domingo, 26 de abril de 2020

CUARENTENA (III): SINTAGMA

"A flor de labios" y "en la punta de la lengua" son diferentes expresiones antiguas, aunque con alguna similitud.
Si bien ambas aluden a palabras por pronunciarse, la primera expresa lo que se está a punto de decir, pero no se dice, se inhibe. La segunda, lo que se intenta decir, pero no se puede, porque no se recuerda.
Además, "a flor de labios" es una cursilería pretendidamente poética, propia de Corin Tellado, mientras que "en la punta de la lengua" pertenece a la jerga popular.
Ejemplos:
a) "Rigoberto tenía un 'te amo' a flor de labios, pero temía el rechazo de la bella Josefina"
b) "¿Cómo mierda se llamaba el tipo? ¡Lo tengo en la punta de la lengua, carajo! "
Hoy me levanté con una palabra a flor de labios: "sintagma". No la podía pronunciar porque de haberlo hecho, a modo de un buenos días, mi mujer, que aparte del número para llamar por el coronavirus tiene a mano el de un instituto psiquiátrico, no hubiese dudado en agarrar el teléfono, convencida ya de lo irreversible de mi estado.
Curiosamente la palabra "sintagma" significa una palabra. O un conjunto de ellas. Sin embargo, sospecho que mi mente hizo un juego de palabras con "sin Tac", lo cual me lleva a múltiples asociaciones.
Por ejemplo, al diferendo que manteníamos anoche, en nuestro almacén para celíacos, con mi socio, respecto al precio de dos productos que estaba adquiriendo una señora muy formal, de saco sastre y pollera. Mi socio, que se los había despachado, no recordaba qué productos eran y por lo tanto yo no podía calcular el monto a cobrarle. La señora estaba ahí, delante nuestro, bastaba con pedirle que nos mostrase los artículos que había puesto en su cartera. A ninguno de los dos se nos ocurrió esa idea. A la señora tampoco. Finalmente, llegamos al acuerdo con mi socio que se trataba de X pesos. Se lo transmito a la señora, y ella me entrega un billete enrollado, que me llama la atención por su brillo plateado. Pensé que era una nueva emisión, pero al desenrollarlo advierto que se trata de un envoltorio de alfajor. Se lo exhibo a la señora, que con vagas excusas respecto a que se lo habían dado en otro comercio, emprende la retirada con la mercadería impaga. La sigo a la calle, la increpo. Ella busca refugio en el local contiguo, una peluquería. Curiosamente, un sillón se sitúa de frente a la puerta de entrada y la señora se desploma allí con las piernas abiertas, revelando que no lleva ropa interior. Aparto la vista del bochornoso espectáculo y me dirijo a las peluqueras, que salen a defenderla. Trato de explicar lo sucedido, pero rápidamente me doy cuenta que no tengo chance contra esas arpías, que debo resignarme a la pérdida.
Más allá del negocio, nunca visitó mi casa tanta cantidad de conocidos, como en esta cuarentena. Por ejemplo anoche, llegó un amigo con el que nos pusimos a charlar, entusiastas. Con la conversación, olvidé la cortesía elemental de ofrecerle algo de tomar. Cuando lo advierto, me disculpo y me levanto para preparar café. Le pregunto con qué quiere acompañarlo. Me responde, como si fuese obvio: " Con amarettis", y veo que me señala los que ha traído.
Debo estar extrañando ir a tomar café. No con amarettis, que ya no los sirven más. Ahora ni siquiera sirven café, porque todos los bares están cerrados. No sólo Drac, que cerró hace bastante, y era mi lugar en el mundo para tomar café.
También debo estar extrañando a algunas personas. Anoche paseaba con una, otrora muy querida y por décadas distante. Notaba en la calle los efectos de la flexibilización de la cuarentena, eran muchos los paseantes, ya sin barbijos, respirando libremente la brisa –parezco Corín Tellado, perdón- de una hermosa tarde de otoño.
Nos confesábamos con esta persona rencores y afectos largamente guardados. Y lo hacíamos con absoluta placidez, ya sin rencores ni afectos. Nos informábamos sobre qué había sido de nuestras vidas en tanto tiempo. Fluían tranquilas las palabras, no quedaban a flor de labios, practicábamos el elevado ejercicio de la reconciliación.
Donde reconciliación tendría que ser el núcleo del sintagma.


viernes, 24 de abril de 2020

CUARENTENA (II): INTRUSOS

Cuando vuelvo de la calle y subo al altillo me encuentro con dos jóvenes sentados en las antiquísimas butacas de un cine-teatro en el que cantó Gardel.
Los interpelo como intrusos hasta que logro comprender que fue mi mujer quien les permitió pasar, que me estaban esperando para hacerme una propuesta.
Me guardo para después el cuestionamiento a mi mujer por haberle permitido a dos desconocidos la profanación de mi santuario, y dejarlos ahí sin vigilancia. Encima, para colmo de desatinos, en tiempos de pandemia.
Les pregunto de mala manera qué quieren.
Me explican que conforman un elenco de teatro y que necesitan un director para una obra ya elegida.
Les hago saber que a esa misma pieza la monté hace muchos años.
Es apenas un comentario el mío, pero lo toman como que quiero repetir el montaje y se atajan con que ellos ya tienen su versión armada.
Enfurecido, los mando a que entonces se encarguen también de la puesta, y los echo.
Una vez que se van, dudo qué hacer primero. Si ponerme a desinfectar el altillo o verificar que no me hayan robado ninguna revista.

