jueves, 13 de enero de 2022

CUARENTENA (XVI): ALMUERZO BENÉFICO

El ámbito del homenaje era el Club Social del pueblo. Habíamos demorado la partida para concurrir. Fue mi mujer la que se entusiasmó con la idea. Argumentó que se tomaría como un desaire no hacerlo y que por otra parte, yo me lo merecía.

Un fiasco. Lo que entendí sería un reconocimiento a mi persona, estaba inscripto en el marco de una colecta de fondos para un fin solidario. Esos típicos almuerzos de beneficencia, que hacen sentir bueno al común de los cristianos.

Me senté separado de mi mujer, porque ella acababa de salir del COVID y corría riesgo que yo –con los primeros indudables síntomas- la re infectase (había leído, entre tantas cosas que se leen, que aquella cepa era susceptible de reinfección). 

Incluso más, nos habíamos ubicado en distintas alas del salón, si bien podía observarla. Ella también a mí, claro, pero lo que hacía era sociedad, siempre fue muy sociable.

Yo, en cambio, me aburría entre viejas emperifolladas, que lejos de convertirme en centro de su atención chismorreaban sobre gente desconocida y vulgar.

Una única comensal aportó un apunte curioso. Fue dicho al pasar y se refería a su propio esposo. Lo había encontrado hacía años en situación comprometida con otro hombre. Sin duda el mismo señor con el cual yo la observé charlar animadamente un rato antes, junto a su marido.

La anécdota ofrecía  desprendimientos varios. 

La señora la contaba como si nada, tal si no hubiese significado, ni antes ni ahora,  un escándalo  en aquella comunidad.  Era escuchada a modo de algo muy sabido e intrascendente. Una circunstancia menor destinada, más que nada, a enterarme a mí del  contexto de la conversación, a proporcionarme un dato sin el cual yo no podría seguir su hilo. 

El suceso no parecía haber tenido consecuencias conyugales. Ni separación, ni asesinato, ni siquiera revoleo de platos.

Por otra parte los tres -la señora, su marido y el "amigo"-, como ya subrayé, seguían manteniendo cordialmente sus respectivos roles. 

Evolucionados, los pueblerinos. O al menos, no tan hipócritas como en otros lares, donde hechos como ése suceden a diario y son rigurosamente silenciados.

No obstante, más allá de ese detalle, mi fastidio iba en aumento y aproveché el retiro de platos previo al postre, para excusarme y levantarme de la mesa.

Mi mujer, a lo lejos, seguía de lo más entretenida. De cualquier manera, no podía acercarme, ya lo dije.

Me dediqué a recorrer las dependencias. Cuando más me internaba en el edificio, más me percataba de su antigüedad. Sus pasajes, galerías, recovecos e incluso algo del mobiliario arrumbado, parecía sugerir la sede de un antiguo convento. Montado en medio de un pasillo, sin ninguna protección de intimidad, me topé con un suntuoso dormitorio de estilo. Se me cruzó fugazmente la imagen de un monje que atendía profusos visitantes nocturnos.

Desde un corredor que daba a un patio interno, entreví una habitación con puerta doble abierta de par en par, donde una anciana le cosía la media a otra.

Me empezó a invadir una sensación de ahogo sórdido, si cabe el término.

Busqué la salida. Me situé pegado a la entrada, apoyado en una columna. En otros tiempos, cuando fumaba, podía haber justificado el estar allí. Pero no era necesario, nadie reparaba en mi persona.

Sí salió a fumar una señora muy alta, elegante, todavía de buen ver. 

Bromeaba con alguien de adentro sobre su altura. Se paró junto a mí, me miró fijamente –tenía un color de ojos celeste aguado- y me espetó sin preámbulo alguno:

-¿Y para usted cuánto mido?

-Trescientos cincuenta y siete metros- contesté, sin vacilar.

Apreció la respuesta con una leve sonrisa, apartó la vista y aspiró profundo el cigarrillo.

Miré hacia el interior del club. Ya empezaban a servir los postres.

Maldije a mis compañeras de mesa, deseé que todas amanecieran tosiendo al día siguiente.

Dudé en volver.

Pensé en quedarme con la mujer espigada que fumaba, inventarle algún tema, tentarme en pedirle un cigarrillo, inhalar una bocanada profunda, esperar ahí el fin de mi vida.

martes, 24 de agosto de 2021

NO VIDENTE

Todo lo que tiene cola baila, me dijo una vez un ciego amigo.
Bailan los cometas en el cielo y los espermatozoides su danza nupcial.
Y el perro y su cola, desde ya.
Mas no las multitudes que aguardan en la cola para ingresar al infierno.
Era un ciego sabio, como manda la tradición que sean todos los ciegos.
¿Será que no ver es ver de verdad?
En la alta madrugada me despierto, recuerdo al ciego, me hago esta pregunta y me vuelvo a dormir.

De mañana leeré lo que escribió el otro, remataría Borges si escribiese mal. 




