Yo era Borges en mi lecho de muerte. No lecho, en realidad. Una bañera, a lo Marat. Un cura esperaba sentado en el inodoro. Yo no quería que me diese la extremaunción hasta tanto no llegase mi secretario, al que debía dictarle el final de un cuento póstumo. Lo mandaba a buscar con la mucama quien antes de irse me dejaba una calculadora con los últimos gastos. Yo pensaba que me estaba currando. Qué me iba a poner a revisarlos, si encima de moribundo estaba ciego.
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