lunes, 22 de junio de 2020

CALESITA

Las casonas antiguas a diferencia de los asfixiantes sucuchos en que se vive ahora, convidaban aire por los cuatro costados.
En el amplio lateral derecho de este caserón en que me hallo se desarrolla un espectáculo mezcla de feria, teatro,  circo y ritual (el ritual se camufla mejor que la liturgia, que es cotidiana, pero está presente en casi todo).
¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean!
Tuñón, Fellini y Karadagián por única vez juntos, en una función exclusiva para el selecto público del sueño.
El que monta el elefante, vestido de maharajá, es actor de radioteatro campero, me susurran.
Y no hacen falta los oficios del  adivino –hay un adivino acá- para sospechar que los colores de las sedas que visten malabaristas y escupidores de fuego,  se desgastaron expuestos al sol de los semáforos.
No quita que esa magnificencia impostada  me genere una fascinación hipnótica. 
En cambio, el hemiciclo donde se anuncia, a una hora exacta, el sacrificio del  Inca, me produce desconfianza.  Lo de eludir la tarima como escenario central para desarrollar la acción en las gradas está bien, pero los indios son muy de pacotilla, de corso de barrio. No concuerdan con sus pares de otros números, que siendo de condición tan miserable como éstos, sostienen con dignidad las fingidas majestades.
La hora fijada con pompa y circunstancia no se cumple y me distraigo en uno de los tenderetes de alrededores donde un hábil artesano está tallando un muñeco de madera.
Tardo un momento en darme cuenta de que el muñeco es Pinocho y que el artesano está caracterizado como un viejito de barba blanca.
¡Cuántas culturas y civilizaciones y épocas en pocos metros! ¡Cuánto artilugio! ¡Evidente  y entrañable  como la nariz de Pinocho!
La distracción hace que me pierda el inicio de la ejecución.  El acuchillamiento, al son de tamboriles, del indio con más plumas, me parece grotesco. Sin embargo, una mujer sentada cerca de la escena, presa del horror, estira y repliega sus piernas de forma epiléptica con cada puñalada que le asestan al Inca.
Hay público para todo, reflexiono.
Nunca deja de asombrarme el hecho que cada espectáculo tenga su espectador. Por eso es que trato de esquivar la crítica a colegas, no se puede denostar lo que otro aplaude. Tampoco lo que es objeto unánime de repudio porque sería hacer leña del árbol caído. Y en caso de estar en desacuerdo con el juicio condenatorio, defenderlo también implicaría remar contra la corriente (para usar dos figuras que todo el mundo acepta como válidas).
Pasando el hemiciclo comienza  lo que sería la parte de atrás del caserón. Un patio embaldosado con algunos árboles -quizá el ciruelo de la casa de mis tíos entre ellos- cercados por piedras. 
No hay aquí entretenimientos de feria, sino varias mesas de chapa oxidada, redondas, de jardín, rebosantes de platos con carne, chorizos, morcillas, todo cortado en fetas, junto a canastitas de pan. No se observan comensales, sin embargo.
Me asquea un poco ese menú, hace un par de días comí asado y el asado es muy rico, pero no repetido en forma seguida. Recuerdo una gira teatral, donde veníamos de pizza y pasta, y llegados a una ciudad grande la producción nos llevó a una parrilla, lo que generó la aprobación unánime del elenco. Debimos quedarnos varios días en esa ciudad. Volvían a llevarnos una y otra vez a la misma parrilla hasta que estalló la rebelión y debieron cambiar de menú.
Así que prefiero servirme de tomar. No existe mucha posibilidad de elección en ese aspecto, sólo gaseosas de segundas marcas. Me decido por una tónica que al menos está fría.
No bien me acabo de llenar el vaso plástico, se me acerca un tipo con delantal grasiento, asemejando un mozo, que me instruye acerca de que la comida no está incluida en la entrada. Le explico que no voy a comer, sólo a beber. Insiste en que asado y bebida es un combo  por trescientos pesos. Accedo a darle cien, que agarra quejoso. Cuando se aleja, me hago un choripán para vengarme, y salgo mordisqueándolo sin ganas por el costado izquierdo de la casona, estrecho a diferencia del otro, y donde sólo lucen macetones con plantas secas.
Llego al frente y experimento una epifanía. Estoy de nuevo en el Castillo, que así llamábamos al establecimiento donde hice los últimos dos años de la secundaria, elevado frente a las barrancas de Zárate, muy por encima del nivel de la vereda. 
Y digo de nuevo no por los lejanos tiempos de mi adolescencia, sino porque hace muy poco lo recordaba en detalle, hasta llegué a buscarlo en internet  y lo hallé, prácticamente intacto, con sus dos escaleras laterales de acceso a la explanada que precede al pórtico principal, situado más arriba aún, con gradas concéntricas que conducen a él. Y en esa explanada, en la que me encuentro ahora, y en la que me encontraba hace casi cincuenta años, mirando hacia la barranca, junto a mi novia de entonces, a la que tomaba del hombro, charlando vaya a saber de qué sueños de vigilia que luego no se concretaron o sí, pero de una forma que nunca podíamos llegar a imaginar, charla que vino a interrumpir el grito ("¡Señor!") de una profesora, ubicada en lo alto, en el pórtico mismo,  acababa de salir del colegio y nos vio de espaldas, lo entendí  cuando giré hacia ella y me preguntó retóricamente si me parecía ése un comportamiento adecuado dentro de la sacrosanta institución.
-¿Y a usted qué mierda le importa?- obtuvo por respuesta.
-¡Venga acá de inmediato!- me ordenó furiosa.
-¡No voy una mierda! – repliqué dos veces, porque a la primera sucedió otra orden más imperiosa.
La ira acreció con su menoscabada autoridad y giró hacia el interior del edificio, o sea volvió a ingresar, a velocidad de actriz de película de los '50 (no estábamos tan lejos, apenas veinte años), revoleando pollera (vestía pollera, sí), supongo con rumbo directo al rectorado, porque después tuve que ir allí a rendir cuentas de mi conducta, y si zafé de la expulsión fue por la empatía que cultivaba con el vice rector, un pintor, artista antes que burócrata educativo, a quién para exculparme le disparé la barbaridad de "¡señor, ni que me hubiesen sorprendido  introduciendo el miembro en la boca de mi novia!", la cual le hizo gracia al punto de no poder contener la risa. 
Me encuentro en esa misma explanada, decía, pero  transformada  en un chiquero, un lodazal que debo atravesar rumbo a la salida, con cuidado de no resbalar y de no molestar a los chanchos que tengo entendido son bravos cuando se enojan, como aquella profesora santurrona, solterona, frígida seguramente, que convirtió algo hermoso en una porquería.
Vencidas las dificultades, accedo al nivel de la calle y una señora que pasa y no conozco y provoca que la siga con la mirada, me lleva a su mismo rumbo con un destino que se avizora como de costanera –no la de Zárate- con edificios llamativos por su vetusto pintoresquismo. Se diría la Boca, el museo de Quinquela, el teatro de la Ribera, Caminito... pero no exactamente, un aire a eso.
Le doy conversación a la señora -muy elegante, más joven que yo,  aunque rozando la cincuentena calculo, atractiva por si no se cayó en la cuenta-, y la acepta gustosa. Caminando a la par, recorriendo, hemos entrado en una cierta confianza,  y en la charla, no sé cómo, aparece La Plata y la mención de ella a un conocido abogado de la ciudad que es su amigo, me dice, y  con el que yo trabajé durante  largo período, en un sucesorio viciado de nulidad respecto al acervo hereditario,  consistente en campos que tuve a mi cargo en calidad de administrador... iba a comentárselo, asombrado de la coincidencia, cuando acontece la segunda epifanía.
Tiíovivo, carrusel, calesita. No feria de atracciones.
Una ronda por mi vida, por mis elecciones estéticas, por lo que quisieron cobrarme de más, por lo que era puro y se ensució, por torpes mascaradas teatrales y de las otras, por ataques y defensas, triunfos y fracasos, desde la temprana adolescencia hasta el día de hoy, todo en uno, todo integrado en mí mismo, un sólo tiempo, un sólo ser, el que fui y sigo siendo, por fin reconciliado en la unidad, por fin saldadas las cuentas con el pasado, por fin en paz. 
Esa paz de los vivos, que es la paz a tiempo.

