madera.
Tardo un momento en darme cuenta de que el muñeco es Pinocho y que el artesano está caracterizado como un viejito de barba blanca.
¡Cuántas culturas y civilizaciones y épocas en pocos metros! ¡Cuánto artilugio! ¡Evidente  y entrañable  como la nariz de Pinocho!
La distracción hace que me pierda el inicio de la ejecución.  El acuchillamiento, al son de tamboriles, del indio con más plumas, me parece grotesco. Sin embargo, una mujer sentada cerca de la escena, presa del horror, estira y repliega sus piernas de forma epiléptica con cada puñalada que le asestan al Inca.
Hay público para todo, reflexiono.
Nunca deja de asombrarme el hecho que cada espectáculo tenga su espectador. Por eso es que trato de esquivar la crítica a colegas, no se puede denostar lo que otro aplaude. Tampoco lo que es objeto unánime de repudio porque sería hacer leña del árbol caído. Y en caso de estar en desacuerdo con el juicio condenatorio, defenderlo también implicaría remar contra la corriente (para usar dos figuras que todo el mundo acepta como válidas).
Pasando el hemiciclo comienza  lo que sería la parte de atrás del caserón. Un patio embaldosado con algunos árboles -quizá el ciruelo de la casa de mis tíos entre ellos- cercados por piedras. 
No hay aquí entretenimientos de feria, sino varias mesas de chapa oxidada, redondas, de jardín, rebosantes de platos con carne, chorizos, morcillas, todo cortado en fetas, junto a canastitas de pan. No se observan comensales, sin embargo.
Me asquea un poco ese menú, hace un par de días comí asado y el asado es muy rico, pero no repetido en forma seguida. Recuerdo una gira teatral, donde veníamos de pizza y pasta, y llegados a una ciudad grande la producción nos llevó a una parrilla, lo que generó la aprobación unánime del elenco. Debimos quedarnos varios días en esa ciudad. Volvían a llevarnos una y otra vez a la misma parrilla hasta que estalló la rebelión y debieron cambiar de menú.
Así que prefiero servirme de tomar. No existe mucha posibilidad de elección en ese aspecto, sólo gaseosas de segundas marcas. Me decido por una tónica que al menos está fría.
No bien me acabo de llenar el vaso plástico, se me acerca un tipo con delantal grasiento, asemejando un mozo, que me instruye acerca de que la comida no está incluida en la entrada. Le explico que no voy a comer, sólo a beber. Insiste en que asado y bebida es un combo  por trescientos pesos. Accedo a darle cien, que agarra quejoso. Cuando se aleja, me hago un choripán para vengarme, y salgo mordisqueándolo sin ganas por el costado izquierdo de la casona, estrecho a diferencia del otro, y donde sólo lucen macetones con plantas secas.
Llego al frente y experimento una epifanía. Estoy de nuevo en el Castillo, que así llamábamos al establecimiento donde hice los últimos dos años de la secundaria, elevado frente a las barrancas de Zárate, muy por encima del nivel de la vereda. 
Y digo de nuevo no por los lejanos tiempos de mi adolescencia, sino porque hace muy poco lo recordaba en detalle, hasta llegué a buscarlo en internet  y lo hallé, prácticamente intacto, con sus dos escaleras laterales de acceso a la explanada que precede al pórtico principal, situado más arriba aún, con gradas concéntricas que conducen a él. Y en esa explanada, en la que me encuentro ahora, y en la que me encontraba hace casi cincuenta años, mirando hacia la barranca, junto a mi novia de entonces, a la que tomaba del hombro, charlando vaya a saber de qué sueños de vigilia que luego no se concretaron o sí, pero de una forma que nunca podíamos llegar a imaginar, charla que vino a interrumpir el grito ("¡Señor!") de una profesora, ubicada en lo alto, en el pórtico mismo,  acababa de salir del colegio y nos vio de espaldas, lo entendí  cuando giré hacia ella y me preguntó retóricamente si me parecía ése un comportamiento adecuado dentro de la sacrosanta institución.
-¿Y a usted qué mierda le importa?- obtuvo por respuesta.
-¡Venga acá de inmediato!- me ordenó furiosa.
-¡No voy una mierda! – repliqué dos veces, porque a la primera sucedió otra orden más imperiosa.
La ira acreció con su menoscabada autoridad y giró hacia el interior del edificio, o sea volvió a ingresar, a velocidad de actriz de película de los '50 (no estábamos tan lejos, apenas veinte años), revoleando pollera (vestía pollera, sí), supongo con rumbo directo al rectorado, porque después tuve que ir allí a rendir cuentas de mi conducta, y si zafé de la expulsión fue por la empatía que cultivaba con el vice rector, un pintor, artista antes que burócrata educativo, a quién para exculparme le disparé la barbaridad de "¡señor, ni que me hubiesen sorprendido  introduciendo el miembro en la boca de mi novia!", la cual le hizo gracia al punto de no poder contener la risa. 
Me encuentro en esa misma explanada, decía, pero  transformada  en un chiquero, un lodazal que debo atravesar rumbo a la salida, con cuidado de no resbalar y de no molestar a los chanchos que tengo entendido son bravos cuando se enojan, como aquella profesora santurrona, solterona, frígida seguramente, que convirtió algo hermoso en una porquería.
Vencidas las dificultades, accedo al nivel de la calle y una señora que pasa y no conozco y provoca que la siga con la mirada, me lleva a su mismo rumbo con un destino que se avizora como de costanera –no la de Zárate- con edificios llamativos por su vetusto pintoresquismo. Se diría la Boca, el museo de Quinquela, el teatro de la Ribera, Caminito... pero no exactamente, un aire a eso.
Le doy conversación a la señora -muy elegante, más joven que yo,  aunque rozando la cincuentena calculo, atractiva por si no se cayó en la cuenta-, y la acepta gustosa. Caminando a la par, recorriendo, hemos entrado en una cierta confianza,  y en la charla, no sé cómo, aparece La Plata y la mención de ella a un conocido abogado de la ciudad que es su amigo, me dice, y  con el que yo trabajé durante  largo período, en un sucesorio viciado de nulidad respecto al acervo hereditario,  consistente en campos que tuve a mi cargo en calidad de administrador... iba a comentárselo, asombrado de la coincidencia, cuando acontece la segunda epifanía.
Tiíovivo, carrusel, calesita. No feria de atracciones.
Una ronda por mi vida, por mis elecciones estéticas, por lo que quisieron cobrarme de más, por lo que era puro y se ensució, por torpes mascaradas teatrales y de las otras, por ataques y defensas, triunfos y fracasos, desde la temprana adolescencia hasta el día de hoy, todo en uno, todo integrado en mí mismo, un sólo tiempo, un sólo ser, el que fui y sigo siendo, por fin reconciliado en la unidad, por fin saldadas las cuentas con el pasado, por fin en paz. 
Esa paz de los vivos, que es la paz a tiempo.