sábado, 18 de abril de 2020

OTRO ENSAYO

Estamos en etapa de ensayos de una obra de mi autoría, que Mauricio protagoniza. Yo también actúo en un rol secundario. No tengo claro quien dirige. La acción transcurre en la piecita de la terraza de un conventillo y los personajes son todos marginales. El casting no ha sido acertado. El mayor problema actoral consiste en que Mauricio supere la pronunciación cheta. Termina mi escena y le sucede una en la que dos atorrantes deben entrar por la ventana de la piecita. El lugar de ensayo es real, se corresponde exactamente con la exigencia escenográfica, como si se tratara de cine en vez de teatro. Uno de los actores de la próxima escena faltó. Decido reemplazarlo. Trepamos con el compañero por una frágil escalerita de metal, él se mete primero en la pieza y yo me quedo asomado a la ventana. En ese momento me toca meter un bocadillo. Mauricio -que no estaba al tanto del reemplazo - me mira como preguntando qué hago ahí. Me salgo entonces del libreto -que en definitiva es mío-, y le digo: "¡Uy, el presidente!". Mauricio se desconcierta aún más y esboza una sonrisa tonta. No sabe si es una ocurrencia o una cargada. Esa candidez suya me da un poco de ternura.


viernes, 17 de abril de 2020

MOCHILAS

Con Tato hace décadas que no me hablo, aparte ya lleva varios años de muerto, sin embargo ahora discurre conmigo como en aquellas épocas en que me tenía de interlocutor privilegiado, monólogos suyos de horas. El tema es la muerte, justamente. La gente que mató. No está seguro de la cifra, serán unos seis o siete, me dice, sin contabilizar unos tipos que intentaron asaltar su casa de Belgrano, él empezó a los tiros con un rifle y cree haberle dado a uno, cuando escapaban trepando el tapial del fondo. Ese no sabe si murió o sólo quedó herido. Afirma no sentir ninguna culpa por esos asesinatos, que cuando se mata se mata. Yo ensayo una débil argumentación: quizá, una vez superado lo de la primera muerte... Me mira desde la rotundez de psicólogo infalible, con sus hirsutas cejas tensas y entiendo que desaprueba lo que digo, que nunca sintió culpa, y que es mejor que me calle, que me guarde el repudio moral, porque Tato siempre hace como que tiene en cuenta tus objeciones, pero en el fondo no le gusta que lo contradigan. Llega en ese preciso momento, para interrumpir la incómoda escena -es acertado hablar de escena, porque estábamos a punto de ensayar, en el aula escolar de altos ventanales-, interrumpe/irrumpe, retomo, el General Perón. Soy el primero en notar su presencia, me cuadro militarmente y hago la venia al tiempo que saludo con un potente "¡Mi General!". No obstante soy el último en acercarme a él. El Viejo se demora en un abrazo conmigo. Siento profundamente la calidez y sinceridad del abrazo. Luego se pone a disertar con esa fascinación que emana de sus anécdotas, del fluir del relato, de toda su persona. A diferencia de Tato, que siempre me pone tenso escucharlo, como si fuese un profesor que al tiempo que habla te estuviese evaluando, al Viejo se lo atiende con absoluta placidez. Ya saliendo del lugar, me excuso para ir al baño y dejo la enorme mochila negra que porto, en la esquina del bar (salimos de un bar, ahora). Tato y el Pocho conversan animadamente y no sé si registran mi pedido que la cuiden, pero igual la dejo, en la certeza que nadie la va a robar. Cuando vuelvo ha llovido y no queda ninguno de los que estaban (Susy formaba también parte del grupo). Localizo tres altas mochilas negras en la puerta del bar, pero no en el sitio exacto en que dejé la mía. Creo reconocerla en la que se encuentra mas cerca de la entrada. La toco, está muy mojada, me pregunto si la humedad no habrá atravesado la tela supuestamente impermeable - o quizá por defecto de alguno de los cierres- y alcanzado el contenido. Abro un bolsillo y compruebo, por el montón de chips de jamón y queso, envueltos en celofán, que no se trata de mi mochila . Interrumpe la inspección un muchacho morocho alto, delgado, con acento peruano o venezolano, que sale del bar cargando más sandwichitos. Por el gesto antes que por lo que dice, entiendo que resulta ser el dueño de la mochila. Me pregunto para qué querrá tantos chips, sin que se me ocurra pensar en ese momento que podían estar destinados a un ágape o que el pibe fuese repartidor del bar. Sólo me cabe la intriga de cómo una persona tan flaca puede llegar a ingerir todo eso, solito su alma. Me disculpo por el error y me voy silbando bajo un tango de Arolas.


miércoles, 15 de abril de 2020

CUARENTENA (I): SHOWMAN QUEJOSO

El movimiento de la calle Corrientes es el habitual de los sábados a la noche. O mayor aún.
En la cartelera de un importante teatro se anuncia una compañía española de zarzuela. La enorme foto exhibe damas y caballeros vestidos de época, portando barbijos. Yo debo abrirme paso, esquivando el flujo constante de personas. En un momento en que me detengo para no chocar con la multitud, un señor mayor, que hace apiñado la cola para entrar a una pizzería, me exige que guarde distancia preventiva. 
Sigo mi ruta como puedo hasta llegar a la transversal donde estacioné, muy cerca de la esquina. A pié, parado por el semáforo, reconozco a una otrora conocidísima estrella de café concert que habla a los gritos por celular. Entiendo que su interlocutor es el jefe de gobierno porteño. Le reclama pletórico de chillona indignación que fue estafado en su buena fe. Que mientras él debió suspender el estreno de su show por la cuarentena, comprueba que todo funciona y que la avenida es un caos de gente. Encima, pertenece al gupo de riesgo por edad. 
Distraído en esto, en el instante mismo en que mecánicamente acciono la llave para destrabar las puertas del auto, me abordan tres colegialas con uniforme de instituto particular secundario: típico suéter azul escote en V y pollerita a cuadros. No encajan en la escena nocturna. Entiendo de inmediato que se trata de un robo, estafa o chantaje. Intentan subir al asiento de atrás, donde justo dejé un bolso con bastante dinero. Es tarde para volver a activar el mecanismo, ya abrieron. Tengo absoluta conciencia que cualquier forcejeo puede derivar en una denuncia de acoso o incluso pedofilia, de modo que me limito a llamar a la policía, pero mi pedido de auxilio se confunde con los chillidos histéricos del showman. Le grito que se calle de una vez por todas. Deja el teléfono pero no los chillidos, que ahora dirige contra mi persona. Una de las chicas aprovecha la confusión y sale corriendo con el bolso. Las otras dos me exigen que las alcance a no sé qué lugar, porque en momentos como estos no se puede confiar en los taxistas.