sábado, 20 de junio de 2020

CUARENTENA (X): CONTAGIO

Tan trivial y feroz como lugar común resulta, que cualquier intento de disimularlo revelaría de inmediato la impostura. Por lo que no queda otra que escupirlo de una, sin respirar ni ahorrar saliva, a la cuenta de tres... no le tengo miedo a la muerte sino al sufrimiento.
Cualquier hijo de vecino que se pretenda avispado retrucará que es lo  que dicen justamente quienes temen a la muerte.
Me interesa tan poco la opinión de los hijos de vecinos...
Sé muy bien todo lo que he coqueteado con esa señora. Y cómo ahora, que anda rondando mi puerta, la ignoro histéricamente.
No así al sufrimiento.  Altri tempi, cuando se disparaba la frase, el sufrimiento tenía categoría de abstracción, podía venir de cualquier parte, presentarse bajo cualquier forma. Ahora cobró carnadura merced a la pornográfica fruición con que lo describen los diarios. Un sufrimiento concreto de asfixia boca abajo en una cama de hospital con suerte, lejos de todos y todo lo entrañable,  de lo que es tuyo, de aquellos y aquello en los que sos, te reconoces.
Como una femme fatale, demasiado sacrificio de otros amores pide la muerte para entregarse a mis brazos. Que se vaya a cagar. Me cuido bien de no encontrármela en estos momentos. Ya habrá oportunidad, si baja sus exigencias, de volver al juego de seducción.
No piensan así estos viejos, en este pueblucho de provincia, en esta cola de banco,  donde se arrojan mutuamente, a centímetros unos de otros, con toda premeditación y alevosía, sus pútridos alientos a la cara, a semejanza de un juego, aquellos  de pibes, el de quién mea más lejos o se tira el pedo más estruendoso.
Los observo de lejos, estoy en la misma cola. Obligado. No sé qué le dio a mi mujer por pedir el saldo de la cuenta por ventanilla, tal como se hacía en el siglo pasado. Dice que peregrinó por varios cajeros automáticos, y estaban rotos. "¿Fuera de servicio?"- intento aclarar. "Rotos"- repite con contundencia irrefutable. No me convence. Su padre era empleado bancario, y sospecho que juega en ella la nostalgia por épocas fenecidas.
Me pone muy nervioso entrar al edificio de arquitectura monumental, de los que imponen respeto, no esos aguantaderos de plata de ahora, de modo que la espero en la puerta. 
Regresa sin el saldo, vaya a saber por qué. No me lo explica o lo hace confusamente. Cruzamos a una plaza que bien podría ser la de Zárate, mi ciudad natal.  Le pido que me espere allí, que voy a probar en otros cajeros automáticos. Pero me retiene, porque justo cuando se lo estoy diciendo divisa a una amiga que me quiere presentar.
La veo yo también, saludando con efusión de lejos, con perturbadores pechos que se agitan por la premura en acercarse y con una panza que indica preñez.
En los vulevú de la presentación cometo la torpeza de mencionar su estado. "Todos engordamos en cuarentena", me replica, mirándome fijo a los ojos, como si quisiese engullirme.
Recién ahí caigo en la cuenta de quién se trata...

sábado, 13 de junio de 2020

CUARENTENA (IX): CONTRARIANDO A SHAKESPEARE

Quizá me esté volviendo conservador, dicen que con los años eso sucede. Yo mismo lo notaba de joven en gente grande, personas que tomaba como referentes en lo artístico, no cualquiera,  y me preguntaba ¿cómo puede ser que un tipo sensible, talentoso, inteligente, piense así? Y ahora resulta que me pasa a mí, que no puedo entender cómo ese señor gordo viste de idéntica forma que lo haría en el patio de su casa, y no estamos en el patio de su casa, de ninguna manera.
El señor gordo es el ideal de un dibujante cómico costumbrista de los de antes: camiseta musculosa  con agujero que deja entrever los vellos de su enorme panza, piyama a rayas con manchas varias y trajinadas pantuflas. Marcha lo más campante entre un grupo de personas –apenas un poco más cuidadas que él- comentando a los gritos que este sábado  a la noche comerán de entrada un flor de fiambre alemán.
Otra inconducta más, porque sugiere que se reunirán en plena cuarentena. Y si no guardan distancia social ahora ni  llevan barbijo, menos se van a cuidar esta noche en la cena, descarto.
Para hacer honor a la verdad, no se trata sólo de ese pequeño grupo de amigos, es casi una multitud la que marcha amuchada y sin tapabocas, tal si saliesen en manada de una estación de tren, como ser Retiro. Pero no, Retiro no, porque precisamente lo que yo estoy buscando es Retiro.  Lo cual daría para otro nivel de interpretación (¿qué tipo de retiro puedo buscar yo, si vivo retirado, ni el mundo me necesita a mí, ni yo necesito del mundo...?), pero no es momento para  detenerme en elucubraciones de ese tenor, ya que el análisis del sueño dentro del sueño, constituiría asimismo materia de análisis en la vigilia.
Lo lógico sería marchar en igual sentido que la muchedumbre, pero por un lado significaría ir a un contagio seguro, y por el otro, como dije,  es probable que bajasen de un convoy, por lo que debería enfilar en dirección  contraria. 
Ni pensar en preguntar, al contestar me escupen micronésimas gotitas de saliva y también soy hombre muerto.
Decido la contramarcha, más por seguridad que por certeza. Avizoro al frente lo que parece ser el fin de la urbanización, con túneles y autopistas. Y a mi derecha un barrio pobre... Una villa, pongámoslo en el término usual, que bien podría ser la 31, cercana a Retiro. Se abre una callecita en la que veo perros y carros de cartoneros. Dudo si tomar ese rumbo, pero una señora se encamina para ahí, lo que me da confianza. La sigo. Rápidamente cambio de parecer, porque la señora entra en una casa situada al inicio de la villa.
Me queda ese fin de la civilización en el que se abren tres pasajes bajo nivel. Al igual que en los cuentos antiguos  y en las obras de Shakespeare, me veo obligado a escoger.  Si fuese a guiarme por El Mercader de Venecia la opción correcta sería el túnel que parece abandonado. Ni loco me meto ahí. El segundo es claramente vehicular. El tercero luce lleno de carteles luminosos, tipo entrada de galería o de cine. Opto entonces por el cofre de oro, a sabiendas que puede resultar engañoso.
Por el contrario, en un principio supera mis expectativas. Se trata de una boca de subte. Digo en un principio porque no tarda en acaecer el desencanto y el retorno a la desorientación. En un muro, un mapa digital muy completo exhibe con todo detalle, haciendo zoom periódicamente, estaciones, calles y avenidas que las atraviesan. No reconozco nada. Ni línea, ni estaciones, ni terminales,  ni calles ni avenidas ni nada. Extrañísimo, porque me sé de memoria la red de subtes de Capital.
Milagrosamente diviso apoyado en una pared, entre la multitud desaprensiva que ingresa al andén, a un señor con barbijo. Un señor dignamente vestido, no como el gordo de la camiseta. Quizá su traje  esté un poco gastado, propio de clase media empobrecida. Pero limpio, prolijo.  
A medida que me acerco para consultarlo, noto sus ojos enrojecidos, su transpiración, el rostro ardiente, como si tuviese fiebre. Tose detrás del barbijo. Sostiene un cartel hecho a mano: "Por 20 pesos, le cuento cómo me contagié". 
No tiene suerte en la empresa, nadie parece querer escuchar el relato. 
Yo tampoco. 



miércoles, 10 de junio de 2020

EMULANDO A COLUMBO

Todavía no me explico por qué no accedí a venderle  ese ejemplar que incluso tenia repetido y sacarme así, de una buena vez, al tipo de encima en lugar de enredarme en una discusión fastidiosa e interminable, que incluso llegó a tener por momentos visos de peligrosidad.
Yo había dejado la bicicleta apoyada en la esquina con una pila de revistas en el portaequipaje, o como se llame el cosito ése de atrás que tiene una especie de agarradera con resorte que sostiene lo que pongas ahí. Supongo un adminículo absolutamente identificable para cualquier ciclista, no para mí, que no lo soy.
El tipo debe haber pensado que yo era un canillita ambulante, de los que antes había, ahora no veo más... o el mismo diariero del barrio, que previa apertura del puesto, muy temprano, hacía el reparto, revoleando por encima de tapiales bajos diarios y revistas  que caían en  vistosos jardincitos. Convenientemente enrollados, eso sí, para que no se descuajeringasen si iban a parar contra algún objeto duro, un enano de piedra, pongámosle. Pero claro... ¿quién se abona a un diario hoy en día? Ni hablemos de revistas, que prácticamente no existen.
Por eso al tipo le debe haber llamado la atención la pila y se puso a revisarla, que yo ni cuenta me di, ocupado como estaba en resolver el secuestro.
Lo primero que pedí fue el celular de la víctima, que se encontraba dentro de una carterita. Un celular antiguo, raro para una chica, la muchachada quiere tener la última tecnología, por más que se empeñe hasta el caracú.
Un buen detective, me dije, empieza siempre por las últimas llamadas. Pero o yo no entendía el aparato, o era tan arcaico que no guardaba registros.
Les pregunté entonces a las compañeras de colegio si podían identificar entre los contactos a la mejor amiga.
"Yo soy la mejor amiga", saltó una  y las otras asintieron.
"... Hace semanas que no la veo", agregó la chica para mi desconcierto.
Fue ahí, en ese justo momento -un momento crucial-, que aparté la vista del grupo, rascándome la cabeza, como hacía Columbo cuando estaba cavilando, generalmente antes de una revelación trascendental, que en mi caso ni miras de asomar... fue ahí, digo, cuando reparé en el tipo que se me acercó con una Skorpio en la mano,  preguntando cuánto costaba.
Creo que lo que más me molestó de la irrupción fue el contraste entre la jerarquía de  la labor detectivesca y la banalidad de querer negociar una revista de historietas. Por eso me negué persistentemente, despectivo hacia la oferta y hacia el tipo mismo, haciéndole entender que su conducta estaba fuera de lugar, que interfería en un asunto importante. 
El tipo me recriminaba que para qué las ponía en venta, si después no las quería vender. Yo le respondía que no las quería vender. "¡Es justamente lo que le estoy diciendo!", me retrucaba el tipo. Y así de equívoco en equívoco. Más que entender, se cansó de la situación creo, y me revoleó la Skorpio a lo diariero, pero sin enrollar, de manera que se descuajeringó bastante y perdió valor de colección, una razón más para arrepentirme de no habérsela vendido, en lugar de ponerme a discutir.
El episodio me perturbó lo suficiente como para obligarme a tomar un respiro. El grupo de chicas, que se había quedado a presenciar la discusión, esperaba ahora una revelación de mi parte. Sentía su presión, las miradas, como si estuviesen a un tris de descreer  de mi competencia para resolver el caso. Decidí tomar el toro por las astas.
"Vaciemos la cartera, a ver qué encontramos", dije innecesariamente mientras ejecutaba la acción. Como resulta esperable en  toda cartera femenina salió a relucir infinidad de objetos. Entre lo que cayó al piso me llamó la atención de inmediato un puñado de billetes en moneda extranjera, ni euros ni dólares, ni nada que identificase al país de emisión, ni siquiera podía reconocer el idioma. 
Pero lo realmente prodigioso consistió en que la imagen impresa en los billetes era la del tipo que quería comprarme la Skorpio.

