martes, 17 de marzo de 2020

FUERA DE HORA

Entramos en un bar a desayunar con mi mujer y mi suegro.
En el bar se sirven exquisiteces.
Veo como un mozo da los toques finales a un elaboradisímo postre con todo mimo y cuidado.
Voy al baño y cuando regreso, mi suegro había pedido carne. Sobre la mesa lucían seis enormes fuentes con pescetos y vacíos enteros, ristras de chorizos, dorados espirales apilados de salchichas parrilleras, tiras de asado, morcillones.
Yo sólo aspiraba -militante desde siempre de que cada comida vaya en su horario- a un café con una medialuna.
Miraba, por tanto, estupefacto la montaña de carne. Dado que la satisfacción de mi suegro era más que evidente, acallo la crítica. Apenas deslizo un comentario sobre la cantidad. Mi mujer, de común combatiente de los hábitos alimentarios de su padre, curiosamente ahora responde entusiasta que si sobra pesceto se puede llevar a casa. Yo pienso que dado el tamaño del pesceto no debe ser tan tierno como el que solemos comprar en la carnicería del barrio (la mejor de la ciudad, dicho sea de paso) y a ella le gusta. Pero no lo expreso.
A todo esto hago una seña al mozo pidiendo café. El mozo la capta y asiente de lejos. No me da para medialuna en medio de los efluvios cárnicos, que me revuelven el estómago a esa hora temprana.
Mi suegro insiste en que coma algo y me sirve en el plato salchicha parrillera.
No me animo a despreciarlo y pruebo un bocado a sabiendas que esa ingesta a deshora, fuera de su horario lógico, el almuerzo o la cena, pesará sobre mi conciencia durante el resto del día, lo mismo que si hubiese cometido un crimen.

martes, 10 de marzo de 2020

LOS DRUIDAS ARRUINAN LA FOTO

Un amigo, de muy baja estatura, encuentra los pantalones de un japonés tan bajito como él. Esto lo sabemos porque no bien se calza la prenda le queda de maravilla.
Para festejar el acontecimiento decidimos ver una película por televisión y llamamos a varios amigos más.
En un clima de distensión, comenzamos a disfrutar la cinta, pero la amiga de un amigo, que vino porque la invitó él, no mi amigo petiso ni yo, pone las piernas sobre la mesita del televisor, tapando la pantalla.
Me parece un abuso de confianza y así se lo hago saber.
Arranca una discusión que queda en conato apenas, porque justo se hace presente el japonecito dueño de los pantalones.
Mi amigo petiso accede al reclamo de devolución, pero antes que se efectúe, propongo sacar una foto de ambos, frente a frente, de cuerpo entero, para inmortalizar el curioso acontecimiento.
Pruebo en varios lugares, no sólo por la luz, sino fundamentalmente para dar idea de las proporciones en relación a otro objeto.
Hubiese sido fácil pedir a cualquiera de los presentes, de estatura normal, que posase junto a ellos. Pero de esa manera le restaría protagonismo a los dos bajitos.
Encuentro un muñeco de Panorámix revolviendo el caldero y decido que puede servir como perfecto contraste.
Pero cuando lo ubico entre mi amigo y el japonés, Panorámix, por un extraño artilugio propio de druida, comienza a desplazarse continuamente y todas las fotos salen movidas.

domingo, 16 de febrero de 2020

DOS VIAJES EN COLECTIVO

VIAJE  I

El viaje en colectivo duraría horas, lo que llaman larga distancia. 
Estaba preparado. La botellita de agua, la pastilla para dormir, los anteojos, un libro interrumpido por la mitad hacía tiempo.
Tenía antojo de un sándwich de salame y queso. Pensé que el olor del salame iba a contaminar la documentación que llevaba en el maletín y además no resultaría agradable para los otros pasajeros, así que opté por el jamón. 
Hubiese preferido la ventanilla, pero no tuve suerte.
Me tocó de compañero de asiento un señor mayor (mayor que yo, que ya tengo mis años). 
Rogué que no me diese conversación. Tampoco tuve suerte. 
No bien el colectivo salió de la terminal empezó a comentar sobre el tiempo. Traté en vano que mis lacónicas interjecciones lo desalentaran. Desplegó un vasto temario, haciendo hincapié en lo mucho que había cambiado el paisaje urbano desde la última vez que había viajado. 
Llegó por fin la pregunta Inevitable sobre mi destino. Fue fuerte la tentación de contestarle con la frase del tango: “contra el destino nadie la talla”. Primó la educación. Recordé aquellas historietas cómicas leídas en mi infancia en las que al preguntar el protagonista por una localidad los lugareños huían despavoridos. Me divirtió la posibilidad de causar ese mismo efecto. 
Todo lo contrario. 
"Sojomurjo" repitió mi compañero de asiento, como si hablase de un viejo conocido, y como si ése fuese el nombre del pueblo que le acababa de mencionar.