martes, 7 de abril de 2020

ÚNICA PROFESIÓN

Si bien desde que guardo memoria estaba jubilado, sabía que tío Emilio siempre había sido sastre y en eso acordábamos con mi padre.
Se me ocurre entonces preguntarle a papá -después de muchas décadas de muerto tanto él como su hermano, más mi tío que había nacido en 1898- algo que nunca en vida de ellos se me dio por preguntar... aunque no es de descartar que lo haya hecho y olvidado la respuesta, suele suceder lo de tomarle cariño a la pregunta y atesorarla, como si nunca hubiese sido satisfecha.
Mi curiosidad radicaba en la maestría con que Emilio ejercía su profesión.
Mi padre comienza a ensalzarlo, aunque inmediatamente relativiza un tanto el entusiasmo, ignoro por qué. Podría especular que interfiere un viejo encono o una velada envidia, pero no encuentro demasiado fundamento, se trata apenas de un ínfimo matiz, quizá hasta subjetivo de mi parte.
Mi segunda intriga se refiere a si ejercía su oficio en un local propio, ajeno, o en la misma casa familiar.
No llego ni siquiera a plantearla, porque justo ahí pasamos a estar de acuerdo con mi padre en que tío Emilio había dedicado por entero su vida a la fotografía.
De sobra sé que estaba peleado con todos sus hermanos (salvo con papá), de allí se explica que en la casa no hubiese fotos de mis otros tíos, o sea Ramón, Felipe y Lola... aunque con Lola al menos se hablaban.
Sin embargo, si lo pienso bien, recuerdo que sí había retratos de mis otros tíos, pero de muy jóvenes. Retratos enormes, ovalados, de marcos gruesos y oscuros.
Es posible que en la juventud todavía no hubiesen estallado las rencillas que se manifestaron en la adultez y se prolongaron luego durante el resto de sus existencias.
Pero ¿y la cámara? ¿O las cámaras? ¿Dónde estaban? Deben ser muy valiosas esas cámaras, hoy en día.
Papá me explica que una vez muerto tío Emilio se las prestó primero a uno, luego a otro, y que finalmente les perdió el rastro.
Pero que sí quedaban en la casa familiar excelentes trajes de confección, obra de tío Emilio.