miércoles, 3 de junio de 2020

RECLAMO

Una clienta del Estudio Jurídico me reprocha que en la redacción de un acuerdo familiar, no se le dio relevancia a todo lo que ella hizo durante décadas por sus parientes. Le replico que se trata de un convenio, no de una novela. Y le informo que aparte de dedicarme al Derecho, soy escritor y puedo armarle una. Pero que es otro precio.

lunes, 25 de mayo de 2020

CUARENTENA (VIII): VECINOS

Formo parte del grupo de whatsapp de dos edificios.
Uno es muy tranquilo. El otro directamente histérico y con trastorno disociativo, a más de algún episodio de delirio alucinatorio .

Problemas de los últimos días:
-Motos o bicicletas que se dejan en los pasillos y hacen que los demás se tropiecen.
-La puerta de entrada que queda abierta de noche, a pesar de los carteles de advertencia.
-Comentarios de robos en el barrio.
-Propuesta de carteles de mayor tamaño en la puerta y también en el ascensor y en cada piso.
-Una piba joven que escucha todo el tiempo un ruido extraño ("me va directo al cerebro", grafica) y pregunta si alguien más lo oye. Los otros no lo oyen pero aventuran que se puede deber a tal o cual cosa, causas que sistemáticamente la piba descarta.
-El ascensor tiembla (descripción de la misma piba que escucha ruidos extraños).
-El ascensor se queda detenido con alguien adentro.
-El termotanque central funciona para algunos y para otros no. Se la pasan preguntando quién tiene agua caliente.
-Una vieja cuenta con lujo de detalles como se levanta temprano con la robe de chambre (así la llama), para aprovechar el agua calentita y le avisa a su pareja que también se ponga la robe de chambre (repite) para bañarse después de ella, aclarando que no conviven pero que decidieron pasar juntos la cuarentena.
-El ascensor amanece misteriosamente cagado.
-La loca de los ruidos sale a defenderse porque a su perrito "bebé" no lo saca nunca. Acto seguido sube una noticia de un terrible asesinato en su pueblo de origen. Se regodea en proporcionar sanguinolentos detalles adicionales.
-Todos se interrogan por un auto rojo que estaciona en la cochera, pero no pertenece a nadie del edificio y culpan al dueño/dueña de ser quien deja abierto el portón del garage.
-Una avisa que le plantó una nota en el parabrisas. Todos aplauden.
-Se quejan del administrador, quieren cambiar al administrador, quieren lincharlo (propuestas que van in crescendo).
-Un pibe repite con cada propuesta: "totalmente de acuerdo"
-Carmen, la vieja de la robe de chambre, que es inquilina, pregunta acusatoriamente, en general "¿los propietarios qué tienen para decir, eh?"
-Me doy por aludido y tercio, entonces, didáctico, advirtiendo lo difícil que resulta, desde lo legal, la remoción de un administrador.
-El pibe me contesta al toque: "totalmente de acuerdo"
-Surgen propuestas de sublevarse y no pagar las expensas.
-El pibe está totalmente de acuerdo.
-La vieja de la robe de chambre graba con voz lastimera que a ella no pasaron a cobrarle y que no puede salir porque es grupo de riesgo y que no sabe qué hacer.
-La calman ("quédese tranquila, Carmencita") y le aconsejan que no pague nada.
-Dos o tres se lamentan que ya pagaron. Entre ellos el pibe que está totalmente de acuerdo.

Esto alternado con días de buena onda:
-Uno -el más metepúa contra el administrador y que cuando hay reunión de consorcio arruga- arranca a eso de las ocho, con un audio: "¡Buenos días, vecinos!"
-Otra -que le sigue la corriente en dar manija contra el administrador, y cuando hay reunión es la primera en chuparle las medias- contesta con GIF de perrito que sale de caja de regalo, dando los buenos días.
-La loca de los ruidos extraños ofrece budines caseros.
-El que arrancó con los buenos días, le encarga dos.
-Al rato elogia la calidad de los budines, que se acaba de comer con el mate.
-Todos aplauden y felicitan a la loca y alguno más encarga.
-La loca agradece y aclara que para los del edificio hace precio especial.
-La chupamedias del administrador sube una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa.
-Brotan varios corazoncitos de distintos miembros del grupo, "¡Ay, la amo!", exclama una. "Pidámosle que nos proteja", se suma otro. Son los mismos que días pasados, cuando circuló la noticia de la muerte de un chorro, decían: "tenía que acabar así", "se lo merecía", "uno menos".
Y se repite el ciclo...


domingo, 24 de mayo de 2020

CUARENTENA (VII): LOS FANTASMAS HUYEN


Ya no es un fantasma que recorre Europa, sino la Muerte quien da zancadas por el planeta. O digamos, si se quiere, que esa información nos llega.

Quien más, quien menos, ha pensado en la muerte en estos tiempos, supongo.
Y hasta la ha deseado con tal de terminar con una incertidumbre -que se prolonga y se prolonga- sobre cómo habrá de transcurrir la vida de aquí en adelante.
Al menos yo lo he hecho, confieso.
Y confesaré algo adicional, con la salvedad de pedir que se respete la confidencia. 
Habiendo tenido una temprana formación en el catolicismo, si bien he atravesado épocas de agnosticismo y ateísmo militante, en el fondo nunca dejé de creer del todo en el Dios de los cristianos y en la salvación de las almas y en la vida perdurable, amén.
Alguna de estas noches desveladas, bordeando la angustia, apareció el pensamiento consolador de pasar al otro lado y reencontrarme con seres muy queridos, y de poder charlar dispendiosamente con ellos sobre cuestiones del pasado que aún a esta altura del partido me siguen ocupando.
Claro que como el Bardo le hace decir a Hamlet, es inevitable preguntarse qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño eterno, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida.
La respuesta que me doy –la que da existencia tan larga al infortunio- es que quizá esos fantasmas del otro mundo, ya estén en otra cosa, sean puro espíritu, se hayan desentendido por completo de su pasado terrenal, no les interese, lo hayan olvidado. Que ni siquiera me reconozcan.
Es entonces cuando cualquier angustia desaparece y me propongo seguir con ellos, pero desde lo que tengo, desde lo que quedó en mí, desde mis archivos, desde lo mucho que los extraño, llenando huecos, inventando si es necesario –me es muy necesario fabular -, sin preocuparme demasiado de la fidelidad a los hechos y a los tiempos, reescribiendo, rehaciendo a mi gusto la historia, transformándola en algo distinto. Algo que cierre el pasado, abriendo ventanas al futuro, como para que no parezca tan negro.