sábado, 20 de junio de 2020

CUARENTENA (X): CONTAGIO

Tan trivial y feroz como lugar común resulta, que cualquier intento de disimularlo revelaría de inmediato la impostura. Por lo que no queda otra que escupirlo de una, sin respirar ni ahorrar saliva, a la cuenta de tres... no le tengo miedo a la muerte sino al sufrimiento.
Cualquier hijo de vecino que se pretenda avispado retrucará que es lo  que dicen justamente quienes temen a la muerte.
Me interesa tan poco la opinión de los hijos de vecinos...
Sé muy bien todo lo que he coqueteado con esa señora. Y cómo ahora, que anda rondando mi puerta, la ignoro histéricamente.
No así al sufrimiento.  Altri tempi, cuando se disparaba la frase, el sufrimiento tenía categoría de abstracción, podía venir de cualquier parte, presentarse bajo cualquier forma. Ahora cobró carnadura merced a la pornográfica fruición con que lo describen los diarios. Un sufrimiento concreto de asfixia boca abajo en una cama de hospital con suerte, lejos de todos y todo lo entrañable,  de lo que es tuyo, de aquellos y aquello en los que sos, te reconoces.
Como una femme fatale, demasiado sacrificio de otros amores pide la muerte para entregarse a mis brazos. Que se vaya a cagar. Me cuido bien de no encontrármela en estos momentos. Ya habrá oportunidad, si baja sus exigencias, de volver al juego de seducción.
No piensan así estos viejos, en este pueblucho de provincia, en esta cola de banco,  donde se arrojan mutuamente, a centímetros unos de otros, con toda premeditación y alevosía, sus pútridos alientos a la cara, a semejanza de un juego, aquellos  de pibes, el de quién mea más lejos o se tira el pedo más estruendoso.
Los observo de lejos, estoy en la misma cola. Obligado. No sé qué le dio a mi mujer por pedir el saldo de la cuenta por ventanilla, tal como se hacía en el siglo pasado. Dice que peregrinó por varios cajeros automáticos, y estaban rotos. "¿Fuera de servicio?"- intento aclarar. "Rotos"- repite con contundencia irrefutable. No me convence. Su padre era empleado bancario, y sospecho que juega en ella la nostalgia por épocas fenecidas.
Me pone muy nervioso entrar al edificio de arquitectura monumental, de los que imponen respeto, no esos aguantaderos de plata de ahora, de modo que la espero en la puerta. 
Regresa sin el saldo, vaya a saber por qué. No me lo explica o lo hace confusamente. Cruzamos a una plaza que bien podría ser la de Zárate, mi ciudad natal.  Le pido que me espere allí, que voy a probar en otros cajeros automáticos. Pero me retiene, porque justo cuando se lo estoy diciendo divisa a una amiga que me quiere presentar.
La veo yo también, saludando con efusión de lejos, con perturbadores pechos que se agitan por la premura en acercarse y con una panza que indica preñez.
En los vulevú de la presentación cometo la torpeza de mencionar su estado. "Todos engordamos en cuarentena", me replica, mirándome fijo a los ojos, como si quisiese engullirme.
Recién ahí caigo en la cuenta de quién se trata...

sábado, 13 de junio de 2020

CUARENTENA (IX): CONTRARIANDO A SHAKESPEARE

Quizá me esté volviendo conservador, dicen que con los años eso sucede. Yo mismo lo notaba de joven en gente grande, personas que tomaba como referentes en lo artístico, no cualquiera,  y me preguntaba ¿cómo puede ser que un tipo sensible, talentoso, inteligente, piense así? Y ahora resulta que me pasa a mí, que no puedo entender cómo ese señor gordo viste de idéntica forma que lo haría en el patio de su casa, y no estamos en el patio de su casa, de ninguna manera.
