viernes, 13 de marzo de 2026

ABUELA

Todos los domingos, después de armar impecablemente el enorme lecho en el que habían reposado (cada una en el suyo, entiéndase bien), las viudas de una comuna estadounidense (viudas de sus respectivos maridos, la comuna aunque pequeña seguía viva, entiéndase bien), sin siquiera desayunar, acudían en tropel a la kermesse que organizaba la iglesia protestante del lugar. Allí bebían té sosteniendo la taza con los meñiques estirados como símbolo de fineza. Y comían las tortas (pasteles para mejor decir, entiéndase bien) que ellas mismas habían preparado la tarde anterior. Se elogiaban mutuamente las tortas. Quiero decir, cada una elogiaba la torta de la otra, aunque luego, en voz baja criticasen con una tercera que estaban demasiado crudas, cocidas o azucaradas. Concluído el ritual del desayuno se daban gracias a Dios (después, no antes, les gustaba esa pequeña transgresión) y se jugaban juegos de bridge y de lotería por centavos de dólar. Si uno miraba la escena desde arriba sólo podía distnguir enormes sombreros, cual una flota de platos voladores adornados con cintas en tren de aterrizaje. Lo recaudado era en beneficio del pastor Erdwing V. Jhonsen (de la congregación que presidía, entiéndase bien).

Una de esas damas era mi abuela Carlota Admunsen viuda de Perétz, que un domingo no pudo asistir (ni ella ni su torta) porque bien temprano a la mañana yo que para entonces era un tierno bebé, la había asesinado. Cargo desde ese entonces la culpa de un abuelicidio y esto que acaban de leer ha sido mi confesión.. Amén.