martes, 19 de mayo de 2020

CUARENTENA (VI): RALLYE

Desde muy chica, le inculqué a mi hija menor que las monjas son el Diablo. Y que cuando uno se las cruza debe hacer cuernos con los dedos. Una patraña que terminé creyéndome. Aún hoy, al ver aparecer alguna, realizo el ritual de exorcismo. Esta mañana las calamidades empezaron desde mucho antes de divisarlas. No me explicaba cómo habiendo tanto auto por la calle, no apareciese ningún taxi para mi mujer. No me podía ir tranquilo hasta que no la viese subir al taxi que la llevaría al otro extremo de la ciudad, donde debía hacer ese tipo de trámites muy de ella, que siempre me explica pero nunca entiendo del todo. Es una tara paternalista mía -lo sé y no dejo de reprochármelo- lo de quedarme a su lado hasta último momento. Ha recorrido sola innumerables ciudades del mundo, sin la menor dificultad, pero estando juntos me siento responsable que llegue sana y salva a destino. Igual que cuando llevaba a mi hija menor a tomar el colectivo en Once, para volver a su casa en Campana, y no bien subía le mandaba mensaje a la madre consignando número de unidad, hora de partida y hasta aspecto del chófer.
Hay mucho tránsito decía, demasiada flexibilización inorgánica de la circulación vehicular, y encima corriendo a toda velocidad. "Como si se tratase de una carrera", comento en voz alta. "Es una carrera", replica un señor gordo parado en la esquina junto a otros transeúntes –demasiada flexibilización inorgánica de circulación de personas-, a quienes creía esperando el cruce del semáforo y resulta que ahora caigo en la cuenta que son espectadores del rallye La Plata-París, según reza en un volantito bilingüe mal impreso y peor redactado, con un francés de jardín de infantes, que me alcanza el señor gordo para que me entere. "Qué mal nos hace quedar este intendente frente a los franceses" –exclamo indignado mientras arrastro a mi mujer hacia un lugar más seguro, porque los coches de carrera vuelcan, dan espectaculares trompos en el aire, pasan rozando las cabezas de todos. Cruzamos una plaza, entre arbustos, por senderos estrechos. No me decido a cuál de las esquinas dirigirme, porque imagino que el circuito debe abarcar gran parte de la ciudad, y así es, debemos volver una y otra vez sobre nuestros pasos, a riesgo de cruzar una calle y que nos arrolle un bólido. Por fin, una diagonal –el diagonal, como dicen los platenses- parece liberada, pasan vehículos normales, a ritmo normal. Un grupo de señoras, respetando distancia prudencial, hace cola frente a un poste. Pregunto si se trata de la parada de un colectivo. De una combi, me informan. Y cuyo trayecto incluye el destino de mi mujer. "Bárbaro, zafamos", le digo mientras me ubico en la cola. Pero a ella justo se le da por ir al baño. A una oficina de la AFIP que se encuentra unos metros más adelante. Siempre es así, recuerdo una vez en el aeropuerto Charles de Gaulle –de nuevo París, qué coincidencia- le agarraron ganas a último momento, a minutos de abordar, y casi perdemos el avión, unos nervios me agarré. Para colmo de males, no bien se va, empieza a desordenarse la cola, circula un rumor que la combi cambió de parada, debido al rallye. El grupo se dispone a trasladarse, y yo no sé qué hacer. Decido seguir a las señoras, pero mirando constantemente hacia atrás, a ver si mi mujer sale de la AFIP. Trato de no perder el lugar porque además, en el revuelo, se suman personas que no estaban en la cola. Entre ellas dos monjas. Hago los cuernos, me toco el huevo izquierdo (práctica incorporada a posteriori de las instrucciones a mi hija menor) no bien las veo. Las monjas intentan sobrepasarme, me les interpongo. Una vieja que advierte la maniobra me reprende: "Deje pasar a las hermanitas". "¿Hermanitas de quién? –replico- ¿De la concha de su hermana?". Enseguida entiendo que me pasé de la raya, la repulsa de todas las señoras es unánime. Veo a mi mujer salir de la AFIP, mira para todos lados, le hago señas, le grito, no se percata. Igual creo que ya es tarde, que por mi exabrupto no van a dejar que suba a la combi.
Quizá las monjas no sean el Diablo, pero que traen mala suerte, seguro.



CUARENTENA (V): VISITAS TEMPRANAS


Esta gente vino demasiado temprano. Hago mal en referirme a ellos como "esta gente", son dos amigos, pero la verdad es que vinieron demasiado temprano. No es que no tuviésemos una cita, sé que los había invitado... al menos a uno de ellos, al otro no recuerdo. Pero no este día, menos a esta hora. Era una cita vaga, para algún momento, cuando terminase la pesadilla. ¿Qué me iba a imaginar yo que en medio de la pandemia iban a hacer un viaje tan largo? Viven muy lejos, deben haber salido en noche cerrada para estar acá, en La Plata, ahora, de madrugada casi. Y con todos los inconvenientes que significa tomar transportes en cuarentena, permisos, transbordos, esas cosas. No es que me disguste que hayan venido, me toman de sorpresa, simplemente. Encima mamá y papá duermen en la otra habitación y ellos hablan alto, ríen, como es normal cuando se produce el reencuentro entre viejos amigos, no da para pedirles que bajen el tono. Trato de encauzar la conversación por canales más apacibles, le comento, le muestro al que sí estoy seguro de haber invitado, dos libros que él me recomendó. Los ojea un tanto despectivo, como si ya no le generaran entusiasmo, y yo para mis adentros me digo: "¿para qué me los recomendó si no le parecen tan buenos?" Me causa un poco de bronca esa situación. Entonces le pregunto al otro cómo era esa antigua anécdota de cuando me iba a visitar a Zárate y después pernoctaba en un bar de mala muerte, casi un prostíbulo diría. Él cuenta que cierta noche, de vuelta de mi casa, paró allí a tomar unas ginebras y se quedó dormido sobre la barra. En sueños, Hans, el alemán dueño del prostíbulo –era un prostíbulo, nomás- lo invita a pasar la noche junto a una de sus pupilas. Me distraigo en el relato porque me asalta la preocupación que no estoy preparado para convidarlos, quizá más tarde, cuando abran los pocos negocios en actividad, pueda ir a comprar unos ravioles. ¡Y vino! No tengo vino desde que ando con un problema de encías y leí por ahí que el alcohol las inflama, entonces prefiero no tener hasta que supere la afección, porque si tengo me lo tomo, no hay caso. Cuando vuelvo al relato, entiendo que me perdí un eslabón, porque mi amigo despertó efectivamente en una cama del prostíbulo abrazado a una hermosa rubia de cabellera larga y sedosa (así lo expresa él, poéticamente). Y en consonancia con ese remate pasan dos empleados de la panadería de Boedo y San Juan y se meten en el dormitorio a despertar a papá porque ya es hora de abrir el negocio. No me parece bien esa intromisión de los empleados en la intimidad de mis padres, sobre todo no siendo mi viejo el dueño de la panadería. Antonino Ciaurriz era el dueño, un español muy rígido, pariente lejano por parte paterna –raro, mi familia es de ascendencia italiana-, que cuando me dejaban ahí por temporadas enteras –un invierno entero, una primavera entera- porque mamá debía cuidarlo a papá en una de sus largas convalecencias de terribles cirugías mayores, entonces, en esas estadías, decía, Antonino Ciaurriz se enojaba al yo encapricharme en no tomar la sopa, y mi tía Herminda, su mujer (yo los llamaba "tíos", a falta de otra denominación) me defendía, y derrotado, Antonino Ciaurriz sentenciaba de esa forma en que sólo puede sentenciar un español –tan vigorosa, tan concluyente, tan enfática, que la frase se me grabó para toda la vida-: "este niño os va a cagar a todos en la boca algún día". La cuestión es que ahora, acá, este día, esta mañana con mis amigos, la terrible admonición me importa poco, porque siendo mi papá el dueño de la panadería –efectivamente lo es, veo que se levantó y está yendo a subir la persiana- habrá al menos medialunas recién elaboradas para ofrecerles, con humeantes tazones de café con leche, como aquellos de la infancia en San Juan y Boedo, pero en mi casa de La Plata, sin necesidad de moverme más que unos pasos, hacia el comedor, donde se encuentran las enormes canastas de pan y facturas calentitas, pasen, pasen amigos, tengo para convidarles el más maravilloso de los desayunos a modo de compensación de tan largo viaje, a modo de agradecimiento por la temprana visita.



