domingo, 21 de diciembre de 2025

VECINO


 Voy a intentar que el necesario prólogo para entender lo que me ocurrió anoche entre las 3 y las 5 de la madrugada calculo, sea lo más breve posible.

Debo remontarme al momento en que compramos la casa que actualmente habito. Más bien la que era entonces la casa que tiramos abajo para construir la que actualmente habito. Un caserón de hermosa fachada, pero laberíntico en su interior (con esta descripción se me ocurre algo relacionado con lo central del relato que voy a intentar) con nulas probabilidades de ser reciclado. 

Hace unos cinco años, entonces, cuando el caserón todavía estaba en pié y habíamos tomado posesión del mismo, una noche en que me demoraba en la vereda tratando de ubicar la llave del candado que aseguraba la destartalada reja del frente, una anciana de ralos pelos y en camisón, sale a mi encuentro desde la vivienda de al lado. Supongo que estaría al acecho y los faros de mi auto subido al sendero le dieron el alerta. Se presentó muy simpática (desde siempre desconfío de la amabilidad de los extraños, recordando lo que le pasó a Blanche DuBois) y enseguida largó la ponzoña. Me habló de no sé qué pacto con el ocupante anterior del caserón sobre la poda de la enredadera que ocupaba toda la pared lindera, y que la humedad, y que yo debía cortarla. Claro… entre el tiempo que estuvo en venta, las negociaciones para la compra, los plazos de escrituración, el caserón abandonado se convirtió poco menos que en una selva.

No obstante la comprensión que algo de razón le asistía, sabedor que a este tipo de basilisco hay que frenarlo de entrada, le contesté secamente que dentro de poco la casa entraría en obra y que a partir de ahí se comunicase con el constructor.

Lo hizo. Y no sólo ella, sino también el féretro que guarda los restos de quien en vida fuera su esposo. El problema del viejo era el ruido de los albañiles martillando a la hora de su siesta. Pretendía que parasen de 3 a 5, ponéle. Cuando el constructor me lo comunicó tuvo que detenerme para que no corriese a decirle al viejo choto que no había problema, que el tiempo de inactividad de los albañiles me lo pagase él, más un plus por la demora en la obra.

El constructor, que es un tipo conciliador y experimentado que prefiere no enemistarse con los vecinos, pactó que a esa hora se hicieran tareas menores, que no generaban ruido.

Desde ese momento, cuando hablábamos con el constructor de la marcha del trabajo, y teníamos que referirnos a un costado u otro, dado que izquierda y derecha depende desde dónde se mire (en el teatro siempre es la del espectador, pero no estábamos en el teatro), convinimos que el lindero de la izquierda visto desde el frente de la casa era el lado del vecino malo.

Tuve otro incidente con el vecino malo, pero de forma indirecta. También una noche mientras lidiaba de nuevo con el candado y hablaba por teléfono, las dos acciones juntas, noté que un chabón hacía tiempo en la vereda de al lado, la del viejo. No me alarmó porque lejos de parecer un ladrón tenía pinta de pelotudo. Lo era.

Cuando corté la comunicación se me acercó y se presentó como vecino de un poco más allá del viejo malo. Esperando la estocada que podía proceder de cualquier lado lo encaré con un tono de mierda preguntando qué quería. Me señaló una pila de escombros que estaba en la vereda (anchísima, o sea muy lejos de obstaculizar el paso) sin decir nada, como si se tratase de una obviedad. Me hice el desentendido hasta obligarlo a explicitar su queja. Pretendía que los retirase. Le contesté de malas maneras que no podía contratar un volquete por unos pocos ladrillos, que lo iba a hacer cuando hubiese el suficiente escombro para llenarlo. Se arrogó entonces una representación vecinal, mencionando específicamente al viejo de al lado. “El pobre señor”, lo caracterizó.

-Decíle (lo tuteé sin más) al pobre señor que venga él a decírmelo. Y vos indicáme exactamente cuál es tu casa. 

Creo que logré intimidarlo con la velada amenaza proferida en voz altisonante porque señaló vagamente hacia la izquierda y se retiró farfullando.

Para terminar este prólogo, que se hizo extenso, diré que días pasados miré al pasar a la casa de al lado y entreví por los postigos la silueta del espectro depositado en un sillón del living a la luz de una lámpara en pleno día. Me impresionó. Una escena de Hitchcock.

Ahora sí, voy a lo sucedido esta madrugada entre las 3 y las 5, calculo.

Por primera vez entré en la casa del vecino malo. La tenían en venta y no era mi intención comprarla pero sí chusmear su interior. Me guiaba un hijo del viejo. El primer indicio que algo extraño sucedía fue cuando percibí que lo que daba a la calle no era el living que yo veía de pasada, sino un tapial. El hijo me explicó que estábamos en el piso de arriba, pero yo no recordaba haber subido escalera alguna. Había sí muchas escaleras hacia cuartuchos. Innecesarias, dado que los habitáculos estaban prácticamente contiguos pero de manera independiente, sin una losa que los uniera, lo que hacía que cada uno tuviese su escalera. Como si fuesen departamentos individuales, pero de dimensiones mínimas, ni para un monoambiente daban, estaban más cercanos a los altillos que solían tener las terrazas antiguas. También había galpones por todas partes, algunos sin techar. Palomares, gallineros. Y lo que es más raro… localcitos comerciales que no daban a ninguna de las dos calles (debo aclarar que tanto la casa del vecino malo como la nuestra están construidas sobre dos parcelas que dan a calles paralelas). Los negocios lucían desocupados pero con indicios de haber tenido vida remotamente. Pregunté sobre ese aspecto al hijo, que respondió con una vaguedad que nada explicaba. Cuando bajamos, tampoco el frente se correspondía con el que yo conocía de afuera. Fue ahí donde empecé a marearme y también a angustiarme un poco. No sabía si estaba del lado de una calle o de la otra. 

La casa del vecino malo había logrado desorientarme.

Siendo pasado el mediodía todavía persiste esa sensación.

No sé desde qué lado escribo esto.

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