jueves, 5 de febrero de 2026

ULTIMAS VACACIONES CON MI VIEJO

Me reprocho no haber acordado con papá cuestiones tan elementales como el horario de desayuno del hotel. Sin embargo, cuando llegué, él estaba ahí. En el salón comedor situado enfrente de donde nos alojábamos. Fugazmente lo ví, detrás de una mampara de vidrio, sentadito él, encorvado como en sus últimos años. Me pregunté si se sentiría a gusto, si habría trabado conversación con otros comensales. Eran las únicas vacaciones que pasábamos juntos, no recuerdo otras. Y yo quería que disfrutase, su vida fue dura. Hace unos pocos días se cumplieron 110 años de su nacimiento, es mucho tiempo para soportar constantemente la carga de la angustia. El tema es que cuando atravieso la mampara ya no lo veo. No era que su lugar estuviese vacío, ni otro lo hubiese ocupado, no. No estaba él y no estaba el lugar, era como si yo (o él) hubiese atravesado el portal hacia un sitio diferente. Sin embargo el mar se veía con ese resplandor solar que tanto me lastima la vista, los sentidos, que me hace desear teletransportarme en un segundo a un bosque umbrío, solitario, silencioso. Porque además en el comedor había demasiada gente bulliciosa que iba y venía y ése probablemente fuese el motivo de mi desorientación. O quizá atribuible a haberme levantado sin terminar de despertarme, pensé, cuando advertí que había llegado hasta ahí en calzoncillos. Ni siquiera uno o una en malla, era un lugar elegante y yo en calzoncillos. Si al menos apareciera un tipo en sunga, ponéle, pero no. Fauna que se viste para el desayuno cuando desayuna, para el almuerzo cuando almuerza y para la cena cuando cena. La playa es otra cosa, aunque hasta es posible que las señoras usasen pareo. Un pareo olvidado en una silla fue mi solución. Me cubrí y agarré también, apurado, una porción de torta de una bandeja, calculando que si volvía a cambiarme ya me pasaría del horario del desayuno. La torta se veía maciza, importante, pero al comerla era de una suavidad que contrastaba con la aspereza de las tostadas con las que suelo acompañar mi café de las mañanas. Me pregunté por qué algo tan liviano contiene más calorías que lo otro, tan sólido. Esos pensamientos repentinos, que se repiten en mí (y me preocupan) esas permanentes digresiones, me apartan del objetivo principal, que en ese momento era saber dónde se había metido papá y si estaría disfrutando sus merecidas vacaciones.

Juzgué necesario volver al hotel. De última, si lo encontraba a papá, buscábamos un bar tranquilo para tomar un café que me ayudase a bajar esa torta tan liviana, tan pesada como la vida de él. Como la mía.


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