sábado, 9 de mayo de 2020

CUARENTENA (IV): KAFKA

Nunca me llevé bien con las maestras. Mis hijas han sufrido en carne propia esa animadversión, pobres.
En la secundaria, el Castillo (así se le llamaba a la hermosa casona situada frente a la escalera de la barranca, en Zárate) albergaba al BOD, o sea Bachiller con Orientación Docente, de mañana, y a la tarde funcionaba como escuela primaria.
Es curiosa, pienso ahora, la contradicción que parece surgir entre orientación docente y odiar al magisterio. Pero no había tal. Elegí el BOD por el mayor contenido literario, en oposición a las ciencias duras que predominaban en las otras opciones, que creo eran medicina y física, porque la fábrica de contadores pertenecía al Comercial, por el que se optaba al arrancar el secundario y no al finalizar tercero como en mi caso.
Vuelvo al Castillo. Yo les dejaba mensajes en mi banco –el bancomóvil, un pupitre de hierro y madera, no aferrado al piso, ubicado al fondo del salón, que iba desplazando cerca de una/o u otra/o compañera/ro , cuando la clase me aburría, y el profesor escribía en el pizarrón... al darse vuelta y advertirme, más de uno me miraba desconcertado, como si su memoria le hubiese jugado una mala pasada- les dejaba mensajes, decía, a los pibes de la tarde, tallados con lapicera en la tabla del pupitre, tipo: "chicos, libérense de la tiranía de sus maestras". Lo hice bastante tiempo, al punto que los graffitis prácticamente cubrían toda la superficie.
Se ve que una yegua de la tarde lo advirtió –o algún pendejito alcahuete le buchoneó- y pidió que se identificara al alumno que ocupaba ese banco en la mañana. El castigo, aparte de las amonestaciones que se iban sumando y que siempre me hacían terminar el año al borde de la expulsión, fue quedarme después de hora a limpiarlo con lija.
Pero no radicó ahí lo humillante, sino en la interpretación que se le dio al suceso. Se menospreció mi batalla contra las educadoras explicándola en la influencia ejercida por una nota que publicó por ese entonces la revista Satiricón. Se trataba del número 7, con la extraordinaria tapa de mayo del '73, que bajo el título destacado de "El sol del 25 viene asomando", mostraba a un Lanusse que se hundía en procelosas aguas mientras amanecía un Perón resplandeciente. Una maravilla del mejor Cascioli. La nota de marras también se mencionaba en primer término de portada: " LAS MAESTRAS: castradoras de guardapolvo blanco".
Yo había leído esa nota, por supuesto. Desde unos meses antes, compraba Satiricón. Acompañando a mi tía al médico a Capital, la descubrí por primera vez en un kiosco de Retiro y me deslumbró. Pero el líbelo contra las maestras sólo vino a reafirmarme en un antiguo encono que yo tenía contra el gremio, y que databa de segundo o tercer grado, cuando me tocó en suerte una "señorita" que me odiaba, vaya a saber por qué. Supongo porque yo era contestador de chiquito. Me decía mirándome a los ojos: "qué cínico que sos". Una vez me mandó a hacer cien redacciones como castigo. Argumenté que mis padres no tenían plata para comprarme un cuaderno con el cual cumplir esa penitencia. La familia de ella era dueña de un comercio tipo multirubro (bazar, librería) en el que vendían cuadernos. Me mandó allí a buscar uno gratuito. Me lo dio en mano. El cuaderno -lo juro- traía un moco pegado en la tapa. Años después, ya en séptimo, la docente Nelly Durante de Leone, una señora tan imponente como su nombre, nos azuzaba contra una colega con la que se enredaba permanentemente en puteríos. A tal punto nos contagió su odio que fuimos, con otros compañeros, a apedrear la casa de la rival. En esa proeza me corté la palma de la mano con el borde de un tapial de chapa. Todavía conservo la cicatriz. Dos formidables yeguas, que pongo apenas a modo de botón de muestra, y que corroboran, en contra de la opinión de las autoridades del Colegio Nacional Zárate, que mi animadversión era muy anterior al susodicho opúsculo. Desde muy temprano en la vida me ofendió profundamente que menospreciaran mi inteligencia, atribuyendo mis ideas a influjos ajenos.
El extenso prólogo viene a cuento de que esta tarde tuve un amable encuentro con una maestra. No recuerdo el tema que nos ocupaba, pero sí sé que me llamó la atención el cordial fluir de la charla. Tanto que olvidé preguntarle si se podía estacionar ahí, en el segundo nivel del edificio, a cielo abierto, a metros del salón de clases, en ese barrio de Capital donde había dejado el auto. Cada vez que voy a Capital tengo dudas de dónde se puede y dónde no, porque los indicadores nunca son claros, creo que a propósito, para encajarte la multa. Suponía que con la cuarentena no iban a andar los agentes de tránsito, pero igual... no quería correr el riesgo de encontrarme con que al auto lo había levantado la grúa. Hoy en día se torna difícil volver a casa, como en la novela de Dal Masseto.
No me animaba a interrumpir la clase que acababa de retomar la señorita, la podía ver por la ventanita de la puerta del salón muy concentrada en la revisión de los cuadernos que le presentaban sus alumnitos, pero no había nadie más en los alrededores. No quedaba otra...
Cuando ya me decidía a golpear, sube agitada por la escalera una mujer, seguida de un enfermero. Los voy a abordar, pero me apartan, recriminándome que estuviese allí en plena cuarentena y entran presurosos a una piecita enfrentada al aula. No tardan nada en salir, cargando en una rudimentaria camilla de campaña, de ésas que se toman de las varillas, un cuerpo enjuto, como de anciano se me ocurre, tapado por una sábana. Pienso en el peligro de contagio, pero descarto que se trate del virus dado que ninguno de los trabajadores de la salud lleva barbijo. Bajan con el cuerpo. Especulo que aún vivo, de lo contrario no se explicaría la premura.
Sigo sus pasos por la escalera, y noto en las barandas y escalones abundante polvo blanco, que se me ocurre talco. Imagino que puede ser una nueva forma de desinfectante, pero me resulta dudoso, de modo que no bien llego al piso inferior, busco un baño donde lavarme las manos. Curiosamente aparecen muchas canillas antiguas, el lugar es un patio interno al que dan múltiples habitáculos, entre ellos el de las canillas. En el centro del patio se encuentra parado un hombre flaco, morocho, de pómulos hundidos, que viste guardapolvo gris, con las manos tomadas detrás, en actitud vigilante. Me mira y no dice nada. Lo creo un celador –lo era, pero no de colegio, lo entiendo después-. Postergo preguntarle por el tema estacionamiento para ir a lavarme. Junto a una de las canillas hay un surtidor de jabón líquido y elijo ésa. Pero el jabón sale dificultosamente, como coagulado, como si hiciese mucho que no se usa. Advierto que alguien se ha puesto a mi lado cuando me comenta: "Parece chicle, ¿no?". El recién llegado tiene un aspecto fascineroso. Apenas asiento con cortesía y me higienizo con rapidez.
Sin embargo, el tipo se me pega, me toma confianzudamente del hombro, me da charla. El celador se acerca y le advierte: "Más vale que mañana no falte ningún libro de la biblioteca". Caigo en la cuenta de los roles: guardiacárcel y preso. "Preso no", me corrige el fascineroso como si me hubiese leído el pensamiento. "Desde mañana, nos socializamos", me aclara. No entiendo y pregunto: "¿Los excarcelan por el virus?". "No –contesta-, socializamos la prisión, la convertimos en comunista".

miércoles, 6 de mayo de 2020

MISIÓN

Lo de visitar el kiosco "Ramón", el segundo, el nuevo, el de la calle Brown, una de las dos paralelas a la principal, la Justa Lima, donde estaba el antiguo, pero no tan comercial –a la Brown, me refiero- como la otra paralela, la 19 de Marzo, que es el día del cumpleaños de Zárate... lo de visitarlo después de tantas décadas, decía, debe ser porque con la cuarentena me vengo levantando tarde, y eso me da un poco de culpa. Como cuando en el invierno yo le aseguraba a mi viejo que iba a ir a abrir temprano, que no se preocupase, que se quedase en la cama, que no tomara frío, y él aparecía igual a eso de las once de la mañana, todo emponchado, más poncho que humanidad, pobre, con la gorrita de vasco encasquetada, cubriendo su pelambre rala pero uniforme, nunca se quedó pelado mi viejo, en eso salgo a él, hasta ahora por lo menos... aparecía, digo, y lo primero que hacía, ostensiblemente, era ir atrás del local y tocar la pava que estaba sobre el calentadorcito eléctrico, y no decía nada, pero yo sabía que ese gesto era incriminatorio, equivalía a un "abriste tarde", porque la pava aún conservaba el calor del agua para el té con el que yo acababa de desayunar. Aunque no siempre desayunaba en el kiosco. A veces lo esperaba a Kalejman y nos íbamos a El Nuevo Piemonte, que quedaba a la vuelta, y nos mandábamos sendos cafés dobles, señores cafés dobles, no las míseras tazas de ahora, con señoras medialunas, no las pegajosidades actuales. Nos turnábamos para invitar. Cuando le tocaba pagar a él, yo hacía el gag de pedir, en vez de medialunas, un pebete de crudo, queso, tomate y huevo. Él ponía el grito en el cielo- expresión que quizá ya no se utilice, y que significa que alguien protesta airadamente, no que clama a Dios... a Jehová sería en el caso porque Bernardo "Coco" Kalejman era judío-. Yo lo calmaba de inmediato diciéndole que pagaríamos a medias, lo cual era tramposo de mi parte, porque mi consumo resultaba mucho más caro que el suyo. Pero él aceptaba, desmintiendo arquetipias sobre las particularidades de las razas. "Coco" Kalejman era un hombrote bueno y generoso. Volviendo a mi pedido... El pebete de crudo, queso, tomate y huevo es mi sándwich preferido desde siempre, al punto que puedo recitarlo de corrido, lo que hace que a menudo la moza o el mozo me pidan que les repita algún ingrediente. En las oportunidades que me da antojo de especial de crudo y queso -o de salame y queso- realizo la aclaración expresa que unten el pan con manteca, que no deben cometer el pecado de ponerle mayonesa, la cual debe reservarse sólo para el jamón cocido. Pero el pebete de crudo, queso, tomate y huevo, aunque lleve crudo, constituye una excepción por sus demás ingredientes y acepta la mayonesa. La cuestión que una mañana, en El Nuevo Piamonte, desayunando con "Coco" Kalejman, abro el pebete para untarlo con el sachecito de mayonesa (siempre del lado del tomate debe hacerse, nunca del jamón), y me encuentro coqueteando a un gusano verde. Andá a saber de cuándo era ese pebete que –en ese momento recién me di cuenta- estaba durísimo. Si bien pidieron las disculpas del caso, El Nuevo Piamonte por esa época ya estaba en decadencia y al poco tiempo cerró. La decadencia de kiosco Ramón tampoco tardó en acaecer y a partir de allí pocas veces más me crucé con "Coco" Kalejman, que era –no lo mencioné aún- proveedor mayorista de golosinas y afines. Al principio, exclusivo de Arcor. Pero Arcor, cuando arrancó, se trataba de una empresa que pretendía exclusividad, un determinado volumen de ventas, los camiones pintados con sus logos, un montón de requisitos que te convertían en empleado de ellos sin sueldo, una especie de franquicia ambulante cuando las franquicias apenas empezaban a asomar en la Argentina. Todo a cambio de precio solamente, porque ni siquiera tenían publicidad, sólo la imitación, bastante más barata, de otras marcas. Por ejemplo Billiken hacía las gomitas ídem, Arcor te sacaba las Mogul, Terrabusi lanzaba la Kremokoa, al rato tenías la sucedánea económica de Arcor. "Coco" terminó abriéndose de Arcor y comerciando de todo. Y Arcor también, de contrabando. Pero me fuí por las ramas... Resulta que anoche llegaba "Coco" una mañana a levantar pedidos al kiosco, y yo no estaba al tanto del movimiento, hacía mucho que no iba, como las otras noches que mi viejo me había dejado atendiendo y yo no tenía ni puta idea de los precios, no sabía qué cobrar, no había nada marcado, y los clientes se impacientaban... Pero anoche –de mañana- llegaba "Coco" y yo veía el kiosco bastante bien surtido, había cajas encima de los estantes. Ahora cuando las iba a revisar, me encontraba que estaban vacías o con mercadería no de kiosco, como bolsas de alimento para gatos, y ahí me daba cuenta que mi viejo ya estaba viejo y le vendían cualquier cosa. Como las veces que le encajaban billetes falsos, o le hacían el cuento del tío, o lo afanaban, lo veían viejito, pobre papá... me daba cuenta, concluyo, que era hora de cerrar para siempre kiosco Ramón.
Se lo decía a "Coco" y entonces el me proponía participar de un encargo que le habían hecho y que pagaban bien. No me daba demasiados detalles, sólo un lugar de cita nocturna y un tanto furtiva. Yo aceptaba.
Nos encontrábamos cerca de media noche en un antiguo barrio porteño, una esquina que podría ser de Boedo o de Balvanera, frente en ochava, caserón de dos pisos, ventanal con rejas. Nadie en la calle, nosotros y la luna solamente.
Subimos a la terraza y allí nos esperaba un extraterrestre con forma de perro, pero de chapa, con un tambor como cuerpo, un cono en la cabeza y cuatro finos cilindros a manera de patas. No recuerdo si tenía cola. Algo así como el hombre de hojalata de El Mago de Oz o el hombre cúbico de Trescientos Millones, pero en perro. Había otros perros –de verdad- echados en la terraza, apartados, expectantes, que lo miraban feo.
El perro extraterrestre de hojalata le daba las instrucciones de la misión a "Coco", porque yo no entendía su idioma. No sé si por ser de otro planeta o porque hablaba yiddish. Mucho no le tengo tomado el sonido al yiddish. Uno puede no conocer ni una palabra de italiano y sin embargo enseguida te das cuenta cuando lo hablan. No me pasa en absoluto con el yiddish, así que es muy posible que fuese yiddish... porque desde cuándo "Coco" Kalejman iba a hablar extraterrestre, me pregunto?
Cuando salimos me explica que tenemos que ir a esperar a unos tipos en un kiosco de revistas que estaba por ahí cerca. Le expreso mis dudas que a tan altas horas de la noche hubiese algo abierto en ese barrio, mucho menos un kiosco de revistas. Pero había. Y muy bien iluminado, aunque sin nadie que lo atendiese. En el revistero advierto una Andanzas de Patoruzú de las buenas épocas, de numeración baja, que yo no tengo. Rarísimo. Me pasa a menudo encontrarme kioscos con Andanzas que me faltan, cuando en realidad no me falta ningún número, las tengo todas hasta el doscientos. Sin embargo las de esos kioscos tienen tapas que nunca vi siquiera y que son mucho más atractivas que las mías, como ésta. Estoy por buscar al kiosquero para preguntar a cuánto tiene ese ejemplar, cuando aparecen los dos tipos que esperábamos. Enormes, oscuros.
Me tranquiliza que "Coco" Kalejman sea tan grandote como ellos.
Partimos todos juntos a cumplir con la misión.