El señor gordo es el ideal de un dibujante cómico costumbrista de los de antes: camiseta musculosa  con agujero que deja entrever los vellos de su enorme panza, piyama a rayas con manchas varias y trajinadas pantuflas. Marcha lo más campante entre un grupo de personas –apenas un poco más cuidadas que él- comentando a los gritos que este sábado  a la noche comerán de entrada un flor de fiambre alemán.
Otra inconducta más, porque sugiere que se reunirán en plena cuarentena. Y si no guardan distancia social ahora ni  llevan barbijo, menos se van a cuidar esta noche en la cena, descarto.
Para hacer honor a la verdad, no se trata sólo de ese pequeño grupo de amigos, es casi una multitud la que marcha amuchada y sin tapabocas, tal si saliesen en manada de una estación de tren, como ser Retiro. Pero no, Retiro no, porque precisamente lo que yo estoy buscando es Retiro.  Lo cual daría para otro nivel de interpretación (¿qué tipo de retiro puedo buscar yo, si vivo retirado, ni el mundo me necesita a mí, ni yo necesito del mundo...?), pero no es momento para  detenerme en elucubraciones de ese tenor, ya que el análisis del sueño dentro del sueño, constituiría asimismo materia de análisis en la vigilia.
Lo lógico sería marchar en igual sentido que la muchedumbre, pero por un lado significaría ir a un contagio seguro, y por el otro, como dije,  es probable que bajasen de un convoy, por lo que debería enfilar en dirección  contraria. 
Ni pensar en preguntar, al contestar me escupen micronésimas gotitas de saliva y también soy hombre muerto.
Decido la contramarcha, más por seguridad que por certeza. Avizoro al frente lo que parece ser el fin de la urbanización, con túneles y autopistas. Y a mi derecha un barrio pobre... Una villa, pongámoslo en el término usual, que bien podría ser la 31, cercana a Retiro. Se abre una callecita en la que veo perros y carros de cartoneros. Dudo si tomar ese rumbo, pero una señora se encamina para ahí, lo que me da confianza. La sigo. Rápidamente cambio de parecer, porque la señora entra en una casa situada al inicio de la villa.
Me queda ese fin de la civilización en el que se abren tres pasajes bajo nivel. Al igual que en los cuentos antiguos  y en las obras de Shakespeare, me veo obligado a escoger.  Si fuese a guiarme por El Mercader de Venecia la opción correcta sería el túnel que parece abandonado. Ni loco me meto ahí. El segundo es claramente vehicular. El tercero luce lleno de carteles luminosos, tipo entrada de galería o de cine. Opto entonces por el cofre de oro, a sabiendas que puede resultar engañoso.
Por el contrario, en un principio supera mis expectativas. Se trata de una boca de subte. Digo en un principio porque no tarda en acaecer el desencanto y el retorno a la desorientación. En un muro, un mapa digital muy completo exhibe con todo detalle, haciendo zoom periódicamente, estaciones, calles y avenidas que las atraviesan. No reconozco nada. Ni línea, ni estaciones, ni terminales,  ni calles ni avenidas ni nada. Extrañísimo, porque me sé de memoria la red de subtes de Capital.
Milagrosamente diviso apoyado en una pared, entre la multitud desaprensiva que ingresa al andén, a un señor con barbijo. Un señor dignamente vestido, no como el gordo de la camiseta. Quizá su traje  esté un poco gastado, propio de clase media empobrecida. Pero limpio, prolijo.  
A medida que me acerco para consultarlo, noto sus ojos enrojecidos, su transpiración, el rostro ardiente, como si tuviese fiebre. Tose detrás del barbijo. Sostiene un cartel hecho a mano: "Por 20 pesos, le cuento cómo me contagié". 
No tiene suerte en la empresa, nadie parece querer escuchar el relato. 
Yo tampoco. 



