Una pintora, con la que tuve trato frecuente en otra etapa de mi vida, me describía un proyecto de mural. A la izquierda, en la punta de una colina, una naturaleza muerta, compuesta por una antigua valija de viaje, libros apilados y objetos menores varios. Desde allí descendería un sendero donde transitarían personas cuyo común denominador sería la fe religiosa. Simples creyentes, fanáticos, místicos e incluso ateos.. Le preguntaba como identificaría a estos últimos. Me los graficaba con posturas físicas de negación, desprecio, displicencia. Evitaba mirarla demasiado, quedaba un tanto grotesca mostrando esas poses, daba como vergüenza ajena.

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