domingo, 1 de agosto de 2021

CARTA A VIDENTE

Estimada Madame Zarah, aquí le envío el saldo de sus honorarios profesionales, conjuntamente con mi entera satisfacción y agradecimiento. He comprobado que, tal cual usted lo adelantó, cada una de sus visiones se ha corroborado y ampliado de forma contundente. Recordará sin duda la profunda impresión que me causó cuando me mencionó que en su cristal se reflejaba una Correrías de Patoruzito. Pues bien... tengo ahora la certeza que el lugar en que funcionaba el depósito era nada menos que una antigua distribuidora de diarios y revistas, de ahí que estuviésemos apiladas en estanterías muy poco adecuadas para nuestro almacenaje. No llego a entender, por más que me devane los sesos, a qué ente se le puede haber ocurrido elegir semejante emplazamiento. ¿Podrá ser por una cuestión de economía? ¿O existirá algo semejante a una saturación que obligue a tal grado de descuido? Sea como sea, una cosa trae la otra.... En primer lugar, el haber permanecido en depósito allí, vaya a saber por qué lapso inconmensurable, tiene que haber influido necesariamente en mi afición historietística. ¿Cuántas, no sólo Correrías, sino también Andanzas, Locuras y otras habrán pasado por esos estant...? Aunque si lo pienso bien, no... Al menos no Correrías, que es del mismo año que mi nacimiento y tampoco Locuras que salió a los kioscos a mis once. Pero sí infinidad de historietas de todo tipo, no tenemos por qué ser tan literales, ¿verdad? Esos estantes pregnados de aventuras, infiltraron a su vez mi espíritu, al igual que los vinos almacenados en barricas toman el aroma y el sabor de la madera, determinando desde antes de mi llegada al mundo el coleccionista que hoy soy. No escapará a su experiencia que me estoy refiriendo a su aseveración sobre la permeabilidad de la materia ectoplasmática –que resulta de una exactitud aterradora-, y quizá le despierte curiosidad saber cómo arribé a estas conclusiones. Exacto. Fue a través de la vivencia onírica, como usted lo predijo. Esta mañana, no bien desperté pude reconstruir vívidamente el sueño que tuve en el ámbito que le describo. Pero la más importante revelación vinculada a la esponjosidad del espíritu por usted mencionada, se asocia a la sensación de ahogo, asfixia, aplastamiento, que perduró en mi cuerpo hasta bastante más allá del desayuno, y que aún de a ratos, ya caída la tarde, me perturba. Le cuento... yo estaba apilado junto a otras almas, en esos cubículos estrechos, a la inacabable espera de la reencarnación y justo el alma que me había tocado encima era de gran tamaño y peso, más apropiada para estar ubicada abajo y no arriba mío, lo que habla una vez más de la desaprensión con que se nos trataba. Era la presión de los tumultos, del arrollamiento, del alud, de las avalanchas, donde sentimos que las humanidades circundantes van a provocar el estallido de la nuestra, exactamente eso experimentaba. Sólo que en el caso, cuando el porfiado ente acomodador de almas intentaba cerrilmente encajar una más en el ya desbordado anaquel, vencida mi última barrera de resistencia, sucedió una fusión: el ectoplasma vecino me invadió. A lo mejor a usted, como vidente, le ha pasado eso que sucede en las películas o las series que una persona con poderes extrasensoriales toca a otra y de inmediato le asimila toda la historia... bueno, así me pasó a mí en ese momento. Al toque le saqué la ficha al alma invasora, una porquería de alma, vea. Como si le dijese esa gente que más vale perderla que encontrarla, para no caer en groserías... así. La cuestión es, Madame Zarah, que más allá de pagarle lo que le debía y que bien ganado se lo tiene, guía el interés de estas líneas un desasosiego que me acompañó todo el día y que se halla relacionado a la sospecha que ese espíritu ajeno todavía sigue operando en mí. ¿Podrá ser eso posible? ¿Radicaría ahí la explicación de mis oscilaciones entre la comprensión al prójimo y el odio salvaje a mi vecino, entre el amor a los animales y el deseo de despellejar a mi gata, entre la conmiseración por los desgraciados de la tierra y mi desdén por sus inmundas costumbres, la comida que comen, las ropas que visten, la música que escuchan...? ¿Ve? A medida que escribo me invaden los sentimientos que describo... los negativos, sobre todo. Por eso quería preguntarle dos cosas... La primera si es posible, de verificarse que la otra alma aun esté adentro mío, realizar una extirpación de la misma, tipo una cirugía energética o algo por el estilo, y además si usted lo realiza. La otra pregunta es si, antes de someterme a la operación, ¿es posible determinar cuál de las dos almas soy yo? Ah... y cuál sería su tarifa...


jueves, 29 de julio de 2021

ANUNCIACIÓN

El primer suceso acaeció esta madrugada, cuando mi hijo tenía cinco años.

Él y yo sabíamos de la visita del Mesías. 

No una visita genérica, a la humanidad. Nos venía a visitar exclusivamente a nosotros dos, a nadie más.

Obviamente debíamos mantenerlo en secreto, hasta de mi mujer.

La anunciación la había dado, como corresponde, un ángel que adoptaba distintas formas.

Cuando vino esta última vez, acompañando al Mesías, se había convertido en nuestro perro.

Y el Mesías tenía la apariencia de mi hijo.

Alegaron que era para que mi mujer no sospechase nada, en el caso que los viese.

Mi perro salió a saludarlos y mi hijo estaba junto a mí, de modo que se duplicaban, por lo que me pregunté si era buena idea el camuflaje. Pronto veremos que no.

Empecé a charlar con el Mesías. La única diferencia con mi hijo eran unos ojos increíblemente celestes, tan celestes que herían.

Algo de la charla me hizo dudar –como a Hamlet- si no se trataba de un engañoso espíritu infernal.

Veladamente indagué, pero el Mesías-hijo cortó de cuajo cualquier suspicacia levantando el pulgar en señal de OK.

En ese momento algo me llevó a mirar a mi hijo verdadero, que también parecía desconfiar, y cuando volví la mirada a su doble, me estaba haciendo cuernitos.

Ahí entré ya en el territorio de la franca sospecha, que terminó de confirmarse con la irrupción de mi mujer que había bajado al baño (nuestro dormitorio se ubica en planta alta).

Somnolienta, hizo un primer registro del grupo y pareció que iba a seguir de largo. Pero enseguida advirtió que el fenómeno de duplicación no era producto de la duermevela, y pegó un grito ahogado.

El ángel-perro se transformó al instante en una alargada figura vagamente humana, toda de negro hasta los pies vestida, como el rey Felipe II, según Machado.

Pero lejos estaba éste de guardar la dignidad de un monarca, ya que rápidamente tomó a mi mujer por detrás, tapándole la boca.

En un último intento por sostener la apariencia beatífica, el Mesías-hijo me susurró: 

-Es necesario acallarla, entenderá. Habíamos quedado en que nadie más habría de saber de nuestra presencia.

El fulgor de sus ojos parecía ser un rayo que me atravesaba.

Decidí que ya no era momento para diletantismos acerca de naturalezas angelicales o demoníacas y pasé a la acción.

Acogoté al Mesías e intimé al ángel negro a que soltara a mi mujer, de lo contrario estrangulaba ahí mismo a su secuaz.

La amenaza surtió efecto.

Le ordené a mi hijo que abriese la puerta de calle. Tuve que repetir la orden, pobrecito, estaba como paralizado, tanto que había esperado al Mesías y mirá...

Por fin arrojé a mi falso hijo a la calle y tras él corrió la sombra negra.

Les grité:

-¡No vuelvan por acá, farsantes!

Mi perro, solidario, les ladró.

Cerré la puerta. 

Debía enfrentarme ahora a las preguntas de mi mujer.