miércoles, 10 de junio de 2020

EMULANDO A COLUMBO

Todavía no me explico por qué no accedí a venderle  ese ejemplar que incluso tenia repetido y sacarme así, de una buena vez, al tipo de encima en lugar de enredarme en una discusión fastidiosa e interminable, que incluso llegó a tener por momentos visos de peligrosidad.
Yo había dejado la bicicleta apoyada en la esquina con una pila de revistas en el portaequipaje, o como se llame el cosito ése de atrás que tiene una especie de agarradera con resorte que sostiene lo que pongas ahí. Supongo un adminículo absolutamente identificable para cualquier ciclista, no para mí, que no lo soy.
El tipo debe haber pensado que yo era un canillita ambulante, de los que antes había, ahora no veo más... o el mismo diariero del barrio, que previa apertura del puesto, muy temprano, hacía el reparto, revoleando por encima de tapiales bajos diarios y revistas  que caían en  vistosos jardincitos. Convenientemente enrollados, eso sí, para que no se descuajeringasen si iban a parar contra algún objeto duro, un enano de piedra, pongámosle. Pero claro... ¿quién se abona a un diario hoy en día? Ni hablemos de revistas, que prácticamente no existen.
Por eso al tipo le debe haber llamado la atención la pila y se puso a revisarla, que yo ni cuenta me di, ocupado como estaba en resolver el secuestro.
Lo primero que pedí fue el celular de la víctima, que se encontraba dentro de una carterita. Un celular antiguo, raro para una chica, la muchachada quiere tener la última tecnología, por más que se empeñe hasta el caracú.
Un buen detective, me dije, empieza siempre por las últimas llamadas. Pero o yo no entendía el aparato, o era tan arcaico que no guardaba registros.
Les pregunté entonces a las compañeras de colegio si podían identificar entre los contactos a la mejor amiga.
"Yo soy la mejor amiga", saltó una  y las otras asintieron.
"... Hace semanas que no la veo", agregó la chica para mi desconcierto.
Fue ahí, en ese justo momento -un momento crucial-, que aparté la vista del grupo, rascándome la cabeza, como hacía Columbo cuando estaba cavilando, generalmente antes de una revelación trascendental, que en mi caso ni miras de asomar... fue ahí, digo, cuando reparé en el tipo que se me acercó con una Skorpio en la mano,  preguntando cuánto costaba.
Creo que lo que más me molestó de la irrupción fue el contraste entre la jerarquía de  la labor detectivesca y la banalidad de querer negociar una revista de historietas. Por eso me negué persistentemente, despectivo hacia la oferta y hacia el tipo mismo, haciéndole entender que su conducta estaba fuera de lugar, que interfería en un asunto importante. 
El tipo me recriminaba que para qué las ponía en venta, si después no las quería vender. Yo le respondía que no las quería vender. "¡Es justamente lo que le estoy diciendo!", me retrucaba el tipo. Y así de equívoco en equívoco. Más que entender, se cansó de la situación creo, y me revoleó la Skorpio a lo diariero, pero sin enrollar, de manera que se descuajeringó bastante y perdió valor de colección, una razón más para arrepentirme de no habérsela vendido, en lugar de ponerme a discutir.
El episodio me perturbó lo suficiente como para obligarme a tomar un respiro. El grupo de chicas, que se había quedado a presenciar la discusión, esperaba ahora una revelación de mi parte. Sentía su presión, las miradas, como si estuviesen a un tris de descreer  de mi competencia para resolver el caso. Decidí tomar el toro por las astas.
"Vaciemos la cartera, a ver qué encontramos", dije innecesariamente mientras ejecutaba la acción. Como resulta esperable en  toda cartera femenina salió a relucir infinidad de objetos. Entre lo que cayó al piso me llamó la atención de inmediato un puñado de billetes en moneda extranjera, ni euros ni dólares, ni nada que identificase al país de emisión, ni siquiera podía reconocer el idioma. 
Pero lo realmente prodigioso consistió en que la imagen impresa en los billetes era la del tipo que quería comprarme la Skorpio.

