viernes, 19 de mayo de 2017

EL EPISODIO INEDITO DE MAD MEN


Subjetiva -sabrán- es el procedimiento cinematográfico mediante el cual el espectador ve a través de la mirada de un personaje. He comprobado que el sueño la utiliza. 

Ibamos por un suburbio caminando con mi mujer y un par de personas conocidas, cuando advertimos que un caballo desbocado se dirige hacia nosotros. Propongo que nos protejamos detrás de un contenedor que está en la calle. El caballo lo salta y pasa de largo. Pero de pronto, a nuestro lado, aparecen dos jóvenes actrices amigas que dan saltos y contorsiones inverosímiles en el aire, como si estuviesen remedando al caballo. Un policía intenta detenerlas, interroga quién es cada una. A lo que responden secuencialmente: "actriz" "actriz". Entonces se oye una voz que dice: "Así que son actrices?" Me asomo y constato que quien habló es Peter Campbell, con un largo sobretodo. Continúa... "Quieren saber qué sucede cuando un caballo se desboca?" Señala la puerta de una casa donde entiendo quedó encerrado el caballo. Peter Campbell va a rematar la frase, pero comete un furcio, así que otro empleado de la agencia Sterling Cooper, que lo acompaña, completa -no se sabe si por compañerismo, o para robar un instante de protagonismo-: "No pasa nada". Ahí Peter abre la puerta de la casa, para que todos observen. Yo no quiero. Mi mujer sí. Se acerca y mira. A través de sus ojos, en una camilla, sosegado, veo al caballo.


sábado, 6 de mayo de 2017

PARTIDA DOBLE


Después de una violenta discusión, mi mujer entra en el baño, llevando una maleta de mano.
Detrás de ella, un poco más calmada y sin maleta, va a entrar mi mujer.
La detengo en la puerta y le pregunto quién es la otra.
"¿Cuál otra?", me responde.
Miro en el interior del baño y no hay nadie.


domingo, 26 de marzo de 2017

VIEJ@S CHOT@S (6)

El señor mayor iba en mi misma dirección. Decidí alcanzarlo unas cuadras. Debía pagar no se qué factura, la explicación era enrevesada. Llevaba algo para entregar, además, dentro de una caja de zapatos. Le advertí que siendo domingo, era posible que no le cobrasen. El insistía en que debía pagar. Charlando me pasé de mi destino, donde pensaba bajar al viejo. "Ya que estoy lo llevo al suyo", pensé. Le pregunto la dirección donde iba y los datos que me daba resultaban confusos. Paro el auto en una estación de servicio para examinar la factura que él supuestamente debía pagar y se trataba de un papel plagado de absurdidades. Entre ellas una dirección de correo electrónico que terminaba en @boludo.com.ar. Recordé a la viejita perdida en el día de tanto calor y concluí que mi destino era que me tomasen de boludo.


sábado, 25 de febrero de 2017

DECLARACION

25 de febrero de 2015 a las 23:58 
Ayer... fue ayer?... Sí, ayer presté declaración testimonial en una comisaría cercana a mi domicilio.
La impresora y las PC eran a querosén, pero la oficial que me tomaba declaración escribía con un dedo, así que todo resultaba armonioso, nadie llevaba apuro.
La habitación era un cubículo sin ventanas, que encima tenía una mampara delante de la puerta, a modo de división.
Cuatro personas trabajaban ahí... 
Trabajaban es un decir, claro...
Mucho humo en el ambiente.
Había un cartel de prohibido fumar que aunque lucía antiguo, no había sido leído todavía, me pareció.
Le redacté mi declaración a la oficial hasta donde pude, porque cuando le pedía que me la leyera no entendía nada de lo que ella había redactado.
Entonces me cansé y le pedí dar la vuelta y ver la pantalla, a lo que accedió gustosa.
Ahí empecé corrigiendo verbalmente, y terminé haciéndome cargo del teclado y el mouse.
Inicié a la oficial en algunos misterios, como los del copypaste.
"Usted pensará: justo me tocó esta rubia tarada", intentó disculparse.
"Cómo voy a pensar eso, si tiene unos ojos hermosos?", repliqué con mi mejor voz de galán de radioteatro y sin que tuviese que ver una cosa con la otra.
Igual, ella quedó encantada.


