domingo, 22 de febrero de 2026

VISITA

A eso de las cinco de la madrugada llegué a la esquina del antiguo almacén y todavía no habían abierto. Pero tampoco estaba cerrado. Con cortina metálica baja, digo. Había una lona atada con cuerdas que cubría la entrada. Dejaba siin embargo algunos productos al alcance de la mano de cualquier ladronzuelo ocasional que pasara. Me llamó la atención ese detalle.  Decidí esperar sentado en el escalón de mármol y de paso cuidar la mercadería. No tenía claro si había ido a comprar algo o de visita. Hasta que apareció Tito. Ahí entendí que era a él a quien quería ver después de la mitad de mi vida. Treinta y cuatro años ni más ni menos. Estaba igualito, el tiempo no le había hecho la menor mella. Con esos ojos clarísimos, la nariz aguileña, el rostro anguloso y armónico. Un hombre de semblante noble,  luminoso como pocos. Nos trenzamos en un largo abrazo. Recordamos anécdotas divertidas como cuando iba al banco y pasaba por el kiosco y me pedía un cigarrillo para fumar a escondidas. O cuando yo lo jodía que había una clienta de la carnicería que andaba atrás de él y lo animaba para que arremetiese y el me decía que no, Miguel, soy un hombre grande con hijos y nietos, no puedo hacer eso. Me invitó a pasar a la casa y mientras buscaba algún licorcito para brindar por el reencuentro me di cuenta de lo mucho, de lo tanto  que nos habíamos querido.



jueves, 5 de febrero de 2026

ULTIMAS VACACIONES CON MI VIEJO

Me reprocho no haber acordado con papá cuestiones tan elementales como el horario de desayuno del hotel. Sin embargo, cuando llegué, él estaba ahí. En el salón comedor situado enfrente de donde nos alojábamos. Fugazmente lo ví, detrás de una mampara de vidrio, sentadito él, encorvado como en sus últimos años. Me pregunté si se sentiría a gusto, si habría trabado conversación con otros comensales. Eran las únicas vacaciones que pasábamos juntos, no recuerdo otras. Y yo quería que disfrutase, su vida fue dura. Hace unos pocos días se cumplieron 110 años de su nacimiento, es mucho tiempo para soportar constantemente la carga de la angustia. El tema es que cuando atravieso la mampara ya no lo veo. No era que su lugar estuviese vacío, ni otro lo hubiese ocupado, no. No estaba él y no estaba el lugar, era como si yo (o él) hubiese atravesado el portal hacia un sitio diferente. Sin embargo el mar se veía con ese resplandor solar que tanto me lastima la vista, los sentidos, que me hace desear teletransportarme en un segundo a un bosque umbrío, solitario, silencioso. Porque además en el comedor había demasiada gente bulliciosa que iba y venía y ése probablemente fuese el motivo de mi desorientación. O quizá atribuible a haberme levantado sin terminar de despertarme, pensé, cuando advertí que había llegado hasta ahí en calzoncillos. Ni siquiera uno o una en malla, era un lugar elegante y yo en calzoncillos. Si al menos apareciera un tipo en sunga, ponéle, pero no. Fauna que se viste para el desayuno cuando desayuna, para el almuerzo cuando almuerza y para la cena cuando cena. La playa es otra cosa, aunque hasta es posible que las señoras usasen pareo. Un pareo olvidado en una silla fue mi solución. Me cubrí y agarré también, apurado, una porción de torta de una bandeja, calculando que si volvía a cambiarme ya me pasaría del horario del desayuno. La torta se veía maciza, importante, pero al comerla era de una suavidad que contrastaba con la aspereza de las tostadas con las que suelo acompañar mi café de las mañanas. Me pregunté por qué algo tan liviano contiene más calorías que lo otro, tan sólido. Esos pensamientos repentinos, que se repiten en mí (y me preocupan) esas permanentes digresiones, me apartan del objetivo principal, que en ese momento era saber dónde se había metido papá y si estaría disfrutando sus merecidas vacaciones.

Juzgué necesario volver al hotel. De última, si lo encontraba a papá, buscábamos un bar tranquilo para tomar un café que me ayudase a bajar esa torta tan liviana, tan pesada como la vida de él. Como la mía.


miércoles, 4 de febrero de 2026

EMBOTELLAMIENTO

 8 y 1/2 de Fellini comienza con un brutal atascamiento de tránsito. También Un día de furia. Hace poco ví una serie española de tono bastante menor, de comedia, en la cual toda la acción estaba situada en ese contexto. Cortázar escribió un cuento antológico con el tema. En El asesino sin sueldo, de Ionesco, una larga escena transcurre durante un embotellamiento.

No manejo desde hace aproximadamente medio año, un tiempo demasiado corto para olvidar la sensación de trampa, de asfixia, que se siente ante esos percances.

Anoche lo volví a experimentar.

Curiosamente éramos pocos vehículos. Dos camiones y un auto, aparte del mío.

El problema era el camino de tierra en cuyo centro se abría un enorme, profundo, pozo rectangular. La tumba de Polifemo. 

Allí abajo circulaba uno de los camiones. Me preguntaba cómo podía haber entrado y cómo podría salir con esos imponentes muros de contención.

Más allá de la fosa, a mi derecha, por un estrecho desfiladero, veía transitar al otro auto. Muy cauto, muy despacio, el andar del vehículo trasuntaba el temor del conductor de caer en el abismo.

Ambos iban en mi misma dirección.

El sector de la derecha por el que yo circulaba era bastante más ancho, pero tenía el inconveniente de haberme encontrado en mitad de la fosa con un camión de intimidante porte que venía en sentido contrario al mío.

Estábamos detenidos frente a frente. Quedaba claro que uno de los dos debía dar marcha atrás y que se imponía la ley del más fuerte, por lo cual me tocaba retroceder a mí.

Más allá de la diferencia de amplitud del camino, me embargaba el mismo temor del automovilista de mi derecha. Un paso en falso y sería el fin.

Si el suceso de anoche hubiese sido un sueño,  lo leería como que me encuentro ante una triple disyuntiva: seguir la vía peligrosa, caer, o apartarme con mucha precaución y  esperar que el paso quede liberado.

No soy Marcelo, no puedo volar.