miércoles, 18 de marzo de 2020

ES HORA DE CUIDARSE

No fue la noticia del avance cada vez más veloz de la pandemia, ni la alarmante cifra de muertos, ni ningún informe médico sobre el virus,  lo que lo decidió a salir de su casa por última vez. 
Era paciente de alto riesgo por edad y décadas de fumador, por lo que se había declarado  antes que nadie en cuarentena por tiempo indeterminado. 
Pero cuarentena en serio, nada de irse a vacacionar a Monte Hermoso como hacían los idiotas. Cuarentena de encerrarse, de no ver ser humano alguno, de aislarse por completo en su casa.  Al punto que electrificó el timbre de la entrada-con un cartel de advertencia, eso sí, no perdía el sentido humanitario- para que nadie se acercase. No fuese cosa que llegara hasta su umbral uno de esos mendigos que solían molestarlo, gente de común transmisora de enfermedades, cuánto más ahora.
Tenía ya suficientes víveres acopiados. 
Había deliberado  bastante consigo mismo dónde adquirirlos. Descartó rápidamente las cadenas de súper a las que  concurría todo el mundo. Y desde ya los chinos, que no obstante vivir acá, podían recibir alguna correspondencia que transportase la peste, o tener un pariente que regresó de China recientemente ,  escondido en un sótano igual que en la película de los parásitos,  o comer ratones y murciélagos y reproducir las mismas condiciones que se dieron en  Juwán, o como mierda se pronunciase esa localidad del orto en la que se inició la pesadilla. Y hasta desechó un mercado del barrio, porque solía juntarse gente en horas pico. Optó por un pequeño almacén de los de antes, ubicado a varias cuadras, con una dueña prehistórica y antipática, pero con buenos precios y aceptable surtido. Y lo más importante: allí nunca se cruzaba con nadie.
También, precavido como era, había llegado a tiempo a la farmacia en momentos en que todavía se conseguía alcohol en gel, jabones desinfectantes  y barbijos.
Sólo le inquietaba  no haber previsto dos artículos: cloro y repelente. En mitad de marzo, después de bajar la temperatura, el calor estaba amagando retornar con todo según el pronóstico,  y por ende la pileta se llenaría de mosquitos. Lo cual implicaba que, si bien se sentía  a salvo del coronavirus, el dengue acecharía  en su propio patio. Existía la alternativa de no pisarlo siquiera y de no  abrir las ventanas hasta que se instalase por completo el frío, pero necesitaba del aire puro por el EPOC.  Otra opción consistía en vaciar y limpiar la pileta ahora, con temperatura todavía baja, pero temía que esa tarea le provocase un resfrío que le mermase aún más las defensas.  Se debatía pues en la duda hamletiana de enfrentar o no el riesgo de salir al exterior para realizar la compra de esos dos productos esenciales.
Cuando escuchó por radio que Netflix había abandonado el proyecto de filmar El Eternauta, cediendo los derechos  a la Disney, recién entonces, en ese exacto momento, tomó conciencia de la dimensión del asunto. La gravedad iba bastante más allá de sus cálculos, de por sí catastróficos, si la ficción apocalíptica imaginada por Oesterheld, confrontada con esta realidad,  iba camino a convertirse en una comedia reidera para toda la familia. Fue así que decidió encarar la calle por última vez.
Munido de barbijo, guantes, bañado en alcohol en gel y con un cuchillo con vaina atravesado en el cinto, a lo gaucho, por si alguien pretendía acercársele, subió al auto y enfiló  veloz a la casa de artículos de limpieza donde vendían cloro a granel. 
Al llegar, notó con satisfacción que el mostrador se había trasladado a la puerta del comercio, de modo de mantener la adecuada distancia. Vio también una excelente oferta de papel higiénico: cuarenta y ocho rollos por apenas ochocientos y pico de pesos. Otra cosa que se le había pasado por alto,  porque en el momento en que se abasteció aun no tenía el dato de la necesidad del producto, corroborada por la demanda masiva del mismo. Lo incluyó en el pedido desde lejos,  a los gritos. Preguntó el total, arrojó los billetes al mostrador. Exigió que el vendedor dejase  bidones, bolsita con Off en crema, en aerosol, y líquido, más rollos en la vereda y se alejase. Cumplida fuera la orden,  cargó la compra en el baúl y partió raudo. 
Llegado a su fortaleza tomó todos los recaudos de desinfección necesarios, con los elementos que previsoramente había dejado a mano en el vestíbulo, tal como si se tratase del gabinete de desinfección de una nave espacial. Luego se untó de repelente de mosquitos de la cabeza a los pies y salió al patio. Vestía un jogging y un buzo viejos, pero en ojotas, por experiencias anteriores en que las salpicaduras de cloro puro le arruinaron zapatos y medias.
Cargó el balde hasta la mitad con el bidón, y el resto lo llenó de agua con la manguera. Luego lo levantó con energía –pesaba bastante, era un balde plástico de diez  litros- para arrojar el contenido a la pileta. Pero en la acción pegó un resbalón provocado por la crema repelente que se había pasado en la planta de los pies, por si las moscas -los mosquitos, en el caso-.
Cayó junto con el balde, de mala manera, dentro de la pileta y fue a dar con la cabeza en uno de los bordes.
El golpe lo atontó.
Se despabiló recién en el fondo, cuando empezó a tragar agua.
Con rapidez emergió y se aferró de la baranda de la escalera. Tosió y escupió un buen rato.
Por fin recuperado, pensó en la paradoja que hubiese sido morir ahogado, en vez a causa de los males de los que huía.
Se sacó la ropa y la colgó en el tenderero.
Entró corriendo a la casa. Tiritaba y apestaba a cloro. Se metió de inmediato en la ducha caliente, para sacarse el olor y para evitar un resfriado.
"Deber cumplido", se dijo después de secarse y ponerse la bata.
Así, en bata, se preparó un almuerzo ligero. Comió con apetito y se acostó a hacer la siesta.
A punto de dormirse, sintió un leve cosquilleo en la pierna desnuda. Manoteó instintivamente. Comprobó que había aplastado una pequeña araña de rincón.
Se despertó con nauseas, trastabilló hasta el baño, vomitó. Volaba de fiebre. 
Trató de recordar si los síntomas se correspondían con el dengue o el coronavirus. 
No podía pensar con claridad, no sabía dónde había dejado el celular. Llegó como pudo al teléfono de línea. En la agenda ubicada junto al aparato figuraban  anotados  los números  de emergencia. Si bien eran grandes, se le nublaba la vista, no alcanzaba a divisarlos. 
Finalmente identificó... un uno... un cuatro... un ocho...
No llegó a marcar.
La picadura de araña resultó fatal.

martes, 17 de marzo de 2020

FUERA DE HORA

Entramos en un bar a desayunar con mi mujer y mi suegro.
En el bar se sirven exquisiteces.
Veo como un mozo da los toques finales a un elaboradisímo postre con todo mimo y cuidado.
Voy al baño y cuando regreso, mi suegro había pedido carne. Sobre la mesa lucían seis enormes fuentes con pescetos y vacíos enteros, ristras de chorizos, dorados espirales apilados de salchichas parrilleras, tiras de asado, morcillones.
Yo sólo aspiraba -militante desde siempre de que cada comida vaya en su horario- a un café con una medialuna.
Miraba, por tanto, estupefacto la montaña de carne. Dado que la satisfacción de mi suegro era más que evidente, acallo la crítica. Apenas deslizo un comentario sobre la cantidad. Mi mujer, de común combatiente de los hábitos alimentarios de su padre, curiosamente ahora responde entusiasta que si sobra pesceto se puede llevar a casa. Yo pienso que dado el tamaño del pesceto no debe ser tan tierno como el que solemos comprar en la carnicería del barrio (la mejor de la ciudad, dicho sea de paso) y a ella le gusta. Pero no lo expreso.
A todo esto hago una seña al mozo pidiendo café. El mozo la capta y asiente de lejos. No me da para medialuna en medio de los efluvios cárnicos, que me revuelven el estómago a esa hora temprana.
Mi suegro insiste en que coma algo y me sirve en el plato salchicha parrillera.
No me animo a despreciarlo y pruebo un bocado a sabiendas que esa ingesta a deshora, fuera de su horario lógico, el almuerzo o la cena, pesará sobre mi conciencia durante el resto del día, lo mismo que si hubiese cometido un crimen.