VIEJAS CHOTAS (5)


Dos de la tarde con el sol partiendo la tierra, salgo de casa para estacionar el auto más a la sombra, cuando se me acerca una viejita me pregunta en qué dirección quedaba una calle situada a más de diez cuadras de donde estábamos. Cuando la oriento, se desanima, me dice que va y viene en un sentido y otro, que está perdida. Siento que tengo que compensar en algo todo el mal que hago y la invito a subir al auto, para alcanzarla. Además, me cayó simpática la viejita. Parecía Heddy Crilla, en "Juan Lamaglia y Sra.". Era divertido ver las maniobras que hacía, ante mis indicaciones para colocarse el cinturón de seguridad. 
Como no se acordaba bien la dirección, empezamos a dar vueltas... Le consulto si reconoce más o menos el barrio y chilla: "Más me pregunta, más me confundo". Seguimos dando vueltas. 
Impaciente, la vieja revuelve en la cartera, pela el documento y de mal modo, me ordena: "fíjese la dirección ahí!".
Hubo que dar unas vueltas más porque la numeración de la casa estaba entre 41 y 42 y en el documento figuraba entre 47 y 48, que había sido la primera indicación de la buena señora .
Calculo que debe haber confundido a los del Registro, también.
Freno por fin ante su domicilio. 
"Al final, hubiese llegado antes caminando", rezonga la vieja de mierda, mientras le desabrocho el cinturón. 

No se puede ser buena gente.


domingo, 19 de febrero de 2017

FILIACIONES


Soy el sobrino nieto bobo de Ionesco.
El que vive en la villa miseria pegada al country de Fellini.
El cholulo que espera la salida de Crítica de Roberto Arlt para pedirle un autógrafo.
El que va al mismo bar que Armando Discépolo, pero nunca se animó a acercarse a su mesa.
El que calcula los miles de kilómetros que siempre lo separaron de O'Neill.
El que le pidió una entrevista a Ghelderode y ni siquiera obtuvo un no por respuesta.
El que pretendió abrirle la puerta del auto a Olivier y lo apartaron de un empujón.
El que le gritó por la calle "Adiós, don Luis!" a Sandrini, y Sandrini ni se dignó a darse vuelta.
Soy esa sumatoria de indignidades, vergüenzas, humillaciones y fracasos...
pero eso sí... orgulloso de serlo.