VIAJE  II

Mi destino era Capital pero por alguna razón que no recuerdo me detenía en un pueblito pequeño, intermedio en el trayecto desde Campana, pongámosle Benavídez, si es necesario nombrarlo.
Cumplido lo que lo que tendría que hacer ahí –no viene a mi memoria, repito- me disponía a esperar el tren que me llevase a Retiro.
Me resultaba curioso ver parar en el andén varios colectivos.
De pronto caigo en la cuenta que si bien el aspecto del lugar remitía indubitablemente a una estación de trenes, las  vías no existían.
Hago esa observación a otra persona que también se hallaba esperando y me comenta que hace tiempo que el tren no pasaba por allí, que se había convertido en parada de colectivos.
Le preguntó entonces si conocía alguno que fuese a Capital, no sabe decirme.
Salgo de la estación,  interrogo a personas que transitan por las calles de tierra aledañas, sin que nadie me preste demasiada atención, obteniendo a lo sumo un encogimiento de hombros por toda respuesta.
El paisaje urbano se hace cada vez más desolado y miserable.
Un viejo en musculosa, delante de una casa de estilo colonial en ruinas, con doble puerta de madera que debió ser majestuosa hace cien años,  me advierte de consecuencias graves por mi osadía de andar preguntando cosas que no debo:  voy a quedar encerrado en una celda pequeña de por vida. Me ordena que espere en la puerta, que volverá para detenerme, y entra.
Huyo de ese lugar
Se hace de noche y abandonó la idea de viajar a Capital. Decido volverme a Campana, lo cual quizás resulte más fácil.
Corro hacia un colectivo evidentemente local que se detiene en una esquina, levantando una fenomenal polvareda. Salto al estribo y le pregunto al colectivero, entre toses, dónde para el que va a Campana.
El colectivero me grita algo ininteligible, algo que suena como "zogomorfo",  mientras me hace señas imperativas que me baje.
"¿Zogomorfo?" –repito, mientras el coche arranca a toda velocidad. 
Una señora que está en la esquina, a mi lado, y que  oyó la breve conversación, ante mi desconcierto, me aclara que la respuesta  del colectivero fue "sojomurjo", pero que ella tampoco conoce el significado de la palabra.
Encuentro gente en mi misma condición, queriendo viajar a Campana,  y propongo tomar un taxi en conjunto.
Aparece uno antiguo, con varias plazas, pero los demás se abalanzan sobre él  y  me dejan afuera de la negociación del precio del viaje. Aunque finalmente la iniciativa fracasa, no sé si por el costo o por negativa del taxista.
Al borde de la desesperanza, veo un bus destartalado cuyo cartel reza Zárate. Consulto si hace parada en Campana. El colectivero me informa que no.
Resuelvo tomarlo de todas maneras. Ya encontraré la forma de llegar desde Zárate a Campana,  un tramo corto al fin y al cabo.
Aunque no lo merecen,  aviso a los del taxi de la alternativa. De nuevo me atropellan en malón, ascienden  y me dejan último.
El conductor me cobra el boleto más caro que a los otros, pero a esta altura opto por no protestar y pago calladamente. Toma el billete con desdén y sin darme vuelto se pone a conversar con uno de los pasajeros del primer asiento.
A medida que se anima la charla el locuaz chofer va abandonando el volante y la mirada en el trayecto, que se torna cada vez más intrincado. Atravesamos estrechas callejuelas, por las que el vehículo dobla cerradamente a toda velocidad, en maniobras increíbles y casi sin conducción. 
Por  fin salimos de la ciudad. Diviso delante un enorme castillo envuelto en una bruma violeta, que lo torna irreal.
La bruma termina por taparlo todo.
A esta altura el conductor  se encuentra  de pié y de espaldas a su  asiento,  imitando a pedido de los pasajeros un personaje de Porcel.
La fantochada concita la complacencia unánime del pasaje, sin que nadie se preocupe de que el colectivo marche a velocidad increíble sin conducción alguna.
Descarto mi última recurrencia a la lógica, o sea la posibilidad que un cacharro tan antiguo pueda estar dotado de algún tipo de dirección totalmente automatizada,  si es que tal cosa se hubiese inventado, y trato de ubicar en mi memoria  cuál personaje del gordo Porcel es el que causa tanta gracia a los demás. Sobre todo cada vez que el colectivero tuerce hacia un costado su corbata azul y repite un latiguillo que suena algo así como zogomorfo o sojomurjo, palabra más propia de su gremio que de cómico televisivo.