martes, 10 de marzo de 2020

LOS DRUIDAS ARRUINAN LA FOTO

Un amigo, de muy baja estatura, encuentra los pantalones de un japonés tan bajito como él. Esto lo sabemos porque no bien se calza la prenda le queda de maravilla.
Para festejar el acontecimiento decidimos ver una película por televisión y llamamos a varios amigos más.
En un clima de distensión, comenzamos a disfrutar la cinta, pero la amiga de un amigo, que vino porque la invitó él, no mi amigo petiso ni yo, pone las piernas sobre la mesita del televisor, tapando la pantalla.
Me parece un abuso de confianza y así se lo hago saber.
Arranca una discusión que queda en conato apenas, porque justo se hace presente el japonecito dueño de los pantalones.
Mi amigo petiso accede al reclamo de devolución, pero antes que se efectúe, propongo sacar una foto de ambos, frente a frente, de cuerpo entero, para inmortalizar el curioso acontecimiento.
Pruebo en varios lugares, no sólo por la luz, sino fundamentalmente para dar idea de las proporciones en relación a otro objeto.
Hubiese sido fácil pedir a cualquiera de los presentes, de estatura normal, que posase junto a ellos. Pero de esa manera le restaría protagonismo a los dos bajitos.
Encuentro un muñeco de Panorámix revolviendo el caldero y decido que puede servir como perfecto contraste.
Pero cuando lo ubico entre mi amigo y el japonés, Panorámix, por un extraño artilugio propio de druida, comienza a desplazarse continuamente y todas las fotos salen movidas.

domingo, 16 de febrero de 2020

DOS VIAJES EN COLECTIVO

VIAJE  I

El viaje en colectivo duraría horas, lo que llaman larga distancia. 
Estaba preparado. La botellita de agua, la pastilla para dormir, los anteojos, un libro interrumpido por la mitad hacía tiempo.
Tenía antojo de un sándwich de salame y queso. Pensé que el olor del salame iba a contaminar la documentación que llevaba en el maletín y además no resultaría agradable para los otros pasajeros, así que opté por el jamón. 
Hubiese preferido la ventanilla, pero no tuve suerte.
Me tocó de compañero de asiento un señor mayor (mayor que yo, que ya tengo mis años). 
Rogué que no me diese conversación. Tampoco tuve suerte. 
No bien el colectivo salió de la terminal empezó a comentar sobre el tiempo. Traté en vano que mis lacónicas interjecciones lo desalentaran. Desplegó un vasto temario, haciendo hincapié en lo mucho que había cambiado el paisaje urbano desde la última vez que había viajado. 
Llegó por fin la pregunta Inevitable sobre mi destino. Fue fuerte la tentación de contestarle con la frase del tango: “contra el destino nadie la talla”. Primó la educación. Recordé aquellas historietas cómicas leídas en mi infancia en las que al preguntar el protagonista por una localidad los lugareños huían despavoridos. Me divirtió la posibilidad de causar ese mismo efecto. 
Todo lo contrario. 
"Sojomurjo" repitió mi compañero de asiento, como si hablase de un viejo conocido, y como si ése fuese el nombre del pueblo que le acababa de mencionar.

VIAJE  II

Mi destino era Capital pero por alguna razón que no recuerdo me detenía en un pueblito pequeño, intermedio en el trayecto desde Campana, pongámosle Benavídez, si es necesario nombrarlo.
Cumplido lo que lo que tendría que hacer ahí –no viene a mi memoria, repito- me disponía a esperar el tren que me llevase a Retiro.
Me resultaba curioso ver parar en el andén varios colectivos.
De pronto caigo en la cuenta que si bien el aspecto del lugar remitía indubitablemente a una estación de trenes, las  vías no existían.
Hago esa observación a otra persona que también se hallaba esperando y me comenta que hace tiempo que el tren no pasaba por allí, que se había convertido en parada de colectivos.
Le preguntó entonces si conocía alguno que fuese a Capital, no sabe decirme.
Salgo de la estación,  interrogo a personas que transitan por las calles de tierra aledañas, sin que nadie me preste demasiada atención, obteniendo a lo sumo un encogimiento de hombros por toda respuesta.
El paisaje urbano se hace cada vez más desolado y miserable.
Un viejo en musculosa, delante de una casa de estilo colonial en ruinas, con doble puerta de madera que debió ser majestuosa hace cien años,  me advierte de consecuencias graves por mi osadía de andar preguntando cosas que no debo:  voy a quedar encerrado en una celda pequeña de por vida. Me ordena que espere en la puerta, que volverá para detenerme, y entra.
Huyo de ese lugar
Se hace de noche y abandonó la idea de viajar a Capital. Decido volverme a Campana, lo cual quizás resulte más fácil.
Corro hacia un colectivo evidentemente local que se detiene en una esquina, levantando una fenomenal polvareda. Salto al estribo y le pregunto al colectivero, entre toses, dónde para el que va a Campana.
El colectivero me grita algo ininteligible, algo que suena como "zogomorfo",  mientras me hace señas imperativas que me baje.
"¿Zogomorfo?" –repito, mientras el coche arranca a toda velocidad. 
Una señora que está en la esquina, a mi lado, y que  oyó la breve conversación, ante mi desconcierto, me aclara que la respuesta  del colectivero fue "sojomurjo", pero que ella tampoco conoce el significado de la palabra.
Encuentro gente en mi misma condición, queriendo viajar a Campana,  y propongo tomar un taxi en conjunto.
Aparece uno antiguo, con varias plazas, pero los demás se abalanzan sobre él  y  me dejan afuera de la negociación del precio del viaje. Aunque finalmente la iniciativa fracasa, no sé si por el costo o por negativa del taxista.
Al borde de la desesperanza, veo un bus destartalado cuyo cartel reza Zárate. Consulto si hace parada en Campana. El colectivero me informa que no.
Resuelvo tomarlo de todas maneras. Ya encontraré la forma de llegar desde Zárate a Campana,  un tramo corto al fin y al cabo.
Aunque no lo merecen,  aviso a los del taxi de la alternativa. De nuevo me atropellan en malón, ascienden  y me dejan último.
El conductor me cobra el boleto más caro que a los otros, pero a esta altura opto por no protestar y pago calladamente. Toma el billete con desdén y sin darme vuelto se pone a conversar con uno de los pasajeros del primer asiento.
A medida que se anima la charla el locuaz chofer va abandonando el volante y la mirada en el trayecto, que se torna cada vez más intrincado. Atravesamos estrechas callejuelas, por las que el vehículo dobla cerradamente a toda velocidad, en maniobras increíbles y casi sin conducción. 
Por  fin salimos de la ciudad. Diviso delante un enorme castillo envuelto en una bruma violeta, que lo torna irreal.
La bruma termina por taparlo todo.
A esta altura el conductor  se encuentra  de pié y de espaldas a su  asiento,  imitando a pedido de los pasajeros un personaje de Porcel.
La fantochada concita la complacencia unánime del pasaje, sin que nadie se preocupe de que el colectivo marche a velocidad increíble sin conducción alguna.
Descarto mi última recurrencia a la lógica, o sea la posibilidad que un cacharro tan antiguo pueda estar dotado de algún tipo de dirección totalmente automatizada,  si es que tal cosa se hubiese inventado, y trato de ubicar en mi memoria  cuál personaje del gordo Porcel es el que causa tanta gracia a los demás. Sobre todo cada vez que el colectivero tuerce hacia un costado su corbata azul y repite un latiguillo que suena algo así como zogomorfo o sojomurjo, palabra más propia de su gremio que de cómico televisivo.