ESTAS MUERTO, ENTERATE

Me desperté tarde. Mucho calor. Igual salí a hacer compras. La verdulera nunca recuerda que quiero que me entregue en mano el papelito con la cuenta, que no lo tire en las bolsas junto con la verdura y las frutas. Siempre se termina perdiendo. No es que le desconfíe, hago el cálculo junto con ella y raramente le erra. Alguna vez, incluso, si le erró, fue de menos, es de lo más honesta. Pero me gusta llevar el control de lo que gasto, saber cuánto me puse en el bolsillo a la mañana y cuánto me queda a la noche. Me han criticado que lo hago de avaro. Yo creo, en cambio, que tiene que ver con el orden del universo. 
Hace tres mañanas, en Capital, fui a comprarle un peluche de los Minions a mi hija menor, que se había encaprichado con tener uno desde que estuvo a punto de sacarlo de una maquinita de los restaurantes del puerto, en Mar del Plata. En ese momento prometí regalárselo, pero no los encontraba. Ella se encargó de ubicarme un lugar donde los vendían.  El trayecto en auto, desde donde estaba estacionado, por las Cañitas, hasta el comercio, era de media hora, ida y vuelta. Decidí ir caminando,  se hicieron dos. Mi médica me prescribe caminar, y la mejor manera de cumplir, para mí, es teniendo un objetivo, me aburre caminar por circuitos. Y no uso auriculares ni nada que me distraiga. En ocasiones, cuando estoy estudiando texto de una obra, lo repito mentalmente. A falta actual de actividad teatral, el jueves, en Capital, dediqué la vuelta a repasar mis gastos desde el día anterior. No llevaba tickets encima, de modo que tuve que reconstruir todos mis pasos. No me cerraba la cuenta en 35 pesos. De pronto, recordé un detalle que se me había pasado por alto, de una compra de 15.  Restaban veinte, que me torturaron hasta poco antes de llegar al auto. Faltaba computar un Telekino. En ese punto, el universo restableció su armonía. 
De todas maneras, el recordar el día es un ejercicio que solía proponer a mis alumnos de teatro, para que tengan registro de su vida y observen a su alrededor. Vivimos demasiado rápida e irreflexivamente. También tengo por ejercicio reconstruir mis sueños.
Había comprado un dpto. en La Plata. Si bien era para alquilarlo, voy a averiguar detalles del funcionamiento del consorcio. En el hall de entrada, frente a un escritorio, está el encargado, rodeado de varias personas que al igual que yo, quieren plantearle dudas. Reconozco entre ellas a una actriz zarateña. Nos saludamos y empezamos a charlar mientras esperamos ser atendidos. Me dice que no pudo ir a ver mi última obra, o que no tuvo oportunidad de comentarme qué le pareció, porque se fue rápido, no entiendo bien. Desde el hall se ve el SUM abierto, donde hay gente sentada ordenadamente en filas. Empieza una especie de show, protagonizado por los mismos condóminos. Una mujer con dos cabezas dialoga consigo misma, tipo Chassman y Chirolita. Un número muy amateur. En ese punto, ingresan al edificio dos tipos mal entrazados, preguntando en qué piso se aloja Ibáñez. Tengo la sensación que son asaltantes. Pero cuando el encargado les da el dato, se meten en el ascensor sin problemas. A los pocos minutos, el encargado nota que el ascensor no ha arrancado. Abre entonces la puerta, y le pregunta a los sujetos qué pasa. Uno de ellos saca una ametralladora y lo acribilla. Huyo del edificio. En mi carrera paso por el kiosco de Caram y por la Plaza Mitre, de Zárate. 
Noto que nadie me persigue, y de a poco, con cautela, vuelvo sobre mis pasos. Ya está la policía, sacando en camilla el cadáver del encargado. Un trío de señoras mayores (unos diez  o quince años más que yo), sale del edificio comentando el hecho. Me pongo casi a la par para escuchar, y la que va del lado de la pared me toma del brazo. Intento aclararle que me confunde, pero ella empieza a contar del grupo de teatro del consorcio.  Me presento como actor y director. La dama, para mi asombro, me identifica por mi nombre. Halagado, le pregunto si vio algún trabajo mío. Me responde: “Cierta vez, necesitaba el texto de una obra de teatro, muy difícil de conseguir. Lo encontré en una librería de usados. El libro aparecía todo anotado, escrito, tachado. Como si alguien lo hubiese estado versionando. Me costó muchísimo reconstruir el original. Cuando iba terminando, debajo de una tachadura, alcanzo a descifrar el nombre de Miguel Dao”.
En ese instante entiendo que yo había muerto y que mis hijas habían vendido mi biblioteca.



sábado, 18 de febrero de 2017

BIBLIOTECA


Don Israel Marajovsky era un destacado dirigente socialista en Zárate, mi ciudad natal. Tenía una mueblería en Justa Lima y Ameghino, si no me falla la memoria. Yo andaría por los quince años cuando le compré mi primer biblioteca. Como buen socialista, era un fanático del teatro, y atesoraba la colección completa de la revista Bambalinas, que había mandado a encuadernar. Como le conté sobre mi afición, me prestó el primer tomo. Lo leí y se lo devolví. Me prestó el segundo. Cuando promediaba la lectura, me enteré que había fallecido. Podía haberlo devuelto a su viuda, no lo hice.
Recién lo encontré en la misma biblioteca que le compré a don Israel y que aún conservo. Lo abro y aparece su firma. Son revistas de 1918, tienen 99 años. Hace cuarenta y cuatro de aquel episodio.
Pero el tiempo no existe.



domingo, 29 de enero de 2017

MUTACION


Estoy en la esquina de Torchiana, en 19 de Marzo, y dos muchachos me abordan preguntándome el nombre de dos calles. Les señalo en dirección al Náutico y les digo que deben trasponer la barranca para que las calles tengan nombres, ya que en el casco urbano a todas se las denomina por números.