lunes, 28 de junio de 2021

PASAMANOS

No sé, no soy yo quien va a corregir su examen, evaluarlo, ponerle nota, lo que sea que haya que hacer. Tampoco conozco a la persona que va a hacerlo, no tengo la menor influencia sobre ella. De modo que no trate de agradarme, no se esfuerce, soy un mero intermediario, una mano que toma de un lado y pasa al otro. Es más, ni siquiera sé si la paso al destino último, quizá haya varias manos más antes de llegar allí. Quizá el destino definitivo sea un basurero. Por un error del sistema, su examen se saltea una mano y cae al abismo, quizá todo esté programado para que sólo unos pocos lleguen al final, y se tome la decisión por influencias, por azar, por capricho. Cualquier cosa, menos por mérito.  Así que escriba zeta  o eme, que a mí no me importa en absoluto. Creo que tampoco a usted debería importarle. Quizá, en vez de devanarse los sesos, sea preferible que escriba frases inconexas, o graciosas. Quizá a alguien le cause gracia lo que escribe y decida elegirla por eso, ¿quién le dice? Cuanto antes ponga el punto final, antes nos iremos a casa, usted y yo. Cada uno por su lado, desde ya. Cada uno a su casa, ¿eh? No vaya a creer que eso fue una alusión velada de mi parte. Así como no me causa el menor interés su examen, tampoco me provoca nada usted como persona. Sería lo mismo que estuviese sentado ahí un perro o una hormiga o un elefante. Aunque pensándolo bien, un elefante rompería la silla y a una hormiga no la vería. A usted la veo. La veo, pero no la miro, se lo dejo en claro. La veo si mi mirada vaga por la habitación, y como en la habitación se halla incluida usted, entonces no puedo dejar de verla. En cambio, si mi mirada se detiene en ese punto de la pared que parece haber sido dejado por un clavo, ¿lo ve?... Sí, creo que ha sido un clavo que otrora sostenía un cuadro, porque la pintura se nota distinta si uno se fija atentamente, un rectángulo más pálido, que bien puede corresponderse al lugar de un cuadro. Unas flores, una naturaleza muerta, un paisaje, una marina. No sé si sabe que se denomina marina el tipo de lienzo relacionado con el mar, ya sea acuarela, acrílico, óleo o técnica mixta. Algo sé de plástica, sí. He leído. Por curiosidad, ¿eh? Por puro gusto. No sirve de nada. Al igual que no sirve de nada su examen y no servía de nada el cuadro colgado en esa pared, al punto que cuando lo retiraron nadie se ocupó en reemplazarlo, nadie lamentó su ausencia. Hasta es posible que se halle guardado en uno de estos armarios. Un día se venció el clavo que lo sostenía, se cayó al piso, se quebró el vidrio aunque no se llegó a romper del todo,  y alguien lo recogió con la idea de cambiarlo en otra oportunidad, lo dejó en un armario y se olvidó para siempre de él. O cada tanto lo recuerda y se dice: "tendría que hacer algo con ese cuadro...". Pero no hace nada. Suponga que yo me ausente un momento de este cuarto por alguna razón equis, un llamado de la naturaleza, póngale. Y una vez cumplido el requerimiento, me olvide que usted está aquí y cierre el edificio. Y que justo empiece el receso invernal y yo no retome mi actividad hasta dentro de quince días. Puede que en algún instante, una ráfaga, yo recuerde que la dejé aquí y me diga: "tendría que ir a abrirle para que se vaya...". Pero hace demasiado frío y rápidamente desecho la idea, prefiero olvidarla de nuevo y quedarme dormitando junto al calefactor, en pantuflas, con mi bata más gruesa y con el arrullo del televisor encendido. Afuera nieva, ¿quién podría reprocharme no salir a la intemperie, con semejante tiempo? Al volver, seguramente usted estaría muerta. De frío, de hambre, de sed. No hubiese podido escapar de forma alguna, porque este edificio se sella a cal y canto una vez cerrado. Bueno, no es exactamente que quede tapiado, es una forma de decir. Se torna hermético. También podría escribir algo hermético, se me ocurre ahora. De modo que nadie lo entienda. Menos aún quien lo evalué, pero por miedo de quedar como un idiota, en inferioridad de condiciones frente a usted, lo da por bueno, se lo aprueba. Nunca se sabe... Báh, escriba lo que quiera, total a mí qué me importa...

La dejo un momento, la naturaleza me llama...




lunes, 14 de junio de 2021

OPORTUNIDAD PERDIDA

En el kiosco de revistas lucían lujosas ediciones en italiano, a color y con tapa dura, de Correrías y Capicúa con historietas que yo jamás había visto. 

Cometí dos errores:

El primero preguntar: "Posso prendere una foto?". Lo correcto hubiese sido: "Posso fare" (de todos modos, el quiosquero -muy simpático- accedió de inmediato).

El segundo error, como me reprochó mi mujer, fué no comprar esos ejemplares.

Es tarde para enmendarlos. No puedo volver a Italia ni tampoco al sueño.


jueves, 27 de mayo de 2021

PÁGINAS NEGRAS

A lo largo de mi vida he leído, ojeado, miles de revistas. Ninguna como ésta. O al menos, como las páginas en negro pleno que voy a tratar de describir. Se trataba de una publicación picaresca. No Rico Tipo, pero del estilo, formato tabloide. Sabía muy bien el nombre y se me olvidó por completo. Lo curioso es que me acuerde del número exacto, el 112. También es extraño que esas dos páginas centrales fuesen de Mazzeo, el de Historias Tangueras, porque trabajaba para Torino, y no me viene a la cabeza ningún título editado por Torino -siendo que sacaba a los kioscos lo que te pudieses imaginar- relacionado a la picaresca. Tampoco tengo dudas de la autoría de Mazzeo porque aparte de que su trazo me resulta inconfundible, en una de las ilustraciones aparecía Caburito, su personaje más famoso. El lector atento habrá advertido la contradicción entre mencionar negro absoluto y la posibilidad de distinguir dibujos (además de Caburito,  una caricatura del gordo Troilo). Y la letra de un tango debo agregar. Todo muy propio de Mazzeo. El prodigio consistía en que depende la manera en que ubicases la revista respecto a la luz, se iluminaban sectores de la página. No las dos páginas, no siquiera una entera, sólo sectores y no siempre diferenciados. Una parte del poema, otra de la ilustración, nunca se podían ver completas. No se trataba de un vulgar truco de ilusión óptica donde sobre un mismo plano ves una cosa o ves la otra, no. Algo tan extraño como la vida, que cuando crees echar luz sobre un segmento de tu historia, se te oscurece lo otro. Algo parecido a un tango. 

miércoles, 26 de mayo de 2021

CUARENTENA (XV): SIEMPRE HAY UN CHARLATÁN DE FERIA

Tengo que confesar un feo hábito. Gasto a los vendedores telefónicos.

Son laburantes, no se lo merecen, ya sé. Pero también es cierto que te rompen la paciencia, que llaman en los momentos más insólitos, que están entrenados para resistir las negativas más amables. Gastarlos es preferible a lo que hacía antes, que era mandarlos a los gritos a lugares un tanto ofensivos.

Mi forma de burlarme varía con lo que me inspira cada interlocutor. La presentación de los vendedores es calcada, te saludan, se identifican con nombre y empresa y te preguntan con quién tienen el gusto de hablar. Yo puedo, por ejemplo, hacer un largo silencio que desconcierta al otro, hasta que emito un aullido espeluznante. Esa la uso con los tipos, porque las mujeres son más impresionables y temo provocarles un infarto. Ahora, de rotura de tímpanos no me hago cargo. Son gajes del oficio y deberían estar cubiertas por aseguradores de riesgo de trabajo.

En otras ocasiones, contesto amablemente, dejo que se explayen, hasta que quieren averiguar mi compañía de telefonía celular (en el 90 % de los casos, se trata de eso). Entonces yo replico interrogando sobre la marca de ropa interior que usan. Obvio que no entienden nada. Ahí es cuando paso a explayarme yo... considero que si me hacen una pregunta de índole personal, como la compañía de teléfono por la que he optado, tengo el derecho a que me correspondan con otra confidencia.

Ha pasado también que niego ser el titular de la línea, pero que enseguida lo llamo y los dejo esperando hasta que se cansan y cuelgan.

Cuando el celu te identifica el lugar de la llamada -Córdoba, pongamos por caso- les pido me comenten cómo está el tiempo allá, cómo los trata la pandemia, si los gorilas también se contagian.

Mi otro truco es el de las voces. Puedo citar la del correntino que no entiende bien lo que le dicen, o la del payaso que habla en verso. Esta última la uso con los de Movistar:

-¿Con quién tengo el gusto de hablar?

-Con el payaso Movistar, que si no cortás, te manda a cagar.

Recuerdo una operadora que se descostilló de la risa, y la seguimos un rato más. Buena onda la mina.