domingo, 26 de abril de 2020

CUARENTENA (III): SINTAGMA

"A flor de labios" y "en la punta de la lengua" son diferentes expresiones antiguas, aunque con alguna similitud.
Si bien ambas aluden a palabras por pronunciarse, la primera expresa lo que se está a punto de decir, pero no se dice, se inhibe. La segunda, lo que se intenta decir, pero no se puede, porque no se recuerda.
Además, "a flor de labios" es una cursilería pretendidamente poética, propia de Corin Tellado, mientras que "en la punta de la lengua" pertenece a la jerga popular.
Ejemplos:
a) "Rigoberto tenía un 'te amo' a flor de labios, pero temía el rechazo de la bella Josefina"
b) "¿Cómo mierda se llamaba el tipo? ¡Lo tengo en la punta de la lengua, carajo! "
Hoy me levanté con una palabra a flor de labios: "sintagma". No la podía pronunciar porque de haberlo hecho, a modo de un buenos días, mi mujer, que aparte del número para llamar por el coronavirus tiene a mano el de un instituto psiquiátrico, no hubiese dudado en agarrar el teléfono, convencida ya de lo irreversible de mi estado.
Curiosamente la palabra "sintagma" significa una palabra. O un conjunto de ellas. Sin embargo, sospecho que mi mente hizo un juego de palabras con "sin Tac", lo cual me lleva a múltiples asociaciones.
Por ejemplo, al diferendo que manteníamos anoche, en nuestro almacén para celíacos, con mi socio, respecto al precio de dos productos que estaba adquiriendo una señora muy formal, de saco sastre y pollera. Mi socio, que se los había despachado, no recordaba qué productos eran y por lo tanto yo no podía calcular el monto a cobrarle. La señora estaba ahí, delante nuestro, bastaba con pedirle que nos mostrase los artículos que había puesto en su cartera. A ninguno de los dos se nos ocurrió esa idea. A la señora tampoco. Finalmente, llegamos al acuerdo con mi socio que se trataba de X pesos. Se lo transmito a la señora, y ella me entrega un billete enrollado, que me llama la atención por su brillo plateado. Pensé que era una nueva emisión, pero al desenrollarlo advierto que se trata de un envoltorio de alfajor. Se lo exhibo a la señora, que con vagas excusas respecto a que se lo habían dado en otro comercio, emprende la retirada con la mercadería impaga. La sigo a la calle, la increpo. Ella busca refugio en el local contiguo, una peluquería. Curiosamente, un sillón se sitúa de frente a la puerta de entrada y la señora se desploma allí con las piernas abiertas, revelando que no lleva ropa interior. Aparto la vista del bochornoso espectáculo y me dirijo a las peluqueras, que salen a defenderla. Trato de explicar lo sucedido, pero rápidamente me doy cuenta que no tengo chance contra esas arpías, que debo resignarme a la pérdida.
Más allá del negocio, nunca visitó mi casa tanta cantidad de conocidos, como en esta cuarentena. Por ejemplo anoche, llegó un amigo con el que nos pusimos a charlar, entusiastas. Con la conversación, olvidé la cortesía elemental de ofrecerle algo de tomar. Cuando lo advierto, me disculpo y me levanto para preparar café. Le pregunto con qué quiere acompañarlo. Me responde, como si fuese obvio: " Con amarettis", y veo que me señala los que ha traído.
Debo estar extrañando ir a tomar café. No con amarettis, que ya no los sirven más. Ahora ni siquiera sirven café, porque todos los bares están cerrados. No sólo Drac, que cerró hace bastante, y era mi lugar en el mundo para tomar café.
También debo estar extrañando a algunas personas. Anoche paseaba con una, otrora muy querida y por décadas distante. Notaba en la calle los efectos de la flexibilización de la cuarentena, eran muchos los paseantes, ya sin barbijos, respirando libremente la brisa –parezco Corín Tellado, perdón- de una hermosa tarde de otoño.
Nos confesábamos con esta persona rencores y afectos largamente guardados. Y lo hacíamos con absoluta placidez, ya sin rencores ni afectos. Nos informábamos sobre qué había sido de nuestras vidas en tanto tiempo. Fluían tranquilas las palabras, no quedaban a flor de labios, practicábamos el elevado ejercicio de la reconciliación.
Donde reconciliación tendría que ser el núcleo del sintagma.


viernes, 24 de abril de 2020

CUARENTENA (II): INTRUSOS

Cuando vuelvo de la calle y subo al altillo me encuentro con dos jóvenes sentados en las antiquísimas butacas de un cine-teatro en el que cantó Gardel.
Los interpelo como intrusos hasta que logro comprender que fue mi mujer quien les permitió pasar, que me estaban esperando para hacerme una propuesta.
Me guardo para después el cuestionamiento a mi mujer por haberle permitido a dos desconocidos la profanación de mi santuario, y dejarlos ahí sin vigilancia. Encima, para colmo de desatinos, en tiempos de pandemia.
Les pregunto de mala manera qué quieren.
Me explican que conforman un elenco de teatro y que necesitan un director para una obra ya elegida.
Les hago saber que a esa misma pieza la monté hace muchos años.
Es apenas un comentario el mío, pero lo toman como que quiero repetir el montaje y se atajan con que ellos ya tienen su versión armada.
Enfurecido, los mando a que entonces se encarguen también de la puesta, y los echo.
Una vez que se van, dudo qué hacer primero. Si ponerme a desinfectar el altillo o verificar que no me hayan robado ninguna revista.