Zárate había mutado en La Plata.


CUENTAS PENDIENTES

"Señores, antes de entrarle al asado, deberíamos arreglar cuentas", digo en voz alta a mis compañeros de mesa. Viene una señorita y me señala, recuadrándolos con el dedo, a dos señores que están sentados en un extremo, contra la ventana. Son los encargados de cobrar, informa. Uno de ellos me parece Cóppola, al que vi entrar ayer a la mañana en la Boston de Varese, mientras desayunábamos con mi hija. "Hay que dividir entre once", añade la chica. "Pero si acá hay más de treinta personas!", me quejo. Un silencio incómodo.
Voy a la entrada del salón y me paro ahí para contar los comensales. Eludo una gotera que lo enchastra todo. Me encuentro con la psicóloga de mi papá, a la que no veo desde hace años. La abrazo y le pregunto cómo está papá. Ella, apoyando tristemente la cabeza en mi hombro, me contesta que ya no está...


lunes, 16 de enero de 2017

Advocatus Diaboli

Todos tenemos en nuestro haber alguna agachada, alguna cobardía, un instante de ruindad, una noche espantosa. Y también, todos, hemos dejado en el camino distintos testigos de esas miserabilidades. Supongamos que un fiscal diabólico los citase a declarar uno tras otro,en una única audiencia. Hasta dónde soportaríamos la audición de esos testimonios?


domingo, 15 de enero de 2017

PORTAL

Tenía que cerrar la puerta del fondo. Lo había intentado un par de veces, con unos candados, pero estaba tan desvencijada que por más ingenio que pusiese podía abrirse con un simple empujón. Ahora mi hija me acaba de revelar que el secreto radica en un candado extra, trabado en un aro de hierro que estaba en el piso y que yo no había advertido. Me pongo a trabajar presuroso. Cae la noche y la puerta del patio es el acceso preferido de todos sus demonios.


Beckett en La Matanza

Están ahí, en el medio de la nada, de la noche, del barrio. Fuman, no importa qué, si porros o cigarrillos, fuman algo y eso sí... no hablan. El policía llega y los interroga. Balbucean, y del confuso relato parece desprenderse que vienen o van, o deliberaban si irían al cumpleaños de un amigo o de un familiar o de un conocido o desconocido, mujer u hombre. Se quedan quietos, aguardan algo que no llega, como Vladimir y Estragón. Sin embargo, Beckett nunca estuvo una medianoche en el conurbano bonaerense.


sábado, 14 de enero de 2017

MAL DE MUCHOS

23 de julio de 2016, Pcia, de Entre Ríos

Me detengo en un camino de tierra, en un negocito de algo, el único lugar donde puede haber gente.
En efecto, encuentro dos hombres.
Después del saludo, preludio la consulta con : "me parece que ando un poco perdido..."
El que tiene pinta de ser el dueño, me interrumpe: "medio país anda como usté, mi amigo!"