Ahora, el de esta mañana, rompió todos los esquemas.

Por empezar, la charla fué presencial. Lo hice subir al altillo y lo dejé que expusiese su propuesta. Se trataba del conocido esquema de venta piramidal de productos. Yo debía comprar un stock importante para comenzar, y al tiempo que vendía, reclutar a otros vendedores. A medida que éstos crecían en número, mis compras se abarataban pasando yo a proveerlos directamente, o sea me convertía en mayorista. Me mostré muy interesado y hasta entusiasmado por el negocio, lo que provocaba que el tipo se embalara más y más. Hasta que llegó el pero... Le revelé que yo estaba en proceso de fallecimiento, por lo que no podría hacerme cargo de la tarea por el momento. Una vez muerto, sí, porque iba a tener la libertad de movilizarme por donde quisiera, sin que me pidiesen permiso de circulación. Lo despedí en la escalera del altillo, haciéndole prometer que me contactaría no bien viese mi nombre en las necrológicas. Llamé a mi mujer para que le abriese la puerta de calle. Desde arriba, oí que el caradura intentó encajarle los productos a ella, mintiéndole que ya había arreglado conmigo y que eran doce mil pesos. Bajé justo cuando mi mujer, que siempre está dispuesta a pagar, le estaba entregando el dinero.

Arrebaté el fajo de las manos del tipo, y le espeté:

-Se lo dije bien clarito. Una vez que me muera, no ahora.



sábado, 17 de abril de 2021

SALIR A CAMINAR NO SIEMPRE ES SALUDABLE

Una tarde de otoño o primavera. 

Si lo pienso bien, me inclino por la primavera. No había hojas caídas. Quizá me confunde la luz crepuscular. De eso no tengo dudas, era la hora  del crepúsculo.

Podría ser en Campana, pero como a menudo ocurre cada lugar es muchos, se transforma, se amalgama con otros de la existencia.

Entonces, retomando o mejor dicho arrancando... caminaba en la tarde  crepuscular, posiblemente de primavera, por una calle semidesierta de Campana -o cualquier  ciudad-.

No acostumbro adjetivar pero permítaseme hacerlo con la caminata. Era apacible.

Una muchacha se cruzó en mi camino.

A todas luces, ella  había salido a caminar en el sentido que me lo prescribe mi médica. O sea, como único objetivo, sin ninguna carga, con la ropa adecuada.

Bueno... adecuada no, ya veremos.

La muchacha, que era bonita, me dedicó una profunda  (estoy adjetivando demasiado) mirada al cruzarnos.

Hace tiempo ya, por aggiornamiento a la corrección política en boga pero primordialmente por edad, que no me doy vuelta al paso de una mujer. Tal mirada lo ameritaba.

Ella también había hecho lo propio.

Es más... detuvo la marcha y se recostó en un árbol, siempre con la vista fija en mí.

Había en su actitud algo de la provocación de las ninfómanas fellinianas. Sin embargo, el rostro fresco  y la vestimenta de la muchacha, no se condecían con la oferta de una transacción comercial.

Por ese atávico mandato del macho, aunque herbívoro en el caso, como decía el General, volví sobre mis pasos hacia ella.

A medio camino, me espetó:

-¿No tenés elásticos?

Advirtiendo mi desconcierto por la pregunta, estiró la cintura del jogging, al tiempo que me explicó:

- Se me aflojaron todos.

Lamenté no estar munido de elásticos de ropa, y se lo dije.

Ella retomó la marcha mientras me contaba que había salido a caminar, cosa que era evidente, pero que constituía una invitación a continuar la charla.

La seguí mientras profería la obviedad que era una tarde ideal para hacerlo.

Me perturbó observar que el jogging, en efecto, se le deslizaba un tanto, dejando al descubierto la cintura.

Se hizo una pausa, y como un adolescente tímido no se me ocurrió otra cosa que preguntarle el nombre.

- Robisa –contestó.

No era que no la hubiese entendido, era lo infrecuente del nombre lo que me llevó a repetirlo.

- Ro-bi-sa –deletreó.

No alcancé a comentar nada. Ella se detuvo junto a un auto estacionado, que manejaba un muchacho de su edad.

- Bueno... me voy con mi novio, Dao.

Subió al coche.

Yo debía seguir mi camino, para disimular la frustración, pero advertí que la calle terminaba en una barranca.

Robisa es anagrama de briosa y de robáis. 

También de sobria.

Si me pusiese en poeta lírico escribiría, por ejemplo: "¿Briosa Robisa, por qué cruelmente me robáis el corazón?"

Más prosaico diré que ni en pedo una mina así me daría bola.


domingo, 7 de marzo de 2021

CUARENTENA (XIV): DIFICULTAD

Caminábamos con mi mujer por una calle de la ciudad de Essen, en Alemania, rumbo a registrarnos en un hotel.

Recuerdo sombrillas demasiado bajas en las terrazas de los restaurantes, que nos obligaban a agacharnos para pasar. 

Yo iba narrando el posteo de un contacto en Facebook. Llegados ya al hotel mi relato coincidía con el punto en que debía referir una grosería. Lamenté tener que bajar la voz, aunque curiosamente, en el original también se profería en voz baja. 

No estaba claro el sitio de la recepción. 

Podían ser dos. 

En un mostrador, tres empleadas aparentaban estar discutiendo. Quizá sólo hablaban fuerte, como suelen hacer los alemanes, al igual que italianos y argentinos.

En otro mostrador, una señora rubia, de rostro redondo, afable, muy alemán, se ocupaba en unas planillas. Decidí abordarla, con el pobre inglés que chapurreo. 

Para mi asombro, la señora dominaba un perfecto castellano. Hasta con acento argentino, se diría, tirando al cordobés.

Nos atendió con amabilidad. No bien comenzó a rellenar nuestra ficha (a mano), se equivocó en el año, consignó 2012. Se lo hice notar, al tiempo que comenté que resultaba extendida la dificultad en retenerlo. Y aventuré que podía ser por el temor que se repitiese el año anterior.

La recepcionista pareció reír con mi comentario. Una risa alemana convulsiva y ahogada que bien podía confundirse con el llanto. Era llanto.

Me explicó que ella lo había pasado muy mal durante el 2020, enumerando sus patologías de riesgo. Que no eran muy diferentes a las mías, pensé. No obstante, asentí varias veces durante su lamento, por cortesía.

Una mucama negra que escuchaba el diálogo, finalizado éste, hizo referencia a lo atinado de mi señalamiento.

Lo interpreté de inmediato como un reproche irónico por la reacción que había provocado en la recepcionista, pero me equivoqué.

- A todos nos cuesta escribir dos mil veintiuno- remató la mucama, entre extrañada y admirada.



viernes, 22 de enero de 2021

GUSTOS QUE UNO SE DA

Bailaba el tango con una señora de buen ver, a la que no veo desde hace muchos años. Y creo que bailé tango una sola vez en mi vida. Si eso ocurrió fue en el salón La Argentina, unas cuatro décadas atrás. De todas maneras, siempre fui un tronco bailando.

En esta oportunidad en cambio, mi compañera, que lo hacía de forma estupenda, propiciaba que mi paso fuese elegante y rítmico.