sábado, 18 de enero de 2020

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DEL TURISMO EN CÓRDOBA

En la mesa hay cuatro señoras mayores y un nene. Quizá también una pareja joven, eso no lo tengo muy presente, pero creo que alguna charla mantenía con otras personas aparte de las viejas. Lo concreto es que dos de ellas eran antiguas alumnas de teatro de grupos distintos, y en distintos tiempos y ciudades. Se ponen a hablar de que los argentinos somos todos descendientes de inmigrantes. Ahí salto con un: "¡Yo no, canejo!" Y sigo actuando un gaucho ofendido y pendenciero que defiende las virtudes de lo autóctono. Una de mis ex-alumnas, a la que me dirijo en particular, se asusta, se va desplazando lentamente de lugar en la mesa hasta huir. La otra ex-alumna me reprocha haberla espantado. Sigo la actuación con el chico, que me mira asombrado, pero enseguida me arrepiento y lo abrazo, riéndome. Comenzamos a recorrer juntos los pasillos del hotel. Yo lo dejo, puesto que me alojo en planta baja y él en primer piso. Llego a la habitación y veo por la ventana que da a un jardín, que mi suegro me había hecho lavar el auto por un mucamo. Ahora, mientras mi suegro le da charla, el mucamo termina de lustrarlo. Decido ir a bañarme. Me dirijo al cuarto de baño. Hay agua sucia en el piso. Pienso que alguien dejó la canilla abierta, pero no. Advierto que agua y barro llegan de afuera, del jardincito de delante de la habitación. Hasta en el picaporte hay un barro fétido que vaya a saber cómo subió hasta ahí. Corro a buscar al empleado del hotel que estaba lavando el auto, pero desapareció junto con mi suegro. Mi suegra me los señala a un par de cuadras, sentados en un banco de la calle, jugando a las cartas. Voy en esa dirección pero de pronto dejo de divisarlos. Ya pasé largamente la distancia que había calculado y no están por ninguna parte. Pienso en volver a pedir en recepción que solucionen el problema o me cambien de habitación, cuando alguien me llama a los gritos por mi nombre. Es un ex compañero de secundaria que no veo ni tengo contacto desde hace años. Ambos nos asombramos del hecho de coincidir en esa localidad cordobesa. Está con su mujer -amiga también de otros tiempos- que me saluda fríamente. Raro en ella, siempre fue simpática. Hasta el exceso de lo meloso, diría. Mi ex-compañero me pregunta si vine a hacer teatro. Le contesto que no, que estuve haciendo un par de funciones en Carlos Paz (aunque dudo que haya sido en Carlos Paz) pero que hoy parto para Cuba. Me despido, me urge solucionar lo del baño.


miércoles, 15 de enero de 2020

CUIDADO CON LOS LADRONES

Estoy de visita en un pueblo francés y voy a averiguar algo a la recepción del hotel. Me dispongo a volver a mi cuarto fumando, cuando me cruzo con un camarero que lleva una pila de ceniceros en difícil equilibrio. Me los tiende para que apague allí el cigarrillo. Lo hago de forma descuidada. Él insiste para que lo aplaste bien. Le comento irónicamente: "le feu est très dangereux, n'est ce pas?"
Me contesta, lacónico:"un peu", y sigue su camino.
Se dirige hacia un ascensor oculto en un rincón, que yo no había advertido hasta el momento. Voy detrás de él y descubro que en ese recodo se abre un pasillo que lleva a una galería de arte. Nada me apura y decido entrar a curiosear.
Se hallan en exhibición piezas muy originales.
En un cuadro, por ejemplo, se ve a dos personajes sentados en un sillón. Pero si se cambia el ángulo de visión - como sucede con los "trompe l'oeil" de Dalí- los tipos aparecen sumergidos en el mar.
Noto la existencia de una boletería, me acerco y me entregan un ticket amarillo.
Llegan dos argentinos jóvenes que en un francés macarrónico consultan si allí hay un Brueghel.
Les brindan indicaciones que no llego a entender del todo, pero estoy seguro que los mandan a otro museo.
Yo sabía que en esa ciudad no había nada de Brueghel -por lo menos de El Viejo, que es el único que me interesa-, pero la escena me despierta curiosidad.
Cuando quiero preguntarles a los argentinos ya han desaparecido.
Otra argentina, una señora muy fina, de mediana edad, me susurra que me cuide de los ladrones y se aleja.
Me digo: "qué tendrá que ver la advertencia en un lugar como éste?".
El marido de la señora, que venía detrás, como si me leyese el pensamiento, me aclara que es en la calle  donde se encuentran los ladrones. Y que ella había quedado muy traumada después de un robo.
Desde la misma galería de arte están por partir dos colectivos. El que tengo más cerca es rojo y el de atrás es blanco.
Me quedo tranquilo porque mi ticket es amarillo.
Cuando prácticamente han subido todos los pasajeros (lo de subir es literal, porque son coches muy altos y se accede a ellos por medio de enrevesadas escaleras) registro que la luz me ha jugado una mala pasada y que mi ticket es en realidad de color blanco.
Corro y le grito al segundo  chofer, agitando el ticket: "blanche??"
Afirma con la cabeza y detiene el cierre de las puertas. Subo jadeando las escaleras y le presento el ticket a través de una ventanilla. Me indica la contigua, donde a cambio de mi boleto me devuelve unos cuantos francos.