miércoles, 3 de junio de 2020

RECLAMO

Una clienta del Estudio Jurídico me reprocha que en la redacción de un acuerdo familiar, no se le dio relevancia a todo lo que ella hizo durante décadas por sus parientes. Le replico que se trata de un convenio, no de una novela. Y le informo que aparte de dedicarme al Derecho, soy escritor y puedo armarle una. Pero que es otro precio.

lunes, 25 de mayo de 2020

CUARENTENA (VIII): VECINOS

Formo parte del grupo de whatsapp de dos edificios.
Uno es muy tranquilo. El otro directamente histérico y con trastorno disociativo, a más de algún episodio de delirio alucinatorio .

Problemas de los últimos días:
-Motos o bicicletas que se dejan en los pasillos y hacen que los demás se tropiecen.
-La puerta de entrada que queda abierta de noche, a pesar de los carteles de advertencia.
-Comentarios de robos en el barrio.
-Propuesta de carteles de mayor tamaño en la puerta y también en el ascensor y en cada piso.
-Una piba joven que escucha todo el tiempo un ruido extraño ("me va directo al cerebro", grafica) y pregunta si alguien más lo oye. Los otros no lo oyen pero aventuran que se puede deber a tal o cual cosa, causas que sistemáticamente la piba descarta.
-El ascensor tiembla (descripción de la misma piba que escucha ruidos extraños).
-El ascensor se queda detenido con alguien adentro.
-El termotanque central funciona para algunos y para otros no. Se la pasan preguntando quién tiene agua caliente.
-Una vieja cuenta con lujo de detalles como se levanta temprano con la robe de chambre (así la llama), para aprovechar el agua calentita y le avisa a su pareja que también se ponga la robe de chambre (repite) para bañarse después de ella, aclarando que no conviven pero que decidieron pasar juntos la cuarentena.
-El ascensor amanece misteriosamente cagado.
-La loca de los ruidos sale a defenderse porque a su perrito "bebé" no lo saca nunca. Acto seguido sube una noticia de un terrible asesinato en su pueblo de origen. Se regodea en proporcionar sanguinolentos detalles adicionales.
-Todos se interrogan por un auto rojo que estaciona en la cochera, pero no pertenece a nadie del edificio y culpan al dueño/dueña de ser quien deja abierto el portón del garage.
-Una avisa que le plantó una nota en el parabrisas. Todos aplauden.
-Se quejan del administrador, quieren cambiar al administrador, quieren lincharlo (propuestas que van in crescendo).
-Un pibe repite con cada propuesta: "totalmente de acuerdo"
-Carmen, la vieja de la robe de chambre, que es inquilina, pregunta acusatoriamente, en general "¿los propietarios qué tienen para decir, eh?"
-Me doy por aludido y tercio, entonces, didáctico, advirtiendo lo difícil que resulta, desde lo legal, la remoción de un administrador.
-El pibe me contesta al toque: "totalmente de acuerdo"
-Surgen propuestas de sublevarse y no pagar las expensas.
-El pibe está totalmente de acuerdo.
-La vieja de la robe de chambre graba con voz lastimera que a ella no pasaron a cobrarle y que no puede salir porque es grupo de riesgo y que no sabe qué hacer.
-La calman ("quédese tranquila, Carmencita") y le aconsejan que no pague nada.
-Dos o tres se lamentan que ya pagaron. Entre ellos el pibe que está totalmente de acuerdo.

