8 y 1/2 de Fellini comienza con un brutal atascamiento de tránsito. También Un día de furia. Hace poco ví una serie española de tono bastante menor, de comedia, en la cual toda la acción estaba situada en ese contexto. Cortázar escribió un cuento antológico con el tema. En El asesino sin sueldo, de Ionesco, una larga escena transcurre durante un embotellamiento.
No manejo desde hace aproximadamente medio año, un tiempo demasiado corto para olvidar la sensación de trampa, de asfixia, que se siente ante esos percances.
Anoche lo volví a experimentar.
Curiosamente éramos pocos vehículos. Dos camiones y un auto, aparte del mío.
El problema era el camino de tierra en cuyo centro se abría un enorme, profundo, pozo rectangular. La tumba de Polifemo.
Allí abajo circulaba uno de los camiones. Me preguntaba cómo podía haber entrado y cómo podría salir con esos imponentes muros de contención.
Más allá de la fosa, a mi derecha, por un estrecho desfiladero, veía transitar al otro auto. Muy cauto, muy despacio, el andar del vehículo trasuntaba el temor del conductor de caer en el abismo.
Ambos iban en mi misma dirección.
El sector de la derecha por el que yo circulaba era bastante más ancho, pero tenía el inconveniente de haberme encontrado en mitad de la fosa con un camión de intimidante porte que venía en sentido contrario al mío.
Estábamos detenidos frente a frente. Quedaba claro que uno de los dos debía dar marcha atrás y que se imponía la ley del más fuerte, por lo cual me tocaba retroceder a mí.
Más allá de la diferencia de amplitud del camino, me embargaba el mismo temor del automovilista de mi derecha. Un paso en falso y sería el fin.
Si el suceso de anoche hubiese sido un sueño, lo leería como que me encuentro ante una triple disyuntiva: seguir la vía peligrosa, caer, o apartarme con mucha precaución y esperar que el paso quede liberado.
No soy Marcelo, no puedo volar.

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