EL POETA VALENCIANO

16 de octubre de 2015

Al contrario de muchos, creo que las visitas guiadas pueden ser útiles en lugares donde uno se va a quedar un tiempo. Eso permite volver a lo que te interese y no gastar energía en lo que no.
Ahora, si vas a estar un día en una ciudad, es preferible patear por las tuyas, que irte con la ilusión que la conociste, porque un guía te contó un par de boludeces.
Eso hice esta mañana, tempranito, en Valencia. Ubiqué en el plano el casco histórico, pregunté que bus podía coger -si decís agarrar, acá piensas que vas a pegar un zarpazo-, y me subí a él, rumbo a la Plaza del Ayuntamiento.
Planito y lupa en mano, acompañaba el trayecto del ómnibus (odio andar pidiendo que me avisen donde bajar, como si fuese un turista tarado), cuando un cartel luminoso en una parada me confundió, porque no coincidía con mis cálculos del recorrido que faltaba. Ahí capitulé y pregunté. Los españoles son muy amables y el señor mayor que estaba sentado delante mío no fue la excepción. Me confirmó que faltaba bastante, y que el error había estado en la interpretación del cartel, no del plano.
El venerable galaico siguió la conversación indagando sobre mi nacionalidad, y cuando se la dije, me repreguntó si comprendía bien el español.
Vaya a saber que brutal degeneración del idioma pensaría que practicamos en la Argentina. Eso si es que sabía que resulta común con el suyo.
Zafé, cortés, contestándole que si bien había muchos modismos diferentes, lo entendía perfectamente.
Aprobado que fuese el examen de lengua, pasa a preguntar si me gusta la poesía.
Respondo que sí, que admiro a poetas españoles, como... no alcanzo a mencionar ni a Lorca, ni a Machado, ni mucho menos a Alberti o Alexaindre, que se presenta como poeta y acto seguido pasa a descerrajarme dos piezas de su autoría.
La primera versaba sobre la madre, y terminaba advirtendo que se la debe honrar tanto viva como muerta.
La segunda relataba las penurias de los ancianos, privados del afecto de los hijos, que terminan abandonándolos en un geriátrico, único lugar donde encuentran algún solaz, entre personas de su misma edad.
La de la madre la recitó con mucho sentimiento, haciendo pausas estudiadas para causar efecto, y poniendo énfasis en los pasajes preceptivos. La otra, si bien la empezó de igual manera, comenzó a acelerarla de pronto, sin lógica, tipo Pinti, lo que me hizo pensar que estábamos llegando a mi parada.
Efectivamente, con el último verso, el bus se detiene, y casi sin aliento, el señor me indica que debo bajarme.
Mientras lo hacía, me gritaba que hoy actuaba no se en dónde, que me invitaba a verlo.
Estas cosas no te pasan en los tours...



Todo sube, menos la sal...

Hace más de una década, me desperté en el dpto. de una señorita, que amorosamente, me estaba preparando el desayuno. Hablaba mucho, y le pedí que se calle un momento, porque quería recordar un sueño. Se puso furiosa, argumentaba que ella, aún con dolor de ovarios, me había preparado el desayuno, y yo pretendía que se calle... por un sueño!!! 
Que anduviese con la regla podía exculparla por su reacción, pero en absoluto por el menosprecio de los sueños. No volvería a andar con alguien que no los valorase.
- Sueño mucho.
- Varias personas me comentaron que sueñan mucho acá
- Son sueños muy vívidos, tocás a los muertos, los olés
- Lasalmasbajan
- Qué?
- Lasalmasbajan
- La sal más baja??? No entiendo...
- Las - almas - que - bajan
(escrito cuatro años atrás en Mar de las Pampas - Mar de los Sueños)



domingo, 18 de diciembre de 2016

SI PODES, NO HAGAS FAVORES...

18 de diciembre de 2011 

PRIMER ACTO:
Sábado al mediodía, cajero automático de Güemes, Plaza del Agua, Mar del Plata. Hago la cola, la señora que estaba delante mío me franquea gentilmente el ingreso, agradezco, me acerco a la máquina, y enseguida advierto en la pantalla que dicha señora no había dado por finalizada la operación, por lo cual su tarjeta seguía adentro. Me doy vuelta, y la mujer ya no estaba. Presuroso doy fin a la operación, retiro la tarjeta y salgo a alcanzársela. No la veo, pregunto a los de la cola -explicando el motivo- si vieron para donde fue. Uno me indica una dirección, otro la opuesta, un tercero afirma que abordó un auto. Alguien, incluso, tiene el impulso de salir a buscarla. Pero enseguida se arrepiente, porque según dice, no está seguro de poder reconocerla. A partir de allí, se suceden las deliberaciones de qué hacer con la tarjeta. Uno propone que la deje en un comercio de la zona, un policía que la lleve a la seccional más cercana. Reflexiono que -de pasarme a mí- jamás preguntaría en esos lugares. Iría al banco el lunes, en el presupuesto que el cajero me la tragó, lo cual, en el caso, sería una hipótesis errónea. Decido rastrear a la distraída señora en la guía de Mar del Plata, esperando que se halle radicada allí, y no de paso. Cuando lo hago, compruebo que hay unas veinte personas con ese apellido. Me armo de paciencia, y de un libreto: "Buenas tardes, saqué este número de la guía. Estoy tratando de ubicar a Sofía Nancy Zaragoza... es posible que se domicilie ahí?" Las primeras diez respuestas fluctúan entre la desconfianza y el esfuerzo por ubicar un pariente con ese nombre, pero son todas negativas. El undécimo llamado es atendido por un adolescente, que escucha música a todo volumen, acompañado por otros adolescentes, lo cual es denotado por los gritos adyacentes y el propio grito: "Callénse, boludos, que no me dejan escuchar!". Trabajosamente, logro que me entienda el libreto. Por fin, responde: "Ah, sí, es mi mamá... pero recién sale de trabajar a las seis". No sin menos dificultad para que le entre en la cabeza le explico el propósito de mi llamada, le remarco que al día siquiente yo ya no iba a estar en Mar del Plata, que iba a tener la tarjeta encima, para que cuando la madre me llame al celular, coordinemos donde encontrarnos, de acuerdo adonde yo me encontrase en ese momento. Y comienzo a darle mi número: "0221...". Me interrumpe, súbitamente lúcido: "Será 0223...". "No, es 0221, porque...". No me deja terminar, vuelve a interrumpir: "Pero Mar del Plata es 0223...". "Justamente, por eso te estoy diciendo que mañana ya no voy a estar acá, porque no soy de acá, es el prefijo de La Plata, donde vivo". "Ah...". Ya tenía sobradas razones para desconfiar que el muchacho fuese normal, por lo que le pido que me repita lo que le dicté y así corroborar que lo había anotado bien. Lo hace, con tono de suficiencia, como si dijese: "te creés que soy boludo?". Para mi asombro, sólo le había errado en el último número...

