jueves, 1 de enero de 2026

SOBRE LA ACTUACIÓN (II)

Anoche me tocó filmar. No tenía la menor idea del argumento de la película, ni del carácter del personaje, ni de nada. El director sólo me indicó que venía de un cementerio, que pasaba por la vereda de un bar y miraba casualmente para adentro. Y que veía fantasmas.

Imaginé que podía tratarse de un guión del género de terror, donde los sucesos paranormales iban in crescendo. O un thriller psicológico, en el que se agravaba el delirio del personaje.

Fuera una cosa o la otra elegí reaccionar antes que accionar. O sea, decidí crear los fantasmas en vez de escarbar en mi historia sucesos que me hubiesen desconcertado, como podría haber hecho cualquier actor del Método.

Fantasmas, bien... ¿qué tipo de fantasmas?, me pregunté. Decidí que los comensales charlaban tranquilamente en sus mesas cuando de pronto sus figuras comenzaban a desdibujarse y a elevarse en el aire. Los seguí con la mirada.

Me causó un extrañamiento, una duda de mis sentidos. Yo siempre tan racional, enfrentado a un hecho sin explicación. Y encima lo que me había pasado antes en el cementerio... 

¿Qué me había pasado? ¿Qué había ido a hacer ahí la noche de fin de año? ¿Visitar las tumbas de mis padres, cuando hace décadas que no las visito? ¿Justo esa noche?

Todo esto junto me sumió en una perplejidad tal que me llevó a alejarme de esa vidriera, huir,  dirigirme hacia la cámara, pasar de largo concluyendo de hecho mi participación en la escena. Aunque seguí mi ritmo hasta doblar la esquina porque uno nunca sabe si no lo están tomando. 

Esperé un tiempo prudencial oír el "¡corten!" del director. No se produjo. Me asomé tímidamente a espiar como Chaplin en "El pibe".

El director, la cámara, el equipo de filmación completo había desaparecido.

Como si fuesen fantasmas.



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