Pensaba, mientras disfrutaba del momento, que era injusto con mi mujer, a la que tanto le gusta bailar y nunca le doy el gusto.

La culpa y el placer, esos dos impostores...

jueves, 31 de diciembre de 2020

EN UN BOSQUE, DE LA CHINA...

Voy caminando por un extenso baldío, casi una quema, y de pronto, detrás de un montículo de basura veo a José, el chino del súper, luchando contra dos mastodontes de la maffia china. Les grito que lo dejen. No se qué cosa me contestan en chino y se lo llevan a la fuerza.

Los sigo sigilosamente. Se detienen frente a un muro semiderruido, en cuyo centro se abre un hueco a otra dimensión. Entiendo -no sé cómo, porque siguen hablando en chino- que obligan al pobre José a arrojarse por el hueco. Si es sano de espíritu -le dicen- resurgirá indemne por el mismo lugar. De lo contrario, aparecerá allí una abominación inimaginable.

El pobre José desaparece por el agujero negro. 

Los chinos maffiosos esperan que se produzca uno de los dos prodigios.

Escondido, yo también aguardo.

No pasa nada.

Los chinos maffiosos se cansan y se van.

Yo me quedo un rato más, pero al final me aburro y sigo viaje.

Voy caminando por el centro de Zárate, pensando en el cruel destino de José, cuando enfrente del diario El Debate (la continuación de Avellaneda, que ahora no me acuerdo cómo se llama, casi esquina Rivadavia) veo a Xiu, la china del súper, esposa de José, marchando con pasitos cortos, encogida de hombros, llorosa.

Me cruzo y la abordo, le doy mi pésame.

Me cuenta entrecortada, en su castellano básico, que lo sucedido responde al ritual sintoísta de los japoneses, difundido a través de un programa de televisión de trasnoche, igual que el de los evangelistas acá. Allí se predica la autoflagelación, me informa, mientras me muestra sus blancas piernas laceradas (Xiu siempre usa pollera, debo acotar).

Tengo el impulso de rodear su hombro con mi brazo, pero lo reprimo.

No sé cómo puede tomar una china semejante gesto.




domingo, 22 de noviembre de 2020

CUARENTENA (XIII): MUCHOS SABEN NADA

Quizá deba comenzar por lo sucedido en el atrio de la iglesia. Sí, voy arrancar por ahí... 

Importante cantidad de fotógrafos -los paparazzi de Fellini-, fin de ceremonia eclesiástica. Se despeja la pequeña muchedumbre y encuentro, tirada en el piso, una de las cámaras  fotográficas.

Intentaré describirla: una especie de máscara con visor como el de los soldadores, pero incorporando botones de on/off a la altura de las orejas, zoom en la nariz, foco en la frente, todo eso. 

No lleva hilos ni elástico, no entiendo cómo se sujeta hasta que la doy vuelta. En el reverso, una saliente a la altura de la boca me da a entender que así se sostiene, mordiéndola como una pipa. Andar mordiendo la pipa en unas vacaciones por el sur de Francia, el año pasado, me costó una muela, se me partió exactamente en dos. "Cosa rarísima" me dijo la dentista al extraerla. Es por eso que no voy a andar haciendo ahora la locura de probarme la máscara/cámara, encima acaban de usarla, es antihigiénico, sobre todo en tiempos de pandemia.

¿Qué hacer con ella? Decido entrar en el templo para dejarla ahí, supongo que es el primer lugar al que volverá a buscarla quien la perdió.

Aparecen curas de las sombras terminando de arreglar el lugar. Uno de ellos se me acerca, explico el motivo de mi presencia. Me escucha afable, cordial. Realiza un comentario simpático sobre esas máscaras/cámaras, hasta se permite un cierto grado de ironía sobre los avances tecnológicos. La dejo en sus manos, en las manos de Dios.

Quizá deba decir que me ubico en la esquina de Justa Lima y Belgrano, en Zárate, o sea en la Iglesia que está enfrente de la Plaza Mitre. Alrededor de esa plaza se construyó el edificio principal de mi infancia/adolescencia: escuela número uno, el Nacional, el salón municipal, donde acudía a clases de teatro, el movimiento juvenil católico, en plena era tercermundista.  

Esto no es mi biografía, sigamos.

El segundo episodio transcurre en el estrecho pasillo de un colegio de Capital. Estoy con un amigo actor que me muestra una rutina que acaba de crear. Consiste en colocar un portafolio sobre un asiento. Del portafolio sale un cable que va a enchufar en una toma cercana y una vez hecho esto, orina sobre el enchufe, lo que le genera -siempre en actuación- un  shock eléctrico. Así, en estado de shock retira el portafolios del asiento y pretende ir hacia la puerta (es muy cómica la manera en que se desplaza, mi amigo es muy buen actor). Se tropieza con una celadora que justo acaba de ingresar al pasillo. No quiero ni pensar lo que debe pensar de la escena. Pasa de largo sin decir una palabra, rápido, cómo público que teme que lo involucren. Le comento a mi amigo que su acto está muy bien, sobre todo la parte del final. Él justamente está en desacuerdo con esa parte que se la marcó su directora, que era la celadora oficiando de actriz.

Quizá ahora deba mencionar que por la calle me encuentro nuevamente al eclesiástico con el que cambiamos algunas palabras sobre la curiosa cámara fotográfica / máscaracámara. Pero antes, en el pasillo del colegio, me había cruzado al rector de una institución educativa religiosa en la que di clases de teatro mucho tiempo. Mi relación con él no terminó en buenos términos. Era un abogado con nombre compuesto de emperador romano, que me dijo sin inmutarse cuando negociábamos la renuncia, que el Obispado de Zárate-Campana sólo pagaba la mitad de lo que correspondía por indemnización. Lo gugleé y todavía vive, se jubiló de rector recién hace dos años. La tenía cagando a la mujer, me acuerdo, le hizo un montón de hijos porque, claro, el condón es pecado, un Opus hecho y derecho el reverendo hijo de puta.

Pero esta no es mi historia laboral. Tampoco comadreos baratos.

Le ofrecía un caramelo, de tres que tenía la mano, le decía "¡cuánto tiempo, doctor, qué placer encontrarlo!". Irónicamente, demás está aclararlo.

Todo viene a cuento que cuando me encuentro nuevamente con el eclesiástico, éste me propone dar clases en la institución en que mi amigo actor  sometía a mi consideración el acto del portafolio, institución que, ahora entiendo, también era católica, pese a que mi amigo actor es judío.

El cura me sugiere montar una obra teatral, mientras yo pienso que ya no estoy para lidiar con adolescentes ni con la figura histórica del rector, que en ese momento no sabía que se había jubilado, lo cual me acabo de enterar por el Google (¿cuál es el presente acá?). Pero tampoco se trataba de ese colegio de Campana (¿qué tenía que ver entonces el rector del Opus?) sino de uno de Capital. Suelo confundirme un poco, perdón, estoy grande.

A pesar de mis reparos internos, el espectáculo con el que sueña el cura es atractivo: versa sobre un pastor protestante que está dando su sermón, cuando justo lo interrumpe una mucama que viene a recriminarle que ha dejado sus calzoncillos sucios tirados debajo de la cama. Lo  grotesco de la propuesta me seduce, si bien no doy una respuesta definitiva.