SEGUNDO ACTO: 
Cinco de la tarde, me encuentro con un amigo dibujante en la Peatonal San Martín para tomar un café y hablar de proyectos historietísticos que, por culpa de él, nunca concretamos. 18:20, mensaje en el celular, referido a la tarjeta extraviada y preguntando donde estoy. Contesto que en el centro, en San Martín y Córdoba. Nuevo mensaje, proponiéndome encontrarnos. Las divagaciones con mi amigo iban tocando a su fin, de modo que indago cuanto tiempo le llevaría llegar hasta ahí. Media hora es la respuesta. Otro mensaje mío: "Te espero media hora en La Fonte d'Oro". Mi amigo me banca, pero pasada ya la media hora, mando mensaje, preguntando si está cerca, porque me tengo que ir. "No se... yo no fui", es la respuesta. Para mi pavor, advierto entonces que con quien me he estado mensajeando es con el hijo adolescente y no con la madre. Le pregunto por qué no me llama la madre: "No tiene celular".
"Me voy", intimo. "No, por favor, espere". Pasa otro rato, nada nadie. Estufado ya, pagamos y salimos, encaminándonos hacia mi auto con mi amigo, cuando me llega otro mensaje. "Está en la puerta con mi hermana. Tiene una camperita fina, marrón". Volvemos. Entro por una puerta del bar, salgo por la contigua... ni madre, ni hermana, ni camperita marrón. Le confieso a mi amigo mis sospechas que este muchacho me esté tomando el pelo. Lo libero a él de hacerle el aguante a mi confianza en el género humano. No bien se va, suena el celular, pero con sonido de llamada. Atiendo.
-"El señor Miguel?"
-"Sí"
-"Soy el mozo del bar, estoy acá en la puerta, con la señora Nancy, que lo está esperando"
-"Ah, sí, bueno... yo estoy en la otra puerta, ya voy"
Corto. Nadie en la otra puerta, entro, salgo, hago una calesita. Vuelvo donde estaba. Sólo un mozo solo.
Tengo una súbita iluminación, le pregunto: "Hay otro local de La Fonte d'Oro, por acá cerca?". "Sí, a dos cuadras", responde. Puteando contra la estupidez de la adolescencia y contra las madres que confían en sus hijos, arremeto hacia el otro bar. En tránsito, recibo una nueva llamada, es el mozo. 
-"El señor Miguel?"
-"Sí, ya se, la señora se confundió de bar, ya estoy yendo yo, ya llego, que me espere ahí, que no se mueva", corto.
Diviso el bar y en la puerta, a una señora junto a una adolescente, con aspecto de esperar atribuladas. Llego y abordo a la mayor, con tono de reto: "Nancy!?".
La mujer me mira asombrada. Después de unos segundos, contesta: "...No".
Ingreso al bar, y una rápida mirada me confirma que el dúo madre-hija no se repite en los comensales. Le pregunto a la señorita de la caja si no me habían llamado de allí, por una señora que me estaba esperando para que le diera una tarjeta. Mientras lo enuncio, percibo en la mirada de la chica la duda sobre mi salud mental. Decido ser más concreto: "Quién puede hacer llamadas desde acá?". Ella o el encargado, responde, mientras me señala al susodicho. Voy hasta el encargado y repito la pregunta, con similar reacción. Busco entonces en el registro de llamadas de mi celular y le muestro el número, para ver si lo identifica. "No, no es de acá". Su mirada me indica ahora que si bien no hizo la llamada, está pensando en hacer una ... al loquero. Juzgo prudente retirarme del local.
Una vez afuera, vuelve a sonar el celular. El mismo número. Atiendo, furibundo al mozo... pero es Nancy, que -quizá por primera vez en su vida- decide prestar su voz a esos engendros demoníacos. "Dónde -reprimo el 'carajo'- estás??? Le dije a tu hijo La Fonte d'Oro, de San Martín y Córdoba!!! Me vengo al de Yrigoyen, tampoco estás!!!" "Ah, no... yo estoy en el bar de enfrente de Plaza del Agua... me dijeron mal"