sábado, 18 de enero de 2020

VENTAJAS Y DESVENTAJAS DEL TURISMO EN CÓRDOBA

En la mesa hay cuatro señoras mayores y un nene. Quizá también una pareja joven, eso no lo tengo muy presente, pero creo que alguna charla mantenía con otras personas aparte de las viejas. Lo concreto es que dos de ellas eran antiguas alumnas de teatro de grupos distintos, y en distintos tiempos y ciudades. Se ponen a hablar de que los argentinos somos todos descendientes de inmigrantes. Ahí salto con un: "¡Yo no, canejo!" Y sigo actuando un gaucho ofendido y pendenciero que defiende las virtudes de lo autóctono. Una de mis ex-alumnas, a la que me dirijo en particular, se asusta, se va desplazando lentamente de lugar en la mesa hasta huir. La otra ex-alumna me reprocha haberla espantado. Sigo la actuación con el chico, que me mira asombrado, pero enseguida me arrepiento y lo abrazo, riéndome. Comenzamos a recorrer juntos los pasillos del hotel. Yo lo dejo, puesto que me alojo en planta baja y él en primer piso. Llego a la habitación y veo por la ventana que da a un jardín, que mi suegro me había hecho lavar el auto por un mucamo. Ahora, mientras mi suegro le da charla, el mucamo termina de lustrarlo. Decido ir a bañarme. Me dirijo al cuarto de baño. Hay agua sucia en el piso. Pienso que alguien dejó la canilla abierta, pero no. Advierto que agua y barro llegan de afuera, del jardincito de delante de la habitación. Hasta en el picaporte hay un barro fétido que vaya a saber cómo subió hasta ahí. Corro a buscar al empleado del hotel que estaba lavando el auto, pero desapareció junto con mi suegro. Mi suegra me los señala a un par de cuadras, sentados en un banco de la calle, jugando a las cartas. Voy en esa dirección pero de pronto dejo de divisarlos. Ya pasé largamente la distancia que había calculado y no están por ninguna parte. Pienso en volver a pedir en recepción que solucionen el problema o me cambien de habitación, cuando alguien me llama a los gritos por mi nombre. Es un ex compañero de secundaria que no veo ni tengo contacto desde hace años. Ambos nos asombramos del hecho de coincidir en esa localidad cordobesa. Está con su mujer -amiga también de otros tiempos- que me saluda fríamente. Raro en ella, siempre fue simpática. Hasta el exceso de lo meloso, diría. Mi ex-compañero me pregunta si vine a hacer teatro. Le contesto que no, que estuve haciendo un par de funciones en Carlos Paz (aunque dudo que haya sido en Carlos Paz) pero que hoy parto para Cuba. Me despido, me urge solucionar lo del baño.


miércoles, 15 de enero de 2020

CUIDADO CON LOS LADRONES

Estoy de visita en un pueblo francés y voy a averiguar algo a la recepción del hotel. Me dispongo a volver a mi cuarto fumando, cuando me cruzo con un camarero que lleva una pila de ceniceros en difícil equilibrio. Me los tiende para que apague allí el cigarrillo. Lo hago de forma descuidada. Él insiste para que lo aplaste bien. Le comento irónicamente: "le feu est très dangereux, n'est ce pas?"
Me contesta, lacónico:"un peu", y sigue su camino.
Se dirige hacia un ascensor oculto en un rincón, que yo no había advertido hasta el momento. Voy detrás de él y descubro que en ese recodo se abre un pasillo que lleva a una galería de arte. Nada me apura y decido entrar a curiosear.
Se hallan en exhibición piezas muy originales.
En un cuadro, por ejemplo, se ve a dos personajes sentados en un sillón. Pero si se cambia el ángulo de visión - como sucede con los "trompe l'oeil" de Dalí- los tipos aparecen sumergidos en el mar.
Noto la existencia de una boletería, me acerco y me entregan un ticket amarillo.
Llegan dos argentinos jóvenes que en un francés macarrónico consultan si allí hay un Brueghel.
Les brindan indicaciones que no llego a entender del todo, pero estoy seguro que los mandan a otro museo.
Yo sabía que en esa ciudad no había nada de Brueghel -por lo menos de El Viejo, que es el único que me interesa-, pero la escena me despierta curiosidad.
Cuando quiero preguntarles a los argentinos ya han desaparecido.
Otra argentina, una señora muy fina, de mediana edad, me susurra que me cuide de los ladrones y se aleja.
Me digo: "qué tendrá que ver la advertencia en un lugar como éste?".
El marido de la señora, que venía detrás, como si me leyese el pensamiento, me aclara que es en la calle  donde se encuentran los ladrones. Y que ella había quedado muy traumada después de un robo.
Desde la misma galería de arte están por partir dos colectivos. El que tengo más cerca es rojo y el de atrás es blanco.
Me quedo tranquilo porque mi ticket es amarillo.
Cuando prácticamente han subido todos los pasajeros (lo de subir es literal, porque son coches muy altos y se accede a ellos por medio de enrevesadas escaleras) registro que la luz me ha jugado una mala pasada y que mi ticket es en realidad de color blanco.
Corro y le grito al segundo  chofer, agitando el ticket: "blanche??"
Afirma con la cabeza y detiene el cierre de las puertas. Subo jadeando las escaleras y le presento el ticket a través de una ventanilla. Me indica la contigua, donde a cambio de mi boleto me devuelve unos cuantos francos.


