A eso de las cinco de la madrugada llegué a la esquina del antiguo almacén y todavía no habían abierto. Pero tampoco estaba cerrado. Con cortina metálica baja, digo. Había una lona atada con cuerdas que cubría la entrada. Dejaba siin embargo algunos productos al alcance de la mano de cualquier ladronzuelo ocasional que pasara. Me llamó la atención ese detalle. Decidí esperar sentado en el escalón de mármol y de paso cuidar la mercadería. No tenía claro si había ido a comprar algo o de visita. Hasta que apareció Tito. Ahí entendí que era a él a quien quería ver después de la mitad de mi vida. Treinta y cuatro años ni más ni menos. Estaba igualito, el tiempo no le había hecho la menor mella. Con esos ojos clarísimos, la nariz aguileña, el rostro anguloso y armónico. Un hombre de semblante noble, luminoso como pocos. Nos trenzamos en un largo abrazo. Recordamos anécdotas divertidas como cuando iba al banco y pasaba por el kiosco y me pedía un cigarrillo para fumar a escondidas. O cuando yo lo jodía que había una clienta de la carnicería que andaba atrás de él y lo animaba para que arremetiese y el me decía que no, Miguel, soy un hombre grande con hijos y nietos, no puedo hacer eso. Me invitó a pasar a la casa y mientras buscaba algún licorcito para brindar por el reencuentro me di cuenta de lo mucho, de lo tanto que nos habíamos querido.

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