Pasemos a otro ámbito, una sala de ensayo. Estoy reunido con un grupo de actores y actrices. Una de ellas es amiga de años, los otros sólo conocidos eventuales. No obstante, uno de los actores que ha estado recientemente en varios países de Europa, me abraza efusivamente y me besa en las dos mejillas. Conducta por demás inapropiada en tiempos de pandemia, aunque nadie registra lo anómalo de la situación, nadie se escandaliza.  

Mi amiga actriz cuenta que un grupo teatral en Retiro (está ya jubilada, retiro es Retiro con mayúsculas, remarco) le había ofrecido participar de un espectáculo donde hiciese de ella misma. Yo expongo mis reservas, le advierto que tenga cuidado, que no sea que la utilicen como una señora grande que teje calceta. La interrogo por los detalles de la propuesta y no sabe decirme mucho. Ante mis objeciones mira intencionadamente a otra actriz participante de la charla. No sé si porque esas prevenciones se habían formulado antes o porque las considera descabelladas. Se retira (no a Retiro, quizá al baño) un momento de la reunión y yo opto por despedirme. Salgo, bajo la escalera hacia la puerta principal (estábamos en un primer piso, no lo mencioné, debería haberlo hecho), que tengo conciencia voy a encontrar cerrada, sé positivamente que se encuentra cerrada, ni la toco, espero alguien que me abra, alguien que entre o que vaya a salir, viene un mozo que trabaja en un restaurante (¿esto no será Boedo XXI, con Margot al lado?), me mira como diciendo qué hago ahí, me veo obligado a explicar mi presencia pero de una forma un tanto desafiante, como diciendo a vos qué te importa qué hago acá, finalmente llega mi amiga que me reprocha haberme ido sin despedirme de ella, me abre la puerta, salgo a la calle, está lloviendo, hay mucha gente caminando sin barbijo, pienso que en la Capital (porque sigo en Capital desde hace rato, es evidente, desde el momento mismo en que dejé el atrio de la iglesia de Zárate) nadie se cuida del COVID, necesito regresar rápido, no me ubico en la zona (no es Boedo, de lo contrario sabría ubicarme muy bien)...  de pronto surge una boca de subte,  con varias personas amontonadas que parecen esperar para ingresar.

Nadie sabe decirme que hace ahí, y eso que yo no soy el mozo de Margot. Veo un cartel anunciando un tren que sale para Zárate.

Si bien Zárate no es mi destino entiendo que podría dejarme de camino. 

Desciendo al subterráneo que es en realidad una estación de trenes -no Retiro, no Constitución, no Pacífico... quizá la del San Martin-, con boleterías con rejas a la antigua, más parecidas a las cajas del Banco Provincia de otras épocas. O a las de Retiro.

Preguntó si de allí sale un tren para Zárate. Me  responden confusamente, no saben indicarme bien en qué sector debo comprar el pasaje, ando de ventanilla en ventanilla, finalmente alguien de mala gana accede a vendérmelo, sin respuesta respecto a horarios ni trayecto, lo compro a ciegas.

La mente trata de impedirme que me boicotee de esa manera, errando sin rumbo, porque le pago los $ 400 que cuesta el pasaje con tres billetes de 100 y un gran formulario que adjunto  inadvertidamente, tal si fuese un billete más. El boletero me lo hace notar de mala manera. No es para menos, ¿quién podría creer que se trató de un descuido?

Me pongo torpe con el dinero, con lo que llevo encima, papeles de la índole del formulario, se me caen, se desparraman, los junto. Hasta que finalmente puedo completar el pago. 

Pregunto hacia qué anden debo dirigirme. Es mínima la explicación del boletero, me señala vagamente una dirección que resulta ser la equivocada, desemboca en un estrecho pasillo, los baños, me doy cuenta porque de allí surge una empleada de limpieza con un tapabocas y un delantal completamente manchados de mierda. Sí, en plural. El tapababocas también.

Me roza. Advierte la torpeza. Advertimos ambos que me ha ensuciado. Me ofrece ayuda para limpiarme. Pienso que va a ser peor el remedio que la enfermedad y desecho la propuesta. Entiendo que resultará dificultoso quitarle las manchas a mi remera flamante.

Finalmente ubico el túnel que me conduce a un andén, donde un tren se encuentra a punto de partir.

Dudo en subir, nadie sabe nada, no sé dónde me puede llevar, cuál puede ser su destino. Mi destino.



lunes, 26 de octubre de 2020

HASTA EL TERCER PISO

Indudablemente –me temo que en este relato las certezas sean efímeras, lo advierto desde ya- la galería era de La Plata. No sólo por su aspecto, aunque no pueda precisar con exactitud su ubicación, sino por un detalle que consignaré de inmediato, no bien finalice una necesaria introducción.

Entraba al primero de los dos locales que daban a la calle –entre ambos se situaba el pasillo-, el de la derecha, vidriado en su integridad.

La empleada, una jovencita morocha, alta, delgada, de buen ver, no bien advertía mi presencia dejaba una revista en la que se encontraba absorta (destaco revista, no celular, que sería lo lógico en cualquier empleada de comercio en espera de clientes –e incluso habiéndolos-,  porque ningún detalle de los acontecimientos que voy a narrar daba la pauta de hallarme en la actualidad) para consultar qué buscaba. Una rápida mirada me había bastado para descartar que existiese allí algo de mi interés, de modo que amablemente, con un gesto de la mano que implicaba al tiempo descarte, disculpa y la intención de no molestarla, le contesté que volvería otro día y encaré la salida.

Ella me detuvo, se me acercó. Confidencialmente me susurró que lo que yo buscaba (¿cómo sabía lo que buscaba? ¿había visitado yo antes en ese local?) le iba a llegar más tarde, que podíamos vernos a la medianoche en alguna esquina de calle 7 (de ahí mi deducción sobre la localización platense). La propuesta me asombró. No cabía duda que no se estaba refiriendo a ninguno de los artículos que se ofrecían en el comercio, sino a algo de índole más íntima, por decirlo de alguna manera. No desairarla, fijando un punto de encuentro (la ex-confitería París, por ejemplo), implicaba dejar de plantón a la pobre chica, en una hora tan inadecuada. Porque de manera alguna me veía concurriendo a esa cita. No era correcto que lo hiciese, claro. Y por otra parte... ¿con qué artilugio explicar a mi mujer que sacaba el auto a medianoche, y en situación de pandemia?

Digresión: no se me escapa que este anclaje en la actualidad pareciera por completo discordante con la afirmación antes realizada, pero no lo reputo contradictorio. Nada en el espacio denotaba el presente, aunque mi conciencia estuviese ubicada allí.

Vuelvo a la señorita. Creo haber escapado del compromiso supeditándolo a una confirmación que ella supo al instante nunca llegaría. Aun así se despidió de mí amablemente. No me atrevo a decir que con un beso en la mejilla por dos razones: no lo recuerdo con certeza y no queda bien en un hombre de mi edad.