Esto alternado con días de buena onda:
-Uno -el más metepúa contra el administrador y que cuando hay reunión de consorcio arruga- arranca a eso de las ocho, con un audio: "¡Buenos días, vecinos!"
-Otra -que le sigue la corriente en dar manija contra el administrador, y cuando hay reunión es la primera en chuparle las medias- contesta con GIF de perrito que sale de caja de regalo, dando los buenos días.
-La loca de los ruidos extraños ofrece budines caseros.
-El que arrancó con los buenos días, le encarga dos.
-Al rato elogia la calidad de los budines, que se acaba de comer con el mate.
-Todos aplauden y felicitan a la loca y alguno más encarga.
-La loca agradece y aclara que para los del edificio hace precio especial.
-La chupamedias del administrador sube una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa.
-Brotan varios corazoncitos de distintos miembros del grupo, "¡Ay, la amo!", exclama una. "Pidámosle que nos proteja", se suma otro. Son los mismos que días pasados, cuando circuló la noticia de la muerte de un chorro, decían: "tenía que acabar así", "se lo merecía", "uno menos".
Y se repite el ciclo...


domingo, 24 de mayo de 2020

CUARENTENA (VII): LOS FANTASMAS HUYEN


Ya no es un fantasma que recorre Europa, sino la Muerte quien da zancadas por el planeta. O digamos, si se quiere, que esa información nos llega.

Quien más, quien menos, ha pensado en la muerte en estos tiempos, supongo.
Y hasta la ha deseado con tal de terminar con una incertidumbre -que se prolonga y se prolonga- sobre cómo habrá de transcurrir la vida de aquí en adelante.
Al menos yo lo he hecho, confieso.
Y confesaré algo adicional, con la salvedad de pedir que se respete la confidencia. 
Habiendo tenido una temprana formación en el catolicismo, si bien he atravesado épocas de agnosticismo y ateísmo militante, en el fondo nunca dejé de creer del todo en el Dios de los cristianos y en la salvación de las almas y en la vida perdurable, amén.
Alguna de estas noches desveladas, bordeando la angustia, apareció el pensamiento consolador de pasar al otro lado y reencontrarme con seres muy queridos, y de poder charlar dispendiosamente con ellos sobre cuestiones del pasado que aún a esta altura del partido me siguen ocupando.
Claro que como el Bardo le hace decir a Hamlet, es inevitable preguntarse qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño eterno, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida.
La respuesta que me doy –la que da existencia tan larga al infortunio- es que quizá esos fantasmas del otro mundo, ya estén en otra cosa, sean puro espíritu, se hayan desentendido por completo de su pasado terrenal, no les interese, lo hayan olvidado. Que ni siquiera me reconozcan.
Es entonces cuando cualquier angustia desaparece y me propongo seguir con ellos, pero desde lo que tengo, desde lo que quedó en mí, desde mis archivos, desde lo mucho que los extraño, llenando huecos, inventando si es necesario –me es muy necesario fabular -, sin preocuparme demasiado de la fidelidad a los hechos y a los tiempos, reescribiendo, rehaciendo a mi gusto la historia, transformándola en algo distinto. Algo que cierre el pasado, abriendo ventanas al futuro, como para que no parezca tan negro.