sábado, 18 de abril de 2020

OTRO ENSAYO

Estamos en etapa de ensayos de una obra de mi autoría, que Mauricio protagoniza. Yo también actúo en un rol secundario. No tengo claro quien dirige. La acción transcurre en la piecita de la terraza de un conventillo y los personajes son todos marginales. El casting no ha sido acertado. El mayor problema actoral consiste en que Mauricio supere la pronunciación cheta. Termina mi escena y le sucede una en la que dos atorrantes deben entrar por la ventana de la piecita. El lugar de ensayo es real, se corresponde exactamente con la exigencia escenográfica, como si se tratara de cine en vez de teatro. Uno de los actores de la próxima escena faltó. Decido reemplazarlo. Trepamos con el compañero por una frágil escalerita de metal, él se mete primero en la pieza y yo me quedo asomado a la ventana. En ese momento me toca meter un bocadillo. Mauricio -que no estaba al tanto del reemplazo - me mira como preguntando qué hago ahí. Me salgo entonces del libreto -que en definitiva es mío-, y le digo: "¡Uy, el presidente!". Mauricio se desconcierta aún más y esboza una sonrisa tonta. No sabe si es una ocurrencia o una cargada. Esa candidez suya me da un poco de ternura.


viernes, 17 de abril de 2020

MOCHILAS

Con Tato hace décadas que no me hablo, aparte ya lleva varios años de muerto, sin embargo ahora discurre conmigo como en aquellas épocas en que me tenía de interlocutor privilegiado, monólogos suyos de horas. El tema es la muerte, justamente. La gente que mató. No está seguro de la cifra, serán unos seis o siete, me dice, sin contabilizar unos tipos que intentaron asaltar su casa de Belgrano, él empezó a los tiros con un rifle y cree haberle dado a uno, cuando escapaban trepando el tapial del fondo. Ese no sabe si murió o sólo quedó herido. Afirma no sentir ninguna culpa por esos asesinatos, que cuando se mata se mata. Yo ensayo una débil argumentación: quizá, una vez superado lo de la primera muerte... Me mira desde la rotundez de psicólogo infalible, con sus hirsutas cejas tensas y entiendo que desaprueba lo que digo, que nunca sintió culpa, y que es mejor que me calle, que me guarde el repudio moral, porque Tato siempre hace como que tiene en cuenta tus objeciones, pero en el fondo no le gusta que lo contradigan. Llega en ese preciso momento, para interrumpir la incómoda escena -es acertado hablar de escena, porque estábamos a punto de ensayar, en el aula escolar de altos ventanales-, interrumpe/irrumpe, retomo, el General Perón. Soy el primero en notar su presencia, me cuadro militarmente y hago la venia al tiempo que saludo con un potente "¡Mi General!". No obstante soy el último en acercarme a él. El Viejo se demora en un abrazo conmigo. Siento profundamente la calidez y sinceridad del abrazo. Luego se pone a disertar con esa fascinación que emana de sus anécdotas, del fluir del relato, de toda su persona. A diferencia de Tato, que siempre me pone tenso escucharlo, como si fuese un profesor que al tiempo que habla te estuviese evaluando, al Viejo se lo atiende con absoluta placidez. Ya saliendo del lugar, me excuso para ir al baño y dejo la enorme mochila negra que porto, en la esquina del bar (salimos de un bar, ahora). Tato y el Pocho conversan animadamente y no sé si registran mi pedido que la cuiden, pero igual la dejo, en la certeza que nadie la va a robar. Cuando vuelvo ha llovido y no queda ninguno de los que estaban (Susy formaba también parte del grupo). Localizo tres altas mochilas negras en la puerta del bar, pero no en el sitio exacto en que dejé la mía. Creo reconocerla en la que se encuentra mas cerca de la entrada. La toco, está muy mojada, me pregunto si la humedad no habrá atravesado la tela supuestamente impermeable - o quizá por defecto de alguno de los cierres- y alcanzado el contenido. Abro un bolsillo y compruebo, por el montón de chips de jamón y queso, envueltos en celofán, que no se trata de mi mochila . Interrumpe la inspección un muchacho morocho alto, delgado, con acento peruano o venezolano, que sale del bar cargando más sandwichitos. Por el gesto antes que por lo que dice, entiendo que resulta ser el dueño de la mochila. Me pregunto para qué querrá tantos chips, sin que se me ocurra pensar en ese momento que podían estar destinados a un ágape o que el pibe fuese repartidor del bar. Sólo me cabe la intriga de cómo una persona tan flaca puede llegar a ingerir todo eso, solito su alma. Me disculpo por el error y me voy silbando bajo un tango de Arolas.


miércoles, 15 de abril de 2020

CUARENTENA (I): SHOWMAN QUEJOSO

El movimiento de la calle Corrientes es el habitual de los sábados a la noche. O mayor aún.
En la cartelera de un importante teatro se anuncia una compañía española de zarzuela. La enorme foto exhibe damas y caballeros vestidos de época, portando barbijos. Yo debo abrirme paso, esquivando el flujo constante de personas. En un momento en que me detengo para no chocar con la multitud, un señor mayor, que hace apiñado la cola para entrar a una pizzería, me exige que guarde distancia preventiva. 
Sigo mi ruta como puedo hasta llegar a la transversal donde estacioné, muy cerca de la esquina. A pié, parado por el semáforo, reconozco a una otrora conocidísima estrella de café concert que habla a los gritos por celular. Entiendo que su interlocutor es el jefe de gobierno porteño. Le reclama pletórico de chillona indignación que fue estafado en su buena fe. Que mientras él debió suspender el estreno de su show por la cuarentena, comprueba que todo funciona y que la avenida es un caos de gente. Encima, pertenece al gupo de riesgo por edad. 
Distraído en esto, en el instante mismo en que mecánicamente acciono la llave para destrabar las puertas del auto, me abordan tres colegialas con uniforme de instituto particular secundario: típico suéter azul escote en V y pollerita a cuadros. No encajan en la escena nocturna. Entiendo de inmediato que se trata de un robo, estafa o chantaje. Intentan subir al asiento de atrás, donde justo dejé un bolso con bastante dinero. Es tarde para volver a activar el mecanismo, ya abrieron. Tengo absoluta conciencia que cualquier forcejeo puede derivar en una denuncia de acoso o incluso pedofilia, de modo que me limito a llamar a la policía, pero mi pedido de auxilio se confunde con los chillidos histéricos del showman. Le grito que se calle de una vez por todas. Deja el teléfono pero no los chillidos, que ahora dirige contra mi persona. Una de las chicas aprovecha la confusión y sale corriendo con el bolso. Las otras dos me exigen que las alcance a no sé qué lugar, porque en momentos como estos no se puede confiar en los taxistas.


martes, 7 de abril de 2020

ÚNICA PROFESIÓN

Si bien desde que guardo memoria estaba jubilado, sabía que tío Emilio siempre había sido sastre y en eso acordábamos con mi padre.
Se me ocurre entonces preguntarle a papá -después de muchas décadas de muerto tanto él como su hermano, más mi tío que había nacido en 1898- algo que nunca en vida de ellos se me dio por preguntar... aunque no es de descartar que lo haya hecho y olvidado la respuesta, suele suceder lo de tomarle cariño a la pregunta y atesorarla, como si nunca hubiese sido satisfecha.
Mi curiosidad radicaba en la maestría con que Emilio ejercía su profesión.
Mi padre comienza a ensalzarlo, aunque inmediatamente relativiza un tanto el entusiasmo, ignoro por qué. Podría especular que interfiere un viejo encono o una velada envidia, pero no encuentro demasiado fundamento, se trata apenas de un ínfimo matiz, quizá hasta subjetivo de mi parte.
Mi segunda intriga se refiere a si ejercía su oficio en un local propio, ajeno, o en la misma casa familiar.
No llego ni siquiera a plantearla, porque justo ahí pasamos a estar de acuerdo con mi padre en que tío Emilio había dedicado por entero su vida a la fotografía.
De sobra sé que estaba peleado con todos sus hermanos (salvo con papá), de allí se explica que en la casa no hubiese fotos de mis otros tíos, o sea Ramón, Felipe y Lola... aunque con Lola al menos se hablaban.
Sin embargo, si lo pienso bien, recuerdo que sí había retratos de mis otros tíos, pero de muy jóvenes. Retratos enormes, ovalados, de marcos gruesos y oscuros.
Es posible que en la juventud todavía no hubiesen estallado las rencillas que se manifestaron en la adultez y se prolongaron luego durante el resto de sus existencias.
Pero ¿y la cámara? ¿O las cámaras? ¿Dónde estaban? Deben ser muy valiosas esas cámaras, hoy en día.
Papá me explica que una vez muerto tío Emilio se las prestó primero a uno, luego a otro, y que finalmente les perdió el rastro.
Pero que sí quedaban en la casa familiar excelentes trajes de confección, obra de tío Emilio.