martes, 14 de enero de 2020

EMPEZAR EL DÍA

Me levanté hace minutos.
Salgo a la calle.
Cuando ya me preguntaba cómo hacer para movilizarme, llega mi hermano a devolverme las llaves del auto, que tenía desde el día anterior.
Lo cual soluciona además el problema de mi amiga, que necesita que la alcance hasta un lugar que me queda -no tan- de paso (mi amiga apareció de pronto en la calle).
Pienso que ojalá mi hermano no haya dejado el tanque vacío, lo cual es muy propio de él.
Le pido a mi amiga que me aguante, que antes de arrancar debo afeitarme y desayunar. No tiene apuro, se queda charlando en la vereda con el vecino de al lado, que se asomó al balcón. Mi amiga es simpática y bonita.
Entro al bar que está adelante de la casa y me acomodo en la barra, con la intención que mi suegra, que recién abre, me sirva un café. Si bien todavía no hay parroquianos, mi suegra y la empleada se muestran ocupadísimas y me ignoran.
Me resigno entonces a pasar al comedor y afeitarme.
En vez de hacerlo frente a un espejo, elijo el viejo teléfono rectangular y negro, de pared.
Cuando estoy terminando, noto que no enjaboné y rasuré mi cara. Que todo lo hice sobre el teléfono.

jueves, 19 de diciembre de 2019

CASI EROTICO

Voy cruzando la calle, cuando un colectivo le pega un brutal topetazo a un auto, que me alcanza a rozar de costado.
El impulso me tira contra una farmacia situada en la ochava de enfrente, con las puertas abiertas de par en par y con el piso regado de recetas.
Cuando logro estabilizarme pido disculpas por la entrada intempestiva, pero la farmacéutica minimiza el hecho frente a otro de aparente mayor importancia:
-¡No sabe lo que acabo de ver en la internet!- exclama.
-¿El precio del blue?- pregunto yo, casi divertido.
-¡Espere, espere, ya va a ver!
Y me muestra un monitor antediluviano, reiniciándose.
Una clienta se interesa en el tema y se pega a mí en el mostrador.
Observo como empiezan a cargarse lentamente las noticias del Google
-¡Espere, espere, ya va a ver!-, repite como un loro la farmacéutica.
Me aburro de esperar y le digo que mejor lo busco yo mismo en el celular, en el portal de Clarín.
-Yo nunca puedo entrar en Clarín- se queja entonces la farmacéutica.
Allí tercia el farmacéutico, que hasta ahora no había aparecido -hombre muy alto, de lustrosa calva e impecable guardapolvo-: 
-Yo siempre entro en Clarín...
-¡Porque navegarás de incógnito!- le espeta furiosa la farmacéutica.
En tanto, intento infructuosamente navegar en el móvil.
Mi vecina de mostrador, cada vez más pegada a mí, me imita, pero con envidiable destreza.
-¡Mirá, mirá!- me dice, mientras indica alborozada una imagen que acaba de encontrar y de inmediato coloca de fondo de pantalla.
La mía en cambio se ha llenado de puntitos blancos sobre un negro absoluto.
Pulso desesperado los puntitos, a ver si cambia algo.
-Manejás el celular como un viejto, pero tenés deditos muy hábiles-, me sorprende, pícara, la clienta.
Ahí reparo en que debido a la proximidad, los movimientos de mi mano le habían desprendido involuntariamente los botones de la blusa...
La farmacéutica por fin ubica la noticia que buscaba, se alarma del agravamiento de la situación, y decide cerrar las persianas de la farmacia.
Todo se oscurece.
Yo evalúo un segundo a la dama que tengo a mi lado y me sonríe, mirándome fijamente.
Me excuso por mi torpeza, como buen caballero.



domingo, 15 de diciembre de 2019

INFRACCIONES


Un auto estaciona frente a la ventana de mi departamento.
Que no es departamento alguno que sea o haya sido mío, ni siquiera que conozca.
Se me ocurre por primera vez que resulta muy curiosa esa irreverencia del sueño con la ley y la sarta de requisitos registrales que hacen al derecho de propiedad. En el sueño cualquier lugar es nuestro, así, de golpe, de facto, sin que medie dinero ni papelerío ni escribano ni nada. Aparte nadie viene a disputarte la posesión. El sueño es una de las formas más perfectas de socialismo que existen.
Vuelvo al auto.
No queda estacionado en la vereda, aclaro, sino contra la ventana misma, en un tercer o cuarto piso, sobre una especie de viga.
No alcanzo a preguntarme como llegó ahí, que veo otros autos estacionados de igual manera en los departamentos vecinos.
Como ocurrió con un sueño anterior, corrijo el argumento para que no me brinde la explicación fácil de una rampa o algo por el estilo (descubrí hace poco, después de esa experiencia, que existe algo llamado "sueño lúcido"... no en el sentido de ser consciente que se está soñando, lo cual es común, sino de guiar al sueño). Prefiero, decía, el misterio.
Se me ocurre que sería muy fácil abrir la ventana y empujar el coche al vacío. Y que no tendría penalidad por hacerlo, dado que el espacio que ocupa es indebido. Pero me abstengo.
Me pregunto qué significa y no tengo respuesta.
Sigo soñando entonces con estacionamientos anómalos, hasta que llego al sentido: se trata de dejar mal parado a otro.
Es un dilema, justamente, que debo resolver mañana temprano.