martes, 19 de mayo de 2020

CUARENTENA (VI): RALLYE

Desde muy chica, le inculqué a mi hija menor que las monjas son el Diablo. Y que cuando uno se las cruza debe hacer cuernos con los dedos. Una patraña que terminé creyéndome. Aún hoy, al ver aparecer alguna, realizo el ritual de exorcismo. Esta mañana las calamidades empezaron desde mucho antes de divisarlas. No me explicaba cómo habiendo tanto auto por la calle, no apareciese ningún taxi para mi mujer. No me podía ir tranquilo hasta que no la viese subir al taxi que la llevaría al otro extremo de la ciudad, donde debía hacer ese tipo de trámites muy de ella, que siempre me explica pero nunca entiendo del todo. Es una tara paternalista mía -lo sé y no dejo de reprochármelo- lo de quedarme a su lado hasta último momento. Ha recorrido sola innumerables ciudades del mundo, sin la menor dificultad, pero estando juntos me siento responsable que llegue sana y salva a destino. Igual que cuando llevaba a mi hija menor a tomar el colectivo en Once, para volver a su casa en Campana, y no bien subía le mandaba mensaje a la madre consignando número de unidad, hora de partida y hasta aspecto del chófer.
Hay mucho tránsito decía, demasiada flexibilización inorgánica de la circulación vehicular, y encima corriendo a toda velocidad. "Como si se tratase de una carrera", comento en voz alta. "Es una carrera", replica un señor gordo parado en la esquina junto a otros transeúntes –demasiada flexibilización inorgánica de circulación de personas-, a quienes creía esperando el cruce del semáforo y resulta que ahora caigo en la cuenta que son espectadores del rallye La Plata-París, según reza en un volantito bilingüe mal impreso y peor redactado, con un francés de jardín de infantes, que me alcanza el señor gordo para que me entere. "Qué mal nos hace quedar este intendente frente a los franceses" –exclamo indignado mientras arrastro a mi mujer hacia un lugar más seguro, porque los coches de carrera vuelcan, dan espectaculares trompos en el aire, pasan rozando las cabezas de todos. Cruzamos una plaza, entre arbustos, por senderos estrechos. No me decido a cuál de las esquinas dirigirme, porque imagino que el circuito debe abarcar gran parte de la ciudad, y así es, debemos volver una y otra vez sobre nuestros pasos, a riesgo de cruzar una calle y que nos arrolle un bólido. Por fin, una diagonal –el diagonal, como dicen los platenses- parece liberada, pasan vehículos normales, a ritmo normal. Un grupo de señoras, respetando distancia prudencial, hace cola frente a un poste. Pregunto si se trata de la parada de un colectivo. De una combi, me informan. Y cuyo trayecto incluye el destino de mi mujer. "Bárbaro, zafamos", le digo mientras me ubico en la cola. Pero a ella justo se le da por ir al baño. A una oficina de la AFIP que se encuentra unos metros más adelante. Siempre es así, recuerdo una vez en el aeropuerto Charles de Gaulle –de nuevo París, qué coincidencia- le agarraron ganas a último momento, a minutos de abordar, y casi perdemos el avión, unos nervios me agarré. Para colmo de males, no bien se va, empieza a desordenarse la cola, circula un rumor que la combi cambió de parada, debido al rallye. El grupo se dispone a trasladarse, y yo no sé qué hacer. Decido seguir a las señoras, pero mirando constantemente hacia atrás, a ver si mi mujer sale de la AFIP. Trato de no perder el lugar porque además, en el revuelo, se suman personas que no estaban en la cola. Entre ellas dos monjas. Hago los cuernos, me toco el huevo izquierdo (práctica incorporada a posteriori de las instrucciones a mi hija menor) no bien las veo. Las monjas intentan sobrepasarme, me les interpongo. Una vieja que advierte la maniobra me reprende: "Deje pasar a las hermanitas". "¿Hermanitas de quién? –replico- ¿De la concha de su hermana?". Enseguida entiendo que me pasé de la raya, la repulsa de todas las señoras es unánime. Veo a mi mujer salir de la AFIP, mira para todos lados, le hago señas, le grito, no se percata. Igual creo que ya es tarde, que por mi exabrupto no van a dejar que suba a la combi.
Quizá las monjas no sean el Diablo, pero que traen mala suerte, seguro.