miércoles, 18 de marzo de 2020

ES HORA DE CUIDARSE

No fue la noticia del avance cada vez más veloz de la pandemia, ni la alarmante cifra de muertos, ni ningún informe médico sobre el virus,  lo que lo decidió a salir de su casa por última vez. 
Era paciente de alto riesgo por edad y décadas de fumador, por lo que se había declarado  antes que nadie en cuarentena por tiempo indeterminado. 
Pero cuarentena en serio, nada de irse a vacacionar a Monte Hermoso como hacían los idiotas. Cuarentena de encerrarse, de no ver ser humano alguno, de aislarse por completo en su casa.  Al punto que electrificó el timbre de la entrada-con un cartel de advertencia, eso sí, no perdía el sentido humanitario- para que nadie se acercase. No fuese cosa que llegara hasta su umbral uno de esos mendigos que solían molestarlo, gente de común transmisora de enfermedades, cuánto más ahora.
Tenía ya suficientes víveres acopiados. 
Había deliberado  bastante consigo mismo dónde adquirirlos. Descartó rápidamente las cadenas de súper a las que  concurría todo el mundo. Y desde ya los chinos, que no obstante vivir acá, podían recibir alguna correspondencia que transportase la peste, o tener un pariente que regresó de China recientemente ,  escondido en un sótano igual que en la película de los parásitos,  o comer ratones y murciélagos y reproducir las mismas condiciones que se dieron en  Juwán, o como mierda se pronunciase esa localidad del orto en la que se inició la pesadilla. Y hasta desechó un mercado del barrio, porque solía juntarse gente en horas pico. Optó por un pequeño almacén de los de antes, ubicado a varias cuadras, con una dueña prehistórica y antipática, pero con buenos precios y aceptable surtido. Y lo más importante: allí nunca se cruzaba con nadie.
También, precavido como era, había llegado a tiempo a la farmacia en momentos en que todavía se conseguía alcohol en gel, jabones desinfectantes  y barbijos.
Sólo le inquietaba  no haber previsto dos artículos: cloro y repelente. En mitad de marzo, después de bajar la temperatura, el calor estaba amagando retornar con todo según el pronóstico,  y por ende la pileta se llenaría de mosquitos. Lo cual implicaba que, si bien se sentía  a salvo del coronavirus, el dengue acecharía  en su propio patio. Existía la alternativa de no pisarlo siquiera y de no  abrir las ventanas hasta que se instalase por completo el frío, pero necesitaba del aire puro por el EPOC.  Otra opción consistía en vaciar y limpiar la pileta ahora, con temperatura todavía baja, pero temía que esa tarea le provocase un resfrío que le mermase aún más las defensas.  Se debatía pues en la duda hamletiana de enfrentar o no el riesgo de salir al exterior para realizar la compra de esos dos productos esenciales.
Cuando escuchó por radio que Netflix había abandonado el proyecto de filmar El Eternauta, cediendo los derechos  a la Disney, recién entonces, en ese exacto momento, tomó conciencia de la dimensión del asunto. La gravedad iba bastante más allá de sus cálculos, de por sí catastróficos, si la ficción apocalíptica imaginada por Oesterheld, confrontada con esta realidad,  iba camino a convertirse en una comedia reidera para toda la familia. Fue así que decidió encarar la calle por última vez.
Munido de barbijo, guantes, bañado en alcohol en gel y con un cuchillo con vaina atravesado en el cinto, a lo gaucho, por si alguien pretendía acercársele, subió al auto y enfiló  veloz a la casa de artículos de limpieza donde vendían cloro a granel. 
Al llegar, notó con satisfacción que el mostrador se había trasladado a la puerta del comercio, de modo de mantener la adecuada distancia. Vio también una excelente oferta de papel higiénico: cuarenta y ocho rollos por apenas ochocientos y pico de pesos. Otra cosa que se le había pasado por alto,  porque en el momento en que se abasteció aun no tenía el dato de la necesidad del producto, corroborada por la demanda masiva del mismo. Lo incluyó en el pedido desde lejos,  a los gritos. Preguntó el total, arrojó los billetes al mostrador. Exigió que el vendedor dejase  bidones, bolsita con Off en crema, en aerosol, y líquido, más rollos en la vereda y se alejase. Cumplida fuera la orden,  cargó la compra en el baúl y partió raudo. 
Llegado a su fortaleza tomó todos los recaudos de desinfección necesarios, con los elementos que previsoramente había dejado a mano en el vestíbulo, tal como si se tratase del gabinete de desinfección de una nave espacial. Luego se untó de repelente de mosquitos de la cabeza a los pies y salió al patio. Vestía un jogging y un buzo viejos, pero en ojotas, por experiencias anteriores en que las salpicaduras de cloro puro le arruinaron zapatos y medias.
Cargó el balde hasta la mitad con el bidón, y el resto lo llenó de agua con la manguera. Luego lo levantó con energía –pesaba bastante, era un balde plástico de diez  litros- para arrojar el contenido a la pileta. Pero en la acción pegó un resbalón provocado por la crema repelente que se había pasado en la planta de los pies, por si las moscas -los mosquitos, en el caso-.
Cayó junto con el balde, de mala manera, dentro de la pileta y fue a dar con la cabeza en uno de los bordes.
El golpe lo atontó.
Se despabiló recién en el fondo, cuando empezó a tragar agua.
Con rapidez emergió y se aferró de la baranda de la escalera. Tosió y escupió un buen rato.
Por fin recuperado, pensó en la paradoja que hubiese sido morir ahogado, en vez a causa de los males de los que huía.
Se sacó la ropa y la colgó en el tenderero.
Entró corriendo a la casa. Tiritaba y apestaba a cloro. Se metió de inmediato en la ducha caliente, para sacarse el olor y para evitar un resfriado.
"Deber cumplido", se dijo después de secarse y ponerse la bata.
Así, en bata, se preparó un almuerzo ligero. Comió con apetito y se acostó a hacer la siesta.
A punto de dormirse, sintió un leve cosquilleo en la pierna desnuda. Manoteó instintivamente. Comprobó que había aplastado una pequeña araña de rincón.
Se despertó con nauseas, trastabilló hasta el baño, vomitó. Volaba de fiebre. 
Trató de recordar si los síntomas se correspondían con el dengue o el coronavirus. 
No podía pensar con claridad, no sabía dónde había dejado el celular. Llegó como pudo al teléfono de línea. En la agenda ubicada junto al aparato figuraban  anotados  los números  de emergencia. Si bien eran grandes, se le nublaba la vista, no alcanzaba a divisarlos. 
Finalmente identificó... un uno... un cuatro... un ocho...
No llegó a marcar.
La picadura de araña resultó fatal.

martes, 17 de marzo de 2020

FUERA DE HORA

Entramos en un bar a desayunar con mi mujer y mi suegro.
En el bar se sirven exquisiteces.
Veo como un mozo da los toques finales a un elaboradisímo postre con todo mimo y cuidado.
Voy al baño y cuando regreso, mi suegro había pedido carne. Sobre la mesa lucían seis enormes fuentes con pescetos y vacíos enteros, ristras de chorizos, dorados espirales apilados de salchichas parrilleras, tiras de asado, morcillones.
Yo sólo aspiraba -militante desde siempre de que cada comida vaya en su horario- a un café con una medialuna.
Miraba, por tanto, estupefacto la montaña de carne. Dado que la satisfacción de mi suegro era más que evidente, acallo la crítica. Apenas deslizo un comentario sobre la cantidad. Mi mujer, de común combatiente de los hábitos alimentarios de su padre, curiosamente ahora responde entusiasta que si sobra pesceto se puede llevar a casa. Yo pienso que dado el tamaño del pesceto no debe ser tan tierno como el que solemos comprar en la carnicería del barrio (la mejor de la ciudad, dicho sea de paso) y a ella le gusta. Pero no lo expreso.
A todo esto hago una seña al mozo pidiendo café. El mozo la capta y asiente de lejos. No me da para medialuna en medio de los efluvios cárnicos, que me revuelven el estómago a esa hora temprana.
Mi suegro insiste en que coma algo y me sirve en el plato salchicha parrillera.
No me animo a despreciarlo y pruebo un bocado a sabiendas que esa ingesta a deshora, fuera de su horario lógico, el almuerzo o la cena, pesará sobre mi conciencia durante el resto del día, lo mismo que si hubiese cometido un crimen.

martes, 10 de marzo de 2020

LOS DRUIDAS ARRUINAN LA FOTO

Un amigo, de muy baja estatura, encuentra los pantalones de un japonés tan bajito como él. Esto lo sabemos porque no bien se calza la prenda le queda de maravilla.
Para festejar el acontecimiento decidimos ver una película por televisión y llamamos a varios amigos más.
En un clima de distensión, comenzamos a disfrutar la cinta, pero la amiga de un amigo, que vino porque la invitó él, no mi amigo petiso ni yo, pone las piernas sobre la mesita del televisor, tapando la pantalla.
Me parece un abuso de confianza y así se lo hago saber.
Arranca una discusión que queda en conato apenas, porque justo se hace presente el japonecito dueño de los pantalones.
Mi amigo petiso accede al reclamo de devolución, pero antes que se efectúe, propongo sacar una foto de ambos, frente a frente, de cuerpo entero, para inmortalizar el curioso acontecimiento.
Pruebo en varios lugares, no sólo por la luz, sino fundamentalmente para dar idea de las proporciones en relación a otro objeto.
Hubiese sido fácil pedir a cualquiera de los presentes, de estatura normal, que posase junto a ellos. Pero de esa manera le restaría protagonismo a los dos bajitos.
Encuentro un muñeco de Panorámix revolviendo el caldero y decido que puede servir como perfecto contraste.
Pero cuando lo ubico entre mi amigo y el japonés, Panorámix, por un extraño artilugio propio de druida, comienza a desplazarse continuamente y todas las fotos salen movidas.