domingo, 8 de diciembre de 2019

GUIANDO AL SUEÑO

Dormiste mucho, pero decidís no despertar hasta que no hayas soñado ese sueño.
Cuando por fin empieza lo vas guiando, no vas a permitir que se dispare hacia donde quiera.
Subís lentamente los escalones de esa casa que hace décadas no pisás, que dejó de ser tuya para siempre.
Notás que la están restaurando, que se están dedicando a barnizar los zócalos de madera con un caoba de los antiguos.
No tiene que ser cualquiera quien esté a cargo del trabajo, no querés sorpresas desagradables.
Empezás a recorrer los ambientes desiertos y aparecen sensaciones dormidas en otros tiempos.
Cuando llegás al último, al más íntimo, no encontrás a quien suponías o esperabas, pero la persona que te recibe te dedica un abrazo cálido, que no es de reconciliación, sino de llanto por el mundo  definitivamente perdido. 

viernes, 22 de noviembre de 2019

VIEJAS CHOTAS (8): PESQUISA


Tocan el timbre en el departamento de Mar del Plata, lo cual es absolutamente infrecuente. Inquiero quién es, me responden con un graznido ininteligible. Abro con la traba puesta, se trata de una anciana desencajada que balbucea algo sobre un cuadro. Llamo a mi mujer -en definitiva es SU departamento-, para que se las entienda con la visitante.
La pregunta que finalmente concreta es si a nosotros nos molesta que tenga un cuadro en el palier.
Con paciencia, logramos descifrar que la buena señora habita en el piso de abajo, y tiene en su palier un cuadro, que encuentra a menudo descolgado.
Azorados, contestamos que no, que no nos molesta.
"Ah, entonces no son ustedes!" -concluye detectivescamente la anciana y parte a indagar a otros pisos.


TRAGALIBROS

La Biblioteca José Ingenieros se mudaba o cerraba, no era claro. Ya se corrían libros, estanterías, mesas, escritorios, sillas. Y el piano. Y una tragaperras que no recuerdo hubiese estado nunca allí. Yo detenía el traslado para hacer una última jugada, sin ficha alguna. Los rodillos se clavaban en los tres siete y la máquina expulsaba un aluvión impresionante de monedas. Marcaba sin embargo un premio que no era la gran cosa, apenas cuatrocientos pesos. Pasa que la gran mayoría de las monedas era de diez centavos. Me preguntaba -aparte de la forma de transportarlas- dónde carajo las iba a cambiar.


sábado, 20 de julio de 2019

VIEJ@S CHOT@S (7)


El viejo había intentado matarme tres veces esa noche. La primera con un puñal. La última con una ametralladora. La segunda no lo recuerdo.
Tenía sus razones, no voy a alegar inocencia.
Antes yo lo había incinerado en público con una ironía demoledora, pero innecesariamente cruel.
Todos los invitados la festejaron largamente y él se sintió humillado, lo supe desde el primer momento, aunque intentase disimularlo con una sonrisita de buen perdedor. Lo supe herido de muerte y dispuesto a lo que fuere para vengarse.
Yo había estado particularmente ingenioso esa velada.
Le dije por ejemplo a mis actrices: "chicas, por el bien de sus carreras, nunca más un gesto así en escena en el futuro". Y reproduje la gestualidad que les marcaba como un leitmotiv de la obra en que las estaba dirigiendo.
Yo mismo me divertí con esa ocurrencia.
Hacía mucho tiempo que no estaba de tan buen humor.
Y el viejo vino a arruinarlo.
La fiesta también tenía un brillo singular. La gente circulaba a su aire, relajada, copa en mano, por los distintos ambientes de la casona, que parecía recuperar su antiguo esplendor. 
No me engañaba, sin embargo... los pisos de madera podian hundirse en cualquier momento y el techo desmoronarse.
Le venía insistiendo a mi mujer que pasásemos la noche en la casa nueva. Un poco por la amenaza del caserón en sí, y otro por la del viejo, que ya había consumado su segundo ataque, el que no puedo recordar.
El primero lo vi venir. Asomaba del bolsillo de su saco el puñal -un estilete, más bien, era pequeño- y no lo sacó con la velocidad suficiente. Fue un solitario y pobre intento con ese arma y un rápido apaciguamiento a cargo de los comensales, que no tomaron en serio el incidente.
Después de frustrarse el segundo -presenciado por pocos, eso sí lo recuerdo- tuve la certeza que existiría una tercer acometida.
Por eso la urgía a mi mujer con el argumento que las puertas no cerraban bien, tornando la casa insegura, a mas del tema de los pisos y los techos.
Ella insistió en bañarse antes, y tuvo que salir en medio de la ducha semidesnuda, enjabonada, porque se había cortado el agua.
Mientras atendía sus quejas, veía como en el salón de al lado el viejo hacía girar el tambor de la ametralladora delante de una señora gorda, haciendole creer que era inofensiva.
La iba a descargar en el momento justo, contra mí. 
Iba a ser mortal para ambos, ahora sí...


domingo, 19 de mayo de 2019

IMAGENES



Una enorme cantidad de siluetas negras contemplaba la suelta de una enorme cantidad de globos negros.

Yo sacaba el celular para fotografiar. Abría la cámara. La impresionante escena se reflejaba en pantalla. Lo que no aparecía era el ícono de tomar la foto. No aparecía ningún ícono, en realidad.
En ese momento me daba cuenta que había muerto, que la muerte era eso, no poder fijar las imágenes.