Pasaba al segundo piso de la galería, un espacio en construcción, como el de la galería CADU, de Zárate, que en los '60 tenía una puertita al fondo que daba al vacío, a los cimientos de una nueva ala del edificio que tardó años en terminarse. Algo semejante resultaba este espacio platense, pero arriba, repito, como si pasásemos del inconsciente de Zárate a un nivel de supra conciencia en La Plata. Aunque intrincado, lleno de pasadizos provisorios entre cúmulos de arena, ladrillos apilados, vigas de hierro. Alguien –un capataz de obra, probablemente- me advertía de lo peligroso que era estar allí. Yo replicaba que debía ir al local del tercer piso. Mi interlocutor dudaba que encontrase a alguien en ese lugar, pero de todos modos me señalaba una frágil escalerita de madera, indicándome de nuevo que tuviese cuidado. 

El tercer piso era una cueva. "Cuevas", en la jerga del coleccionismo de revistas, debo aclarar, son lugares que sólo algunos iniciados conocen, dado que se encuentran en recónditos sucuchos de galerías comerciales. La particularidad consistía en que éste se emplazaba al aire libre. Se cuestionará el absurdo de exponer revistas antiguas al sol, la humedad, la lluvia. Comparto el cuestionamiento, pero no puedo explicarlo. Hay cosas que son como son, se toman o se dejan.

No obstante, cuando uno se encuentra con locales donde el material luce apilado de cualquier manera, con absoluto descuido, como en el caso, es buen indicio en cuanto al precio del mismo. Todo lo contrario de las comiquerías en que el ensobrado, la exhibición prolija y esmerada es directamente proporcional a las fortunas que pretenden.

Ubiqué al fondo de un estante, guiado por el olfato del que siempre me he jactado, unos curiosos ejemplares de historietas cómicas de los '60, cuyas tapas nunca había visto. En ellas se fusionaban personajes de distintas editoriales, una especie de crossover (término usado por los yankees para este tipo de entrecruzamientos) impensable en publicaciones de aquella época.

La excitación de hallarme frente a algo excepcional a precio de ganga duró un instante. El que parecía ser dueño de la cueva se me acercó, y sin que medie palabra de mi parte, arrancó  una insólita monserga sobre cierto coleccionista que le había ofrecido un precio irrisorio por el número seis de no sé qué cosa. "Aquí no se vende barato", era el mensaje. Lo interrumpí.

-Sólo quiero que me diga cuánto pretende por estas revistas.

Antes de que llegase la respuesta sabía que la cifra resultaría un disparate, que me iba a ir sin comprar nada.

Los pisos superiores suelen ser hostiles. Sólo habita en ellos la aridez, el desencanto. 



domingo, 27 de septiembre de 2020

CUARENTENA (XII): COINCIDENCIAS Y CRUCES

Estoy sentado en el umbral de una casa, que en realidad son dos casas en las que habité y quise mucho. No me refiero, claro, a la edificación, sino a los acontecimientos, las historias, que me sucedieron en esos lugares de dos ciudades distintas, pero cercanas. Curiosamente, ambas tenían dos plantas y en  ambas viví en la superior. Pero este umbral da directamente a una estación ferroviaria y recién ahora asocio que uno de esos dos departamentos se situaba frente a las vías del tren.  

Sentado allí, de tarde, espero un tren.

Veo  aparecer en el andén a Cacho Bidonde, mi primer maestro de actuación en Capital, casi cuarenta años atrás.

Lo chisto, lo saludo, le digo que hace muy poco soñé con él parado en el andén de Retiro. Mucha atención no le presta al comentario y me presenta a dos actores que lo acompañan. Portan distintivos de un encuentro de teatro. Uno de ellos se pone a contarme –sin que viniera a cuento en absoluto, típico de actor- de un proyecto que está  ensayando.

Le pregunto por los protocolos, los recaudos que se toman  en los ensayos. El tipo se desconcierta un poco. Caigo en la cuenta que ninguno de los tres  lleva barbijo.

Me contesta que uno se puede contagiar en cualquier parte. Me doy cuenta al toque que milita en el negacionismo y replico que respeto si no cree en la peligrosidad del virus, en que puede resultar letal para ciertos grupos de riesgo, pero que en tal caso no tenemos mucho para conversar.

El actor del "proyecto" cruza al andén de enfrente donde está montado un equipo de sonido, un micrófono, un banquito y una guitarra. Se sienta, pulsa las cuerdas  y comienza a improvisar una payada sobre la mentira de la pandemia.

No me interesa escucharlo. Insisto con Cacho sobre el tema de la rara coincidencia de este encuentro con mi sueño y me surge un vínculo vago con algo que me había sucedido en la vigilia. 

Cacho y el otro actor se me acercan demasiado para hablar, lo que determina que cierre la puerta de calle y me disponga a esperar el tren sentado en la escalera.

Me quedo dormido.

Cuando despierto y salgo de nuevo al andén, luce desierto. Anocheció,  todo está oscuro, entiendo que ya pasó el último tren.

Contrariado, pienso qué medios alternativos tengo, cuando me surge la pregunta de dónde debo ir y para qué.

Repaso mentalmente los lugares, las ciudades, a las que solía trasladarme antes de todo esto y concluyo que en ninguna de ellas tengo nada para hacer, que no debo viajar a ninguna parte.

Tanteo en los bolsillos y ubico con alivio las llaves del auto.

Empieza  a llover y pienso: "Menos mal que no vine en bicicleta", lo cual es extraño porque nunca aprendí a andar en bicicleta. 

Rumbo  a buscar el coche, me cruzo con una chica rubia, muy alta y robusta, que corre por el medio de la calle. Recoge su vestido de novia, para que no se le ensucie. Luce contrariada. Detrás corre también un grupo de personas emperifolladas, supongo sus familiares. 

Se me ocurre que dentro de unos años recordarán divertidos este casamiento en medio de la lluvia y la pandemia.

Subo al auto, y libre ya de cualquier preocupación, me dispongo a volver a casa.


miércoles, 2 de septiembre de 2020

VENGANZAS PÓSTUMAS

Mi madre tenía de secretario a López Rega.

Esa circunstancia de ningún modo la convertía en Isabelita, seguía siendo indubitablemente mi madre. Charlaba yo con ella cuando llegaba un inquilino a pagar el alquiler. Este muchacho acababa de salir en todos los medios a raíz de una suma millonaria que había ganado en un juego tipo el Loto. Quien lo recibía era López Rega que armaba una fanfarria bárbara con el tema, a voz de tenor en cuello. Molesto por interferir en la charla con mi madre, le grito que se calle. No obedece. Mi madre, aunque con mejores modales, apoya mi pedido. Recién entonces, López Rega modera sus chillidos histéricos. Una vez retirado el muchacho, y envalentonado por el respaldo obtenido, lo increpo.

-No me importa que sea mi madre quien te paga el sueldo. Cuando te doy una orden la cumplís. De lo contrario  te pongo de patitas en la calle.

Lopecito nada responde. Silbando bajo se coloca un delantal de mucama y se dispone a lavar los platos.


domingo, 23 de agosto de 2020

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Todo es previsible, lo mismo que en una mala comedia del subgénero "para toda la familia". 