martes, 14 de enero de 2020

EMPEZAR EL DÍA

Me levanté hace minutos.
Salgo a la calle.
Cuando ya me preguntaba cómo hacer para movilizarme, llega mi hermano a devolverme las llaves del auto, que tenía desde el día anterior.
Lo cual soluciona además el problema de mi amiga, que necesita que la alcance hasta un lugar que me queda -no tan- de paso (mi amiga apareció de pronto en la calle).
Pienso que ojalá mi hermano no haya dejado el tanque vacío, lo cual es muy propio de él.
Le pido a mi amiga que me aguante, que antes de arrancar debo afeitarme y desayunar. No tiene apuro, se queda charlando en la vereda con el vecino de al lado, que se asomó al balcón. Mi amiga es simpática y bonita.
Entro al bar que está adelante de la casa y me acomodo en la barra, con la intención que mi suegra, que recién abre, me sirva un café. Si bien todavía no hay parroquianos, mi suegra y la empleada se muestran ocupadísimas y me ignoran.
Me resigno entonces a pasar al comedor y afeitarme.
En vez de hacerlo frente a un espejo, elijo el viejo teléfono rectangular y negro, de pared.
Cuando estoy terminando, noto que no enjaboné y rasuré mi cara. Que todo lo hice sobre el teléfono.

jueves, 19 de diciembre de 2019

CASI EROTICO

Voy cruzando la calle, cuando un colectivo le pega un brutal topetazo a un auto, que me alcanza a rozar de costado.
El impulso me tira contra una farmacia situada en la ochava de enfrente, con las puertas abiertas de par en par y con el piso regado de recetas.
Cuando logro estabilizarme pido disculpas por la entrada intempestiva, pero la farmacéutica minimiza el hecho frente a otro de aparente mayor importancia:
-¡No sabe lo que acabo de ver en la internet!- exclama.
-¿El precio del blue?- pregunto yo, casi divertido.
-¡Espere, espere, ya va a ver!
Y me muestra un monitor antediluviano, reiniciándose.
Una clienta se interesa en el tema y se pega a mí en el mostrador.
Observo como empiezan a cargarse lentamente las noticias del Google
-¡Espere, espere, ya va a ver!-, repite como un loro la farmacéutica.
Me aburro de esperar y le digo que mejor lo busco yo mismo en el celular, en el portal de Clarín.
-Yo nunca puedo entrar en Clarín- se queja entonces la farmacéutica.
Allí tercia el farmacéutico, que hasta ahora no había aparecido -hombre muy alto, de lustrosa calva e impecable guardapolvo-: 
-Yo siempre entro en Clarín...
-¡Porque navegarás de incógnito!- le espeta furiosa la farmacéutica.
En tanto, intento infructuosamente navegar en el móvil.
Mi vecina de mostrador, cada vez más pegada a mí, me imita, pero con envidiable destreza.
-¡Mirá, mirá!- me dice, mientras indica alborozada una imagen que acaba de encontrar y de inmediato coloca de fondo de pantalla.
La mía en cambio se ha llenado de puntitos blancos sobre un negro absoluto.
Pulso desesperado los puntitos, a ver si cambia algo.
-Manejás el celular como un viejto, pero tenés deditos muy hábiles-, me sorprende, pícara, la clienta.
Ahí reparo en que debido a la proximidad, los movimientos de mi mano le habían desprendido involuntariamente los botones de la blusa...
La farmacéutica por fin ubica la noticia que buscaba, se alarma del agravamiento de la situación, y decide cerrar las persianas de la farmacia.
Todo se oscurece.
Yo evalúo un segundo a la dama que tengo a mi lado y me sonríe, mirándome fijamente.
Me excuso por mi torpeza, como buen caballero.



domingo, 15 de diciembre de 2019

INFRACCIONES


Un auto estaciona frente a la ventana de mi departamento.
Que no es departamento alguno que sea o haya sido mío, ni siquiera que conozca.
Se me ocurre por primera vez que resulta muy curiosa esa irreverencia del sueño con la ley y la sarta de requisitos registrales que hacen al derecho de propiedad. En el sueño cualquier lugar es nuestro, así, de golpe, de facto, sin que medie dinero ni papelerío ni escribano ni nada. Aparte nadie viene a disputarte la posesión. El sueño es una de las formas más perfectas de socialismo que existen.
Vuelvo al auto.
No queda estacionado en la vereda, aclaro, sino contra la ventana misma, en un tercer o cuarto piso, sobre una especie de viga.
No alcanzo a preguntarme como llegó ahí, que veo otros autos estacionados de igual manera en los departamentos vecinos.
Como ocurrió con un sueño anterior, corrijo el argumento para que no me brinde la explicación fácil de una rampa o algo por el estilo (descubrí hace poco, después de esa experiencia, que existe algo llamado "sueño lúcido"... no en el sentido de ser consciente que se está soñando, lo cual es común, sino de guiar al sueño). Prefiero, decía, el misterio.
Se me ocurre que sería muy fácil abrir la ventana y empujar el coche al vacío. Y que no tendría penalidad por hacerlo, dado que el espacio que ocupa es indebido. Pero me abstengo.
Me pregunto qué significa y no tengo respuesta.
Sigo soñando entonces con estacionamientos anómalos, hasta que llego al sentido: se trata de dejar mal parado a otro.
Es un dilema, justamente, que debo resolver mañana temprano.