EPILOGO:
Me ocupo de que sea el mozo quien tome nota de la dirección del departamento adonde me dirigía. Lancé el ultimátum que en media hora estaría allí, y que después ya no se sabría de mi paradero. Fue de gusto, porque Nancy tardó cerca de una hora y pico en llegar, aunque de la Plaza del Agua, en Güemes,  hasta donde yo paro, medien unas quince cuadras a lo sumo.
La adiviné (ni siquiera hizo falta el dato de la camperita marrón), desde el balcón, junto a su hija adolescente, viniendo por la vereda correcta, cruzando a la de enfrente para comprobar que no era ése el edificio, volviendo a cruzar y dudando de subir la escalinata, para que -unos diez minutos después (seguirían las deliberaciones, ya no las alcanzaba mi vista)- sonara el timbre. Bajé, le devolví la tarjeta sin reproches, y me juré que la próxima vez que me ocurra algo similar, dejo sin remordimientos que el cajero automático sacie su apetito.



VIEJAS CHOTAS (4)


Anciana, a mi costado, en el súper. Góndola de galletitas. No repara en mi presencia. Manosea una bolsa de rosquillas, como las de Homero. Presiona cada vez más una rosquilla, hasta pulverizarla con sus dedos sarmentosos. "Están duras como una piedra", farfulla, en monólogo interior. Toma otro paquete, repite la operación, pero ahora destroza más unidades. Descarta, va por un tercero. Con éste, no llega a romper ninguna rosca, parece que su consistencia la convence y mete la bolsa en el chango.

Hay viejos y viejos de mierda.


sábado, 17 de diciembre de 2016

NEGOCIACION


Voy caminando y debo ingresar a una ruta, pasando antes por una base militar, cuyo personal civil está en huelga. Tomo un paracaídas que andaba abierto por ahí y me enfrento a la reja, dispuesto a congraciarme con los sublevados. Hago la venia con la mano equivocada, y se me acercan. Les pregunto el motivo de sus reclamos y me muestran la ropa que usan, en estado realmente deplorable. A su vez, indagan donde voy. Miento que a filmar una película donde hago de paracaidista que se tira de un barco. Le mando un barco, porque me parece que un avión es exagerar demasiado. "De un barco???", preguntan, incrédulos. O asombrados, porque quizá sepan de paracaidismo tanto como yo. Igual, no me dejan pasar hasta que termine la medida de fuerza, que se va a extender por 72 hs. Me dispongo a negociar, proponiendo dejar el paracaídas.




MENOS-MAS-IGUAL



Ya se perdió el día. No compré café. Las larvas seguramente se multiplicaron. En cambio, el muerto en el living sigue siendo único. Respecto al colectivo, quizá el sueño me indique si logró cruzar.
Ah... la reserva... se perdió junto con el día.