Las señoritas aguardan nerviosas a una alta autoridad. En charla previa de bar la imaginan seria y circunspecta. Incluso se han vestido  para la ocasión con trajecitos sastre, que vaya a saber a quién pidieron prestado. No  imagino ese atuendo en sus respectivos placares. 

Quien llega, por supuesto, es contrario a lo esperado: una moderna versión del profesor hippie, interpretado por Ricardo Darín. 

El ómnibus en que viaja estaciona frente a la explanada del establecimiento educativo, donde los alumnos, de riguroso guardapolvo blanco con distintivo de la institución, lucen respetuosamente alineados. Suenan las estrofas del Himno Nacional (lo que suena es la música en realidad, pero el lugar común cuadra mejor a la situación) y Darín escucha, solemne, rígido, presidiendo el acto acorde hasta ahora a las expectativas generadas.

De a poco, de forma imperceptible, el exitoso actor comienza a mover la cabeza acompañando el ritmo. Una alumna lo advierte, y lo imita. Darín advierte a su vez a la alumna, y acentuando el movimiento, se acerca a ella. Terminan bailando con el torso inclinado, nariz con nariz, al modo de los '70, como en las Locuras de Isidoro. El alumnado se contagia y el plantel docente se escandaliza.

De tan patética que resulta la escena, decido huir de allí.

Enfilo a refugiarme en el edificio. Un escalón de la entrada, que ya venía con el mármol rajado desde hace tiempo, había acabado por desmoronarse.

Súbitamente el patrón comienza a ser -ya no en clave comedia reidera, ya no tan previsible- el resquebrajamiento de todo.

viernes, 21 de agosto de 2020

SOMOS NADA

                                                                                                                                   Al Oso Wainer

No podría explicar en calidad de qué estaba en esa casa. Podía ser por el lado del teatro, pensé en principio. Los padres del muchacho me mostraron fotos en las que yo aparecía junto a él. Aparecían también otras personas con las que había trabajado en una obra a principios de siglo. Una actriz sobre todo, era quien más se repetía. En esa época  yo andaba por los cuarenta y pico, y el pibe –se veía- apenas por los veinte. O sea que murió muy joven. No formaba parte del elenco. Posiblemente un técnico, especulé. La verdad es que lo recordaba de manera muy difusa. Lo padres me insistían en que él me consideró siempre un gran amigo.

Me dejaron sólo en el vestíbulo con las fotos. Me provocó tristeza el repasarlas. Porque esa persona había muerto con la convicción que era amigo de alguien que ni siquiera podía identificarlo. Inmerso en ese estado,  golpeé  suavemente  la puerta de la habitación por la que habían desaparecido los padres, para despedirme.

Abrieron las dos hojas –la casa era antigua, de puertas de madera maciza con banderola- y me hicieron pasar a un living comedor oscuro, abarrotado de muebles y adornitos de cerámica. Sobre la mesa central,  larga y oval, se hallaba depositada una caja, de la que asomaban revistas.

-Eduardo no iba a negociar fácilmente sus historietas...- me dijo la madre con picardía, y agregó:- Sabemos por él, que siempre nos comentaba, su fama de regateador.

En ese momento, cambió mi registro del posible motivo por el cual había sido invitado a esa casa. Pasábamos de la amistad al mercantilismo. Querían venderme la colección del finado.

La compasión que me inspiraban los ancianos por haber perdido a su hijo tan joven, se evanesció de golpe ante el propósito especulativo que acababan de revelar.

No creí incorrecto, de todos modos, echar un vistazo al contenido de la caja. Quizá fuese instrucción póstuma de su dueño  que pasara a mis manos.

No había gran cosa. Y el estado de los ejemplares era calamitoso.

El padre encomiaba un Libro de Oro Patoruzú de la última y decadente época editorial. Lejos de ser la perla que pretendía, observé que encima le faltaba la primera página.

La madre, dándome ya como seguro comprador, me sondeaba respecto a cuánto estaría dispuesto a pagar por el lote.

Con mucho tacto les hice saber mi nulo interés en la compra y me despedí.

Una vez en la calle, volví a pensar en el pobre Eduardo. No solo olvidado por quien creía su amigo. También convertido  en moneda de cambio por sus propios padres.                                                                             


Dibujo: Fer Sosa

viernes, 7 de agosto de 2020

EPIFANÍA

En la madrugada apunto:

"Estoy mirando una serie en el sofá o la cama. Me duermo un par de minutos, pero sigo viendo la serie. Cuando me despierto advierto que lo que pasa en la pantalla no se condice con lo que había visto mientras dormitaba. Ahí me doy cuenta que soñé ese intervalo entre escenas"

A la noche, tarde, sin que buscase nada relacionado con lo anterior, me encuentro con este párrafo:

"La cultura onírica entre los tzotziles de San Juan Chamula en Los Altos de Chiapas"
"(...) Más aún, las etnoteorías que externan y objetivan la experiencia del sueño, como las que tienen los mayas de esta región, pueden abrir este espacio para algunos usos culturales específicos que no permiten otros marcos de interpretación subjetivistas o psicologicistas. De hecho, la vida en estas tierras se caracteriza por una especie de “visión doble” en la cual el foco de atención vira continuamente entre el mundo de la vigilia y el ámbito esencial del sueño. Como resultado, los sueños frecuentemente se convierten en “transformadores” que conectan la vida de vigilia con la del dormir y que permiten la interpenetración e interinfluencia mutua de estas manifestaciones distintivas de la experiencia. De ello resulta un mundo de vigilia que está atravesado por la experiencia del sueño y un ámbito del sueño que puede procesar —y a veces resolver— muchos de los dilemas, conflictos y esperanzas de la vida cotidiana."

miércoles, 5 de agosto de 2020

CUARENTENA (XI): CARTA

Le escribo a mi amiga, que está en el exterior:
Hola, (aquí va el nombre de mi amiga). Creo que llegó agosto. El tiempo para mí se esfumó. Sólo sé que envejezco y casi seguro moriré en algún momento, que ahora calculo será bastante antes en la concepción del tiempo que solía manejar,  o una eternidad después con la que concibo ahora. Siempre y cuando no ocurra un prodigo, que nunca es de descartar. Ahí nomás lo tenés a Jesús que al tercer año resucitó. ¿Puede que pensaras volver en agosto, o recuerdo mal? Si estuviese en tus manos retrasarlo, mejor. Seguramente para vos el tiempo empezó a correr de nuevo y entenderás lo de retrasar. Quiero decir para después de lo que se solía llamar agosto. Siento -no sé qué noticias te llegan de acá- que las cosas no están bien. Por las que llegan de allá, están mejor. Aunque no sé... No coincidimos en espacio, eso seguro, porque recorro la casa y no te veo. Pero quizá tampoco en tiempo, porque el tiempo dejó de ser el mismo para todos más allá de las diferencias horarias, a eso uno estaba acostumbrado. Acostumbrarse a que el tiempo se esfume es más difícil...
Posdata: sueño mucho con situaciones de teatro, ergo extraño hacerlo, en explicación psicologista. En tren de pensamiento mágico, lo hago con mucha intensidad en otra dimensión para compensar la inactividad en ésta.
Ahora sí, me despido, esperando estés bien de salud, quedando yo bien, a Dios gracias
... no sé si bien, corrijo... no demasiado peor, digamos.