domingo, 8 de diciembre de 2019

GUIANDO AL SUEÑO

Dormiste mucho, pero decidís no despertar hasta que no hayas soñado ese sueño.
Cuando por fin empieza lo vas guiando, no vas a permitir que se dispare hacia donde quiera.
Subís lentamente los escalones de esa casa que hace décadas no pisás, que dejó de ser tuya para siempre.
Notás que la están restaurando, que se están dedicando a barnizar los zócalos de madera con un caoba de los antiguos.
No tiene que ser cualquiera quien esté a cargo del trabajo, no querés sorpresas desagradables.
Empezás a recorrer los ambientes desiertos y aparecen sensaciones dormidas en otros tiempos.
Cuando llegás al último, al más íntimo, no encontrás a quien suponías o esperabas, pero la persona que te recibe te dedica un abrazo cálido, que no es de reconciliación, sino de llanto por el mundo  definitivamente perdido. 

viernes, 22 de noviembre de 2019

VIEJAS CHOTAS (8): PESQUISA


Tocan el timbre en el departamento de Mar del Plata, lo cual es absolutamente infrecuente. Inquiero quién es, me responden con un graznido ininteligible. Abro con la traba puesta, se trata de una anciana desencajada que balbucea algo sobre un cuadro. Llamo a mi mujer -en definitiva es SU departamento-, para que se las entienda con la visitante.
La pregunta que finalmente concreta es si a nosotros nos molesta que tenga un cuadro en el palier.
Con paciencia, logramos descifrar que la buena señora habita en el piso de abajo, y tiene en su palier un cuadro, que encuentra a menudo descolgado.
Azorados, contestamos que no, que no nos molesta.
"Ah, entonces no son ustedes!" -concluye detectivescamente la anciana y parte a indagar a otros pisos.


TRAGALIBROS

La Biblioteca José Ingenieros se mudaba o cerraba, no era claro. Ya se corrían libros, estanterías, mesas, escritorios, sillas. Y el piano. Y una tragaperras que no recuerdo hubiese estado nunca allí. Yo detenía el traslado para hacer una última jugada, sin ficha alguna. Los rodillos se clavaban en los tres siete y la máquina expulsaba un aluvión impresionante de monedas. Marcaba sin embargo un premio que no era la gran cosa, apenas cuatrocientos pesos. Pasa que la gran mayoría de las monedas era de diez centavos. Me preguntaba -aparte de la forma de transportarlas- dónde carajo las iba a cambiar.


sábado, 20 de julio de 2019

VIEJ@S CHOT@S (7)


El viejo había intentado matarme tres veces esa noche. La primera con un puñal. La última con una ametralladora. La segunda no lo recuerdo.
Tenía sus razones, no voy a alegar inocencia.
Antes yo lo había incinerado en público con una ironía demoledora, pero innecesariamente cruel.
Todos los invitados la festejaron largamente y él se sintió humillado, lo supe desde el primer momento, aunque intentase disimularlo con una sonrisita de buen perdedor. Lo supe herido de muerte y dispuesto a lo que fuere para vengarse.
Yo había estado particularmente ingenioso esa velada.
Le dije por ejemplo a mis actrices: "chicas, por el bien de sus carreras, nunca más un gesto así en escena en el futuro". Y reproduje la gestualidad que les marcaba como un leitmotiv de la obra en que las estaba dirigiendo.
Yo mismo me divertí con esa ocurrencia.
Hacía mucho tiempo que no estaba de tan buen humor.
Y el viejo vino a arruinarlo.
La fiesta también tenía un brillo singular. La gente circulaba a su aire, relajada, copa en mano, por los distintos ambientes de la casona, que parecía recuperar su antiguo esplendor. 
No me engañaba, sin embargo... los pisos de madera podian hundirse en cualquier momento y el techo desmoronarse.
Le venía insistiendo a mi mujer que pasásemos la noche en la casa nueva. Un poco por la amenaza del caserón en sí, y otro por la del viejo, que ya había consumado su segundo ataque, el que no puedo recordar.
El primero lo vi venir. Asomaba del bolsillo de su saco el puñal -un estilete, más bien, era pequeño- y no lo sacó con la velocidad suficiente. Fue un solitario y pobre intento con ese arma y un rápido apaciguamiento a cargo de los comensales, que no tomaron en serio el incidente.
Después de frustrarse el segundo -presenciado por pocos, eso sí lo recuerdo- tuve la certeza que existiría una tercer acometida.
Por eso la urgía a mi mujer con el argumento que las puertas no cerraban bien, tornando la casa insegura, a mas del tema de los pisos y los techos.
Ella insistió en bañarse antes, y tuvo que salir en medio de la ducha semidesnuda, enjabonada, porque se había cortado el agua.
Mientras atendía sus quejas, veía como en el salón de al lado el viejo hacía girar el tambor de la ametralladora delante de una señora gorda, haciendole creer que era inofensiva.
La iba a descargar en el momento justo, contra mí. 
Iba a ser mortal para ambos, ahora sí...


domingo, 19 de mayo de 2019

IMAGENES



Una enorme cantidad de siluetas negras contemplaba la suelta de una enorme cantidad de globos negros.

Yo sacaba el celular para fotografiar. Abría la cámara. La impresionante escena se reflejaba en pantalla. Lo que no aparecía era el ícono de tomar la foto. No aparecía ningún ícono, en realidad.
En ese momento me daba cuenta que había muerto, que la muerte era eso, no poder fijar las imágenes.

martes, 30 de abril de 2019

SUEÑO 62

Se había acabado la tranquilidad en el teatro.
Hasta ahora, antes de nosotros, no había programada ninguna obra.
Ese día debutaba un elenco numerosísimo  y bullanguero, que hacía un Shakespeare.
Eran jóvenes y arrasaban con todo espacio que acostumbrábamos utilizar con comodidad. Pensaba en que ya no podríamos venir con tanta anterioridad a la hora de función, cuando  con un autoritario "¡permiso, permiso!", un pibe se puso a distribuir cubiertos en la larga mesa a la que estábamos sentados mi compañero y yo. Se ve que ampliaban hasta allí la puesta, porque la mesa no se hallaba ubicada en el área de escena. O sería para un festejo posterior, vaya uno a saber.
Con mi compañero optamos por salir un rato del teatro. Me llevé un manojo de cuchillos y tenedores distraidamente, sin ánimo de boicotear. Cuando reparé en lo hecho, me prometí  volver a ponerlos en el mismo exacto lugar, al regresar a la sala. 
Me dediqué a revolver en la batea de una feria de pulgas vecina, mientras le comentaba al otro actor la audacia de estos muchachos de meterse con un Shakespeare. Opiné que debían ser muy poco experimentados.  
Mi compañero me informó que los roles protagónicos estaban a cargo de prestigiosos intérpretes adultos . Reconocí que quizá me había dejado llevar por la molestia y el prejuicio.
No creo que haya hablado demasiado alto, pero detrás de mí escucho a una mujer gritar, histérica y autoritaria: "¿Por qué no se calla un poquito, eh?"
Entonces sí, con mi mejor voz impostada de actor, sin darme vuelta, modulé al vacío: "¿Por qué no se va a la reputísima madre que la reparió?"
Se hizo un silencio enorme en la feria. Comprendí que había cometido un error cuando veo venir una señora en silla de ruedas, seguramente la emisora del grito y destinataria de mi exabrupto.  Su condición de lisiada debía haberle ganado la simpatía de la gente, con el consecuente repudio hacia mí.
La señora, en vez de la furia que era de presumir, se mostraba calma. Se acercó mucho, se estiró hasta mi mejilla como pudo, y me dijo dulcemente al oído algo que no entendí. Le pedí que me lo repitiese. Me explicó que la orden de callar era una broma para otra persona.
Me disculpé y la invité a la función, lo que aceptó gustosa.
Al volver al teatro, notamos con mi compañero que empezaba a agolparse gente en la puerta para el estreno de la otra obra. Le pregunté cuál era la que hacíamos nosotros. "Escorial", me respondió.
Recordé que comenzaba con el Rey pidiendo que acallen a los perros. Pero no mucho más.


viernes, 22 de marzo de 2019

CUESTIONES CON LA INFANCIA

Pongamos que yo hubiese mencionado en una charla lo mucho que me gustaban los bocaditos Cabsha y el tipo me mandara algunos antes, como atención, no recuerdo bien.
El tema es que ahora me encuentro con el envío del correo en el escritorio, donde lo había dejado mi mujer o la empleada doméstica. Lo primero que advierto, al desenvolver el paquete, es una cantidad impresionante de bocaditos. La sorpresa no es por el obsequio en sí, sino por su magnitud. Inmediatamente, antes de seguir revisando, me aboco a comer. 
El envío se trata de un "clipping", que así se le llama, para quien no lo sepa, a las hojas arrancadas de diferentes números de una publicación. Específicamente, en la jerga comiquera,  se aplica a recopilaciones de un mismo título en (continuará), como en el caso, en que la revista es Billiken y la historieta Arturo el fantasma justiciero. Entregas salteadas de dos episodios de los que ya había conseguido hace tiempo los originales completos en ediciones francesas. De todas maneras estaba negociando esos recortes aparecidos en Mercado Libre porque las páginas de Billiken tenían su encanto particular. O porque quedaron fijadas en esa versión en mi infancia, cuando las leía.
La negociación no se había cerrado ni mucho menos. Yo había hecho una oferta sensiblemente menor a lo que pedía el mercader que las publicó. Ahora me las mandaba, pero contestando que no era posible aceptar mi oferta, que era buen negocio para mí comprarlas al precio fijado. Me ofrece, sí, la opción que me quede sólo con las páginas de uno de los episodios, a menor valor, lo cual no me parece interesante como propuesta. Los Cabsha, sea lo que fuese, venían de regalo. Menos mal, porque ya me había comido la mitad. 
El tipo prácticamente me había puesto en la obligación moral de pagar por el envío lo que él pretendía. Por un momento pensé ¿y qué pasa si hago un paga Dios?...

miércoles, 13 de febrero de 2019

ENSAYO CON VIVOS Y MUERTOS


Lo primero que debo aclarar es que todo sucedía en los pocos metros que van desde la Biblioteca José Ingenieros a la entrada principal del Teatro Coliseo de Zárate.
El ensayo empezaba muy mal.

Yo llegaba tarde, la sala de la Biblioteca se llovía y estaba lloviendo a cántaros. La cama que iba a formar parte de la escenografía se había empapado. Necesitaba sentarme un momento a pensar la forma de plantear la escena. Tenía claro que como actor no quería moverme mucho, que toda mí acción debía canalizarse a través de la palabra. No me aparecía ninguna idea, me frustraba, estaba desanimado. 
Salía a la calle con Javier Portales, que llevaba un sombrero rancho enorme que lo protegía de la lluvia. Pero enseguida el tiempo empezaba a mejorar. Aparecía el arco iris y veía en un kiosco un afiche que anunciaba el lanzamiento de la Satiricón. Por un momento me sentía feliz de estar junto a ese actor que después acompañaría a Olmedo y antes, en el Auditorio de Belgrano, había hecho Mademoiselle Jaïre, de Ghelderode, dirigido por Mario Rolla. Aunque igual eso sería después porque ahora  pareciera que estuviésemos en el '73. Por la Satiricón y las iniciales de Portales que son las de la gloriosa JP. Y por el arco iris en el cielo que preanuncia la primavera camporista. Ese tiempo también me hacía feliz.
Trasladamos el ensayo al Coliseo y las ideas aparecen. Siempre me situé mejor en los escenarios clásicos, a la italiana. Si bien trabajé en todo tipo de espacios nunca pude sustraerme a una temprana fascinación por ellos.
El telón de foro estaba levantado. Yo me situaba en proscenio como maestro de ceremonias. Un actor ya muerto pasaba por detrás de caja, distraído, pegado a la inmensa pared de ladrillos. Yo lo presentaba a la platea vacía como un médico. 
Una actriz -viva y con la que no solía llevarme bien- también pasaba casualmente por detrás y se me ocurre presentarla como "una actriz". Ella responde al estimulo de una forma que me agrada y me lleva a repetir de maneras varias "una actriz - un médico - un médico - una actriz", simultáneo a distintas modalidades de pasadas del actor muerto y la actriz viva. 
En el primer plano, le comento sotto voce a Portales que el actor estaba muerto y le sugiero que convendría que invitara a una oración por su alma, ubicándolo en el rol de un sacerdote, lo que él por supuesto capta al instante. 
El elenco se torna más numeroso y propicio, improvisando siempre, que se relaten anécdotas jocosas sobre el difunto. 
El ritmo fluye y puedo bajar a dirigir desde la platea. 
Una actriz joven y una actriz vieja están sentadas en un banco de plaza. A la vieja no la dirijo desde hace décadas, cuando ella y yo éramos jóvenes, pero enseguida responde a mi indicación que observe atentamente la manera en que la otra teje. Ambas en silencio, componen una escena maravillosa. 
Sin embargo la actriz mayor pronto se aburre, lo que hace que yo proponga un paréntesis en el ensayo. Todos se abalanzan sobre sus celulares que empiezan a sonar con alertas de mensajes. Uno, el de la actriz joven, tiene una musiquita particularmente irritante. No bien se silencia expiro un "aaahhh" de alivio que provoca risas. 
Salgo a fumar con un integrante del elenco, actor viejo y con mañas, padre de la actriz joven. 
En la ochava del Coliseo está el antiguo Piemonte y reparo en una vajilla rota sobre una mesa. Le aclaro al mozo que no fuimos nosotros. Como chiste, claro. Sin embargo el mozo y algunos comensales nos miran con desconfianza. 
El actor viejo comienza un fastidioso planteo acerca de sus problemas con los horarios de ensayos. Elijo no prestarle atención y sigo improvisando, esta vez a la manera atropellada y balbuceante de Sandrini, sobre las diferencias de altura de los edificios de las librerías Torchiana y Filippone, enfrentadas -aparte de comercialmente- en diagonal, bocacalle mediante. 
De pronto me asalta -una vez más- la preocupación de haber olvidado donde estacioné el auto.


viernes, 11 de enero de 2019

GRANDES BATALLAS


Un intendente de pueblo, sanmartiniano fanático, ordenó poner el nombre del Gran General a avenidas, calles, pasajes, cortadas, plazas y plazoletas. 
Los visitantes se confundían. Cuando preguntaban por una dirección, los lugareños les pedían una especificación con la que no contaban. A veces tenían suerte, y mencionando a la persona que buscaban, al ser conocida, podían orientarlos. De lo contrario, deambulaban horas y horas tocando timbres y golpeando puertas. 
El Consejo Deliberante, ante la problemática, decidió tomar el toro por las astas, y propuso -como para no desairar del todo al intendente- agregar a cualquier arteria que se llamase San Martín un número que la identificase con más claridad. 
El intendente, indignado, mandó al Consejo Deliberante una carta de puño y letra, calificando la iniciativa de "afrenta al Libertador", ya que según él, la cortada "San Martín 11", por ejemplo, degradaba diez veces su nombre.
Al Consejo Deliberante no le cayó nada bien la misiva. Ya en franca rebelión, emitieron una Ordenanza estipulando que todo lo que tuviese el nombre de San Martín en el pueblo, pasase a llamarse Belgrano.
El Intendente se amotinó en su despacho, munido de una enorme cantidad de piedritas que recogió de la plaza principal, y cada vez que salía un consejal del edificio de la Municipalidad, le arrojaba una.
Tenía buena puntería.


jueves, 10 de enero de 2019

DILEMA

En el patio frontal de la casa, había una lápida. Cuando empezamos las tareas de refacción descubrimos que la urna estaba enterrada en el patio de atrás. Existían tres posibilidades: a) enterrar la urna junto a la lápida; b) trasladar la lápida donde estaba la tumba y volver a enterrar allí la urna; c) tirar todo a la mierda. Me decidí por una cuarta. Dejé la urna junto a la lápida sin enterrar, a la vista de todos. Ahorré un trabajo extra y seguimos adelante con las refacciones.



miércoles, 9 de enero de 2019

TEATRO DENTRO DEL CINE

Estoy mirando la escena de una película en la que actué. Transcurre en un bar porteño de los '70, el ambiente es costumbrista. Pongo atención en las direcciones visuales de mi trabajo, en relación a los centros de atención que se van generando con la acción.  Trato de pescarme en algún momento vago o dubitativo. Me juzgo correcto, en general, aunque no brillante.
De pronto, paso a estar en la filmación misma. Espontáneamente me siento en una silla que otro actor acaba de abandonar. Sé que cuento con un margen de improvisación, pero dudo si no estorbaré la toma.
Alguien señala detrás de donde me ubico y giro la silla para observar.
En la pared del bar hay un boquete de dimensiones considerables. Del otro lado se ve algo así como una cueva, dividida en dos por estalagmitas que llegan casi hasta al piso. Sin embargo, un espacio adelante, entre ambos lados del hueco, permite la circulación entre uno y otro.
Aparece allí, desde la izquierda, un bicho extraño. Una especie de gallináceo, de tamaño considerable. Se detiene un momento en el centro y desaparece por derecha.  
Otro de su misma índole, pero más grande, hace el mismo recorrido. Y otro, y otro. Como si se tratase de un desfile que va aumentando en monstruosidad. El último de los animales se diría cercano en género a las ratas, antes que a las aves.
Se produce como un intervalo en el espectáculo, que hace que algunos nos animemos a acercarnos al boquete.
Veo, en el sector izquierdo, al fondo,  un aula escolar repleta de chicos sentados. Algunas nenas advierten nuestra presencia. Les saco la lengua y les hago caras feas. 
Veo también, de costado, de atrás, el escritorio de las maestras (son dos). Alcanzo a leer un temario que se encuentra  allí. Aparecen resaltadas las palabras "Terrorismo" y "Subversión".



lunes, 7 de enero de 2019

AUTO VOLADOR

Era muy simple, como un enroque. Se lo indiqué. Cuando la mujer del tipo sacara marcha atrás el auto del garaje, el tipo metía mi camioneta ahí y se subía al auto de la mujer, que tenía así vía libre para salir. Pero no. Arrancó a toda marcha para el lado del peaje del country, y conmigo adentro. No entendí qué pretendía, pero evité importunarlo con mis indicaciones. Cuando quise acordar ya entrábamos en ruta. Llovía y estaba muy resbaladizo. Me pregunta qué tiene que hacer ahora. Le digo que girar en "u", pero con mucho cuidado por el estado del pavimento y por los autos que venían de la mano contraria. Es entonces cuando un coche, delante nuestro, patina y se eleva verticalmente hasta desaparecer de mi vista para instantes después caer despatarrado. Me apodero del volante, en una arriesgada maniobra lo esquivo, al tiempo que doblo pronunciadamente y me meto a la buena de Dios, en